10 de julio de 2017
10.07.2017
Televisión

Hágase un favor, vea el Ministerio del Tiempo

10.07.2017 | 12:28
Hágase un favor, vea el Ministerio del Tiempo

Vemos series por encima de nuestras posibilidades. Cada cual tiene su lista de series 'que hay que ver', pero en las grandes de verdad, el consenso es casi unánime. Por eso no encentro explicación al hecho de que una serie tan buena como el Ministerio del Tiempo no tenga cada semana millones de seguidores. Muchos habíamos olvidado el placer de marcar un día a la semana en rojo en nuestra agenda para no olvidar llegar a tiempo de estar en el sofá y enchufar la televisión. En el mundo de Internet y las plataformas digitales, engancharse a la televisión convencional era algo que muchos habíamos olvidado. Pero llegó Javier Olivares para desmontar los esquemas televisivos de este país. Porque el Ministerio del Tiempo no es solo una buena serie de televisión, es una serie que ha roto lo que los expertos en comunicación llaman la cuarta pared y nos ha familiarizado con las narrativas transmedia. Para profanos, la serie es mucho más de lo que se ve durante el capítulo. La serie tiene vida propia en las plataformas digitales para alegría de miles de 'ministéricos'.

Su calidad audiovisual está fuera de duda. Y decirlo de una serie española no es algo sencillo, por más que en los últimos años se hayan hecho producciones de gran nivel. Pero el Ministerio del Tiempo tiene mucho más. Es ciencia ficción, pero pocas veces la ficción tiene una dosis tan grande realidad. Sobre todo, de la realidad de España.

De la España de hoy, de la España del pasado y de la España que seguiremos siendo si no aprendemos de los errores. Porque el Ministerio del Tiempo es, sobre todo, una serie histórica. En el universo de esta serie se puede viajar en el tiempo a través de puertas que controla España desde la época de los Reyes Católicos. Un Ministerio, con sus funcionarios, sus pasillos grises, su burocracia y su cafetería, ha pasado los últimos siglos protegiendo el secreto y trabajando para evitar que la historia cambie. Aunque la historia no nos guste. Porque hay malos, españoles y de otras nacionalidades, que descubren de tanto en tanto el secreto e intentan volverlo todo del revés.

Este argumento tan aparentemente extraño es la puerta de entrada a una serie entretenida, divertida, muy educativa y con grandes dosis de sentido del humor, ironía y muchos guiños con el espectador. Cada capítulo es una maravilla. Si nunca la han visto, háganse un favor. Si es profesor de Historia, mándela como deberes a sus alumnos, y si tiene hijos, haga que la vean. Muy difícil será que no les entre el gusanillo por descubrir más sobre los inmensos personajes de nuestro pasado. Viendo el Ministerio del Tiempo podrán reírse con el gran Diego Velázquez (funcionario del Ministerio), descubrirán al egocéntrico Lope de Vega y sus disputas con un inseguro Miguel de Cervantes. Se asomarán al tiempo en el que el Cid era un mercenario muy alejado de la leyenda que cabalga en la memoria colectiva; podrán hacerse una idea de cómo se las gastaba la Inquisición con los judíos o cómo María Pita lideró el ataque que evitó que los ingleses con sir Francis Drake al frente tomaran La Coruña.

A lo largo de sus dos temporadas y media también conocerá pasajes maravillosos de nuestra historia y personajes que hicieron de la lucha por la Justicia su bandera. Y todo esto, sin verdades maniqueístas y con grandísimos guiones que mezclan la ficción con los hechos.

Podría seguir párrafos y párrafos poniendo ejemplos de lo que se están perdiendo si no entran en el pasadizo de puertas del Ministerio del Tiempo. Lo reconozco, este artículo es puro egoísmo. Las bajas cifras de espectadores terminarán pasando factura y Televisión Española acabará por no renovarla