03 de enero de 2019
03.01.2019

Las cartas ocultas de Rafael Altamira

Una familia portuguesa encuentra en una cómoda el archivo personal del historiador y jurista alicantino durante su exilio en Portugal entre 1943 y 1944

02.01.2019 | 22:59
El historiador José Pacheco Pereira, fundador y director del archivo privado portugués de Ephemera, con los documentos.

Una familia portuguesa, la de José Carlos Marques, de Coimbra, adquirió tres meses atrás un mueble antiguo, una cómoda. Quizás, y esto es especulación, les gustase ese toque vintage para su dormitorio, quizás les atrajese la robusta factura de esos grandes muebles de madera maciza que se hacían antes, tan alejados de las piezas modulares, fabricadas en serie, que se venden ahora. Sus motivaciones no son importantes, pero el secreto que encerraba esa cómoda sí lo es.

Cuando los miembros de esta familia desmontaron los cajones para limpiarlos, se encontraron detrás, escondidos o caídos, varios sobres con papeles viejos. Al abrir los sobres, la familia Marques comprobó que había un nombre que se repetía en cartas y papeles oficiales: Rafael Altamira. Aunque no lo sabían, lo que habían encontrado es el archivo personal de uno de los intelectuales más importantes de su época en un momento muy poco conocido de su biografía, como fue su estancia en Lisboa entre 1943 y 1944, tras su salida de España por la Guerra Civil. Rafael Altamira (Alicante 1866-México DF 1951) fue humanista, historiador y americanista; pedagogo, jurista, crítico literario y escritor. Estrechamente vinculado a los proyectos de la Institución Libre de Enseñanza, fue alumno y amigo de Francisco Giner de los Ríos, y secretario del Museo Pedagógico Nacional. Recibió el doctorado honoris causa en ocho universidades de América y Europa y, tras esa estancia en Portugal, se exilió en la capital de México en 1944 hasta su muerte.


Carta del hijo de Altamira dirigida a sus padres.

Una búsqueda rápida por Internet permitió a la familia que descubrió los documentos constatar la relevancia del personaje. Nacido en Alicante en 1866, Rafael Altamira se licenció en Derecho en València, donde trabó contacto con Vicente Blasco Ibáñez, Joaquín Sorolla y José Martínez Ruiz Azorín, entre otros. Tras completar sus estudios en la capital del Turia puso rumbo en 1886 a Madrid, donde se doctoró con la tesis Historia de la Propiedad Comunal, bajo la dirección de Gumersindo de Azcárate.


Carta de identidad de extranjero del historiador alicantino, expedida en Bayona en 1942.

Vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, en la década siguiente ganó prestigio en el ámbito académico y, en 1897, se hizo con la Cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Oviedo. Durante su estancia allí Altamira tuvo un papel protagonista en la creación de Extensión Universitaria, hace ahora 120 años.

Traslado a La Haya en 1936

Altamira permaneció en Asturias hasta 1911, cuando fue nombrado director general de Enseñanza Primaria, cargo que ostentó hasta 1913. Un año después ganó la Cátedra de Historia de las Instituciones Políticas y Civiles de América de la Universidad de Madrid. En 1920, fue seleccionado como miembro de la Comisión de Juristas que realizó el anteproyecto del Tribunal de Justicia Internacional –antecedente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya– por encargo del Consejo de la Sociedad de Naciones. Una vez constituido este organismo, Altamira fue seleccionado como uno de los nueve jueces titulares. Por su labor internacional y su talante pacifista, Altamira fue propuesto al premio Nobel de la Paz en 1933.


Salvoconducto expedido a Altamira por los alemanes en Hendaya en 1943 para entrar en España destino a Portugal.

Tras el golpe de estado militar del 18 de julio de 1936, Altamira abandona España y se traslada a La Haya, ya entonces sede del Tribunal de Justicia Internacional. Pero el avance del ejército nazi le lleva a trasladarse, en 1940, a la ciudad francesa de Bayona. Posteriormente, en 1944, Altamira emigrará a México, donde residió hasta su muerte en 1951. Pero lo que se desconocía, hasta la aparición de su archivo personal en ese armario de Coimbra, es que entre 1943 y 1944 residió varios meses en la ciudad portuguesa, y que desde allí mantuvo contacto con intelectuales españoles en el exilio, con otros que habían permanecido en España tras la Guerra Civil, y con destacados pensadores portugueses de la época como Fidelino de Figueiredo.

Donación del archivo

Los descubridores del archivo personal de Altamira donaron los papeles a Ephemera, el archivo privado más importante de Portugal, fundado y dirigido por José Pacheco Pereira, historiador con una destacada trayectoria política que incluye la vicepresidencia del Parlamento Europeo, entre 1999 y 2004. «Actualmente tenemos unos 200.000 libros, custodiamos publicaciones de casi cien países y las estanterías de nuestro archivo ocupan seis kilómetros», explica Pacheco.

