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Fan incondicional de todas (o casi todas) las expresiones de cultura popular y conocedor de numerosos datos que queda bien repetir, aunque puede que no valgan para nada.

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Una mirada a las series por las que debes dejarte atrapar y de las que debes evitar.


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  • 17
    Mayo
    2018

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    Alicante TV

    Wild, Wild Country, cuando la realidad supera a la ficción

     Wild, Wild Country, cuando la realidad supera a la ficciónEl boca a boca ha convertido a Wild, Wild Country en una de las series documentales del año de Netflix. La reciente visita a Barcelona de una de las protagonistas de la historia que cuenta, Ma Anand Sheela, ha terminado de dar el empujón que necesitaba en nuestro país para su promoción. Posiblemente si la historia que en ella se cuenta fuera llevada a la ficción, más de uno pensaría que su argumento es totalmente inverosímil. Y todo es aterradoramente real. Una historia sobre el fanatismo. Es adictiva, tiene giros totalmente inesperados, algún que otro personaje memorable y se habla tanto de ella que es posible que a más de uno le hayan hecho un spoiler. Por eso es mejor enfrentarse a ella sin saber nada de los derroteros que va a ir tomando la trama.

    El argumento es el conflicto generado en un pequeño pueblo de Oregon de apenas cuarenta habitantes, Antilope, cuando los miembros de un extraño culto religioso venido de La India, los rajneesh, se afincan en su territorio y amenazan a su tradicional estilo de vida. Sus tierras han tenido el dudoso honor de ser elegidas para ser el lugar donde levantar la comuna desde la que se dirigirá al culto por todo el mundo, Rajneeshpuram, dirigidos por el gurú del movimiento, Bhagwan Shree Raajneesh (conocido como Osho). Un rancho de más de 200 kilómetros cuadrados, donde construir el Nirvana. Todo es tan alocado que en los primeros minutos me pregunté si lo que me estaban contando era un historia real o se trataba de un falso documental. Para muchos Sheela, la mano derecha de Osho y su más fanática seguidora, es uno de los personajes televisivos del año. ¿Sacaría de aquí Ryan Murphy alguna idea para una nueva temporada de American Crimen Story con Leah Michelle para interpretar a la joven Sheela y Jessica Lange para su versión madura?

    Los artífices de esta serie documental, para la que se ha contado con más de 300 horas de imágenes, son los hermanos Maclain y Chapman Way, producidos por otros hermanos, los Duplass. Los Way cuentan en Netflix con otro interesante reportaje, The Battered Bastards of Baseball, que narra la historia del actor Bing Rusell, antigua estrella de la serie Bonanza y padre del actor Kurt Rusell, que durante los años 70 intentó crear un equipo de baseball totalmente independiente, lejos de los intereses de los grandes clubs de este deporte. En cuanto a los hermanos Duplass tienen en su curriculum la serie antología  Room 107 en HBO y Jay Duplass es uno de los protagonistas de Transparent en Amazon.

    Wild, Wild Country cuenta con seis episodios en la que no hay ningún narrador, ni voz en off, ni otros de los recursos similares que se usan en estas producciones. Son sus propios protagonistas quienes nos cuentan sus testimonios. Entrevistas hechas en la actualidad, que se alternan con otras que se hicieron en su día y con las noticias que en la televisión de la época se daban sobre el conflicto. Se presentan los hechos al natural, tal como los vieron sus protagonistas y dejando al espectador que saque sus propias conclusiones. A pesar de todo, el montaje y la selección de determinados testimonios ayudan a que en cada momento el espectador se posicione hacia un lado o a otro. Y a veces se inclina por dar una visión más benevolente hacia los miembros de la secta.

    Con las primeras escenas, es normal que uno se incline por ponerse en contra de "los adoctrinados! y ser totalmente escépticos con sus promesas de llevar a sus fieles al Nirvana. Por aquella época proliferaron varias extrañas sectas por Estados Unidos que tuvieron un trágico final. Es el caso de la secta La Puerta del Cielo en San Diego, en la que 38 de sus miembros protagonizaron un suicidio colectivo en 1996 convencidos de que iban a abandonar la Tierra a lomos de una nave espacial que se aproximaba a la Tierra oculta tras un cometa. También en los 90, la secta de los davidianos en Waco, liderados por David Koresh, mantuvieron un violento enfrentamiento con las fuerzas de seguridad norteamericanas que acabó en un baño de sangre. Es fácil incluir a los miembros de la secta rajnish junto a estos grupos y etiquetarlos con los mismos clichés. Al empezar a ver las entrevistas con los vecinos del pueblo, uno empieza a cambiar de bando y pensar que quizá los de la secta no son los fanáticos y que puede que lo sean los lugareños que odian la diferencia, a unas gentes que visten raro y que proclaman el amor libre. El problema es que cada acción de unos genera una reacción igual y opuesta. El conflicto está servido.

    Una sociedad totalmente desencantada y que no creía en lo que decían sus representantes institucionales facilitó el auge de movimientos de este tipo. Entre los seguidores hay gente de los más altos estratos sociales, abogados, arquitectos, hasta productores de Hollywood a quienes el desencanto había arrojado a los brazos de estas religiones alternativas. Pero, los miembros de la comunidad rajneesh no son precisamente unas hermanitas de la caridad. Ante la escalada del conflicto con el pueblo, ellos también ejercen el derecho de los norteamericanos para portar armas. Es escalofriante ver a los miembros de la comuna con sus ropajes de colores su barbas de hippie armados con fusiles de asalto patrullando las calles. En uno de los momentos culminantes del conflicto llegan a lanzar al campo del terrorismo bilógico para enseñar a los del pueblo quiénes son ellos. Sheela se convierte en el rostro del movimiento y pronto empieza a desenvolverse como pez en el agua ante las cámaras. Sabe que es lo que molesta a sus detractores y qué decir en la televisión para sacarles de sus casillas. En ningún momento se amilana y contesta a todas las críticas, convencida de SU verdad.

    En aquellos puntos sobre los que hay cierta oscuridad, la serie se limita a enseñarlos dejando que sea el espectador quién  se imagine las respuestas. La pregunta que subyace a lo largo de todo el documental es si asistimos al intento de la sociedad norteamericana por perseguir y erradicar a una serie de personas que habían elegido un modo de vida que se salía de lo establecido por las convenciones sociales o bien los miembros de la secta son un grupo de fanáticos que han perdido el sentido de la realidad y para quienes el fin justifica los medios. Todo vale para conseguir su paraíso. Los mensajes de paz, amor y fraternidad se ven distorsionados por el hecho de que tras los sermones, algunos planeaban asesinar a fiscales o envenenamientos masivos de la población por salmonella. Un mensaje de espiritualidad que contrastaba con la flota de Rolls Royce del lider del culto y su jet privado. Real como la vida misma.

     

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