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José Antonio Martínez Perallón

Fan incondicional de todas (o casi todas) las expresiones de cultura popular y conocedor de numerosos datos que queda bien repetir, aunque puede que no valgan para nada.

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Una mirada a las series por las que debes dejarte atrapar y de las que debes evitar.


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  • 09
    Julio
    2020

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    Alicante TV

    El final de Dark y el apocalipsis

    El final de Dark y el apocalipsis

    Coincidiendo con las profecías del fin del mundo de Nostradamus, de los mayas y los agoreros del coronavirus, Netflix ha estrenado la tercera y última temporada de Dark. Una serie que precisamente nos habla de eso, del apocalipsis y del fin del mundo. Viajes en el tiempo y realidades alternativas que ponen patas arriba las vidas de cinco familias de la ficticia localidad alemana de Winden y que son el detonante del final de todas las cosas. Ahora se podría decir eso de que los Simpsons predijeron de lo de Dark, porque es una central nuclear y una cueva en sus proximidades en torno a lo que giran la extraña cadena de sucesos que nos cuenta la serie. El sentido común me dice que Baran bo Odar y Jantje Friese, los creadores de esta serie, lo que realmente tuvieron en cuenta fueron las profecías de Nostradamus para situar el 27 de junio de 2020 como la fecha del apocalipsis. Justamente, el mismo día en que la plataforma de pago estrenó los capítulos finales.

    Cinco familias diferentes (los Nielsen, los Kahnwald, los Tiedemann y los Doppler) y sus contrapartidas en seis momentos históricos distintos (1888, 1921, 1953, 1986, 2019/20 y 2050). Entre un ciclo y otro transcurre exactamente un periodo de 33 años, la edad a la que murió Jesucristo. Al principio parecía que iba a ser otra de esas series de ciencia ficción con aire retro ochentero, en la misma línea que Stranger Trings. Más que nada porque uno de sus protagonistas se perdía y acababa viajando en el tiempo a los años 80. Pero pronto nos íbamos encontrando con más desplazamientos temporales y generaciones anteriores de todas las famlias. Incluso el negro futuro que nos esperaba tras el armagedón, como cliffhanger de la primera temporada. Con la acción cambiando de un a sitio a otro sin acabar de comprender en qué momento o dónde nos encontramos. Como la serie quiere jugar con el factor sorpresa de que tal o cual personaje es la versión joven o anciana de otro de los que ya conocemos, pues ya tenemos el lío montado. Hay que estar muy atento para no perderse en la enredada maraña argumental. Para terminar de rematarlo, a todo este embrollo se le une una nueva realidad alternativa en la temporada final. Un secreto, esta nueva realidad alternativa es como un reflejo en un espejo de las otras, de manera que el zurdo se convierte en diestro y viceversa. 

    Para quienes no hayan visto las dos primeras temporadas puede que estos sean spoilers de los gordos, pero es que a veces esos destripes pueden ayudar a que no nos perdamos por el laberinto de tramas. El niño que desaparece al principio de la serie resulta ser el padre de Jonas Kahnwald, el protagonista que lo busca incansablemente desde la primera temporada. No es la única sorpresa, ya que Jonas descubre que Adán, ese hombre deforme que le pone obstáculos en el camino, es la versión adulta de sí mismo. Es el líder de una organización bautizada como Sic Mundus Creatus Est y que tiene sus propios y misteriosos planes sobre el futuro. ¿O al fin al no era él? Es como algo sacado de la vida del protagonista de Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo. Intentando evitar el horrible futuro que se avecina, el protagonista se acaba convirtiendo en el monstruo al que se enfrentaba al principio. Otra de las enemigas de esta sociedad creada por Adán en los años 20 es una versión futura de la directora de la central nuclear, Claudia Tiedemann. De fondo en este intrincado argumento hay, una guerra secreta por el control del tiempo, donde el principio es el final y el final es el principio. Esas mansiones elegantes donde maquinan sus jugadas los señores del tiempo parecen un poco sacadas del imaginario de Twin Peaks y la habitación de las cortinas rojas, tan icónica en la filmografía de David Lynch.

    En el fondo, todos los personajes son peones en una gran partida de ajedrez que juegan las distintas facciones en la guerra por el control del tiempo. Con el matiz de que esta partida se está jugando en los seis planos temporales simultáneamente y lo que ocurre en uno, tiene consecuencias inmediatas en los otros. Es normal que hechos ocurridos en el pasado influyan en el futuro, pero no tanto que sucesos futuros alteren el pasado. Es la paradoja de Bootstrap. A los jugadores los manipulan y los orientan para que pase lo que tiene que pasar o, llegado el caso, lo que más conviene a los intereses de sus titiriteros. De nuevo nos encontramos con la idea del libre albedrío y la inexorabilidad del tiempo, al estilo de Devs. La duda de si, con los viajes en el tiempo podemos cambiar algo que ya ocurrió o sólo podemos ser espectadores de algo que va a ocurrir sí o sí.

    Uno de los peligros de ponerse a jugar con los desplazamientos temporales es precisamente que la vida deja de ser sagrada y se convierte en algo sacrificable. Todo en virtud de corregir la Historia con mayúsculas. Una vez arreglado el desaguisado, se supone que todo volverá a ser como antes, con lo que esas muertes quedarán borradas y corregidas. Tras tres temporadas saltando de una época a otra y ser manipulados por sus yoes futuros, que se supone que tienen una perspectiva más amplia sobre lo que está ocurriendo, los protagonistas son conscientes de que no van a poder evitar el apocalipsis directamente. La manera más eficaz para impedirlo es la corrección de un pequeño suceso (un accidente de tráfico) que será el detonante de la cadena de eventos que desembocará irreversiblemente en el fin del mundo. Es la manera de romper un Día de la Marmota que los personajes parecían condenados a vivir eternamente y repitiendo las mismas acciones una y otra vez. Sólo que de aquella manera, se conseguía que la rueda siguiera girando y en marcha. Sin importar que esta repetición sin fin no llevara a ninguna parte. Al encontrar el eslabón más débil de la cadena, el bucle consigue romperse y todo se reinicia de nuevo.

    El desenlace de Dark se ha convertido en todo un éxito para la plataforma. Habrá incluso quienes hayan aprovechado para verse la serie desde el principio de un tirón, algo aconsejable para no perderse en el laberinto de tramas. No ha sido un final redondo, pero al menos ha dejado un buen sabor de boca. Dark ha logrado ser una de las series más exitosas de cuando hace cuatro años Netflix puso en marcha su maquinaria de producción de series en Europa. No con tanto acierto como The Crown, pero sí muy por encima de Marsella y Las Chicas del Cable (que acaban de estrenar su ronda final de episodios). Tan bien les ha ido la cosa que ya hay quien empieza a plantearse si no sería factible sacarse de la manga una cuarta temporada más para cerrar algún que otro cabo suelto.

     

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