Tras la donación del archivo personal de Rafael Altamira, los operarios de Ephemera hicieron una primera clasificación de los fondos, previa a su digitalización. Pero antes de emprender ese proceso, Pacheco se desplazó a Asturias con el archivo.

La documentación contenida en el archivo personal de Rafael Altamira es muy variada. Por un lado, hay documentos de identificación del intelectual, que permiten reconstruir sus movimientos en esos años convulsos. Así, se conservan salvoconductos y certificados de domicilio que perfilan los movimientos de Altamira por Bayona, Hendaya y Lisboa entre 1939 y 1944.


El intelectual residía en Bayona el 27 de abril de 1939, como figura en un certificado de domicilio expedido en la ciudad. El siguiente rastro es una carta de identidad de extranjeros expedida por la República Francesa, igualmente en Bayona, el 28 de abril de 1942, y por una validez de tres años.

Mucho antes de cumplir ese plazo, el 21 de diciembre de 1943, Altamira obtuvo de las autoridades alemanas un salvoconducto, datado en Hendaya y con validez para una sola vez, para pasar a Irún junto a cuatro mujeres. Su destino no era la España franquista, sino la vecina Portugal. Tal y como se detalla en el salvoconducto, todo su equipaje son cinco gorros, ropas, chaquetas y algunos artículos del hogar. Viajaban con lo justo.

La información sobre los movimientos de Altamira en esos meses se puede completar a través de la numerosa correspondencia que se conserva en estos fondos. Por el extracto de una carta remitida a Ginebra se constata que Altamira pretendía buscar alojamiento en Coimbra o Lisboa.

Es probable que hiciera escala en la primera, habida cuenta de que se conserva correspondencia con las autoridades de la Universidad de Coimbra, pero para mediados de enero de 1944 el intelectual ya está instalado en Lisboa, en el hotel Parque Palacio, donde residirá los siguientes meses.

Ya en Lisboa, ordena sus cuentas , en el Bank of London and South America Limited, con sede en Lisboa. Allí deposita el 17 de enero 73.096,25 francos suizos, que al cambio le dejan una cantidad total de 411.965,80 escudos portugueses. En la época, la tasa de cambio era de unos 25 escudos por cada dólar estadounidense.

Correspondencia con exiliados

Desde la ciudad blanca, Altamira inició una intensa correspondencia con los exiliados españoles en México, a los que anticipa su decisión de emigrar al país, y con intelectuales y universitarios españoles que permanecen en el país, como José Deleito y Piñuela, Antonio García Tapia, José Albiñana Mompó o Cayetano Alcázar. También con su discípulo Javier Malagón Barceló, entonces exiliado en Santo Domingo, en cuya universidad impartía clases.

«Mi querido Don Rafael: No puede imaginarse la alegría que tuve al saber que había logrado Vd. salir de Francia y llegar a Lisboa. Inmediatamente se lo comuniqué al Rector Lic. Ortega Frier [...] Su carta me ha llenado de esperanzas de que pronto le veremos por aquí» le escribe Malagón, en una carta que debió llegar a Lisboa a finales de junio de 1944.

Además de esta correspondencia, hay numerosas cartas de carácter personal y familiar. Sus hijos Nela y Rafael le escriben desde México y España, respectivamente, pidiéndoles que se trasladen con ellos. Para el mes de julio, la decisión está tomada. «Veo por la última carta de padre que es completamente inútil todo lo que haga y diga yo para convenceros; por ello desisto de escribir más razonamientos y súplicas. ¡Quiera Dios que sea yo el equivocado!», escribe Rafael, el día 12, desde Madrid.

Poco antes, Nela le había hablado maravillas de México en otra carta, en la que incluía unas palabras de sus nietos felicitándoles por su aniversario de boda, que se cumplía el 19 de mayo. «Queridísimos abuelos». les escribe Rafa, «espero que esta [carta] os llegue el día 19, y estad seguros que aquí nos hubiese parecido un sueño teneros a nuestro lado, esperamos todos que el sueño se convierta en realidad y que el próximo 19 la celebración va a dar más que habar que toda la guerra». Acaso con esa carta llegase también un dibujo infantil, firmado por Pili, en el que se aparece una chiquilla y una sola frase: «¿Cuándo venís?».

Rafael Altamira cruzó el océano ese año de 1944. Atrás dejó las penurias de la guerra y un país por el que lo había dado todo y al que había dedicado su gran talento. También, como se ha descubierto ahora, un archivo que da testimonio de sus meses de exilio en Portugal. Altamira, uno de los mayores intelectuales españoles de su tiempo, fallecería en el país azteca en 1951.

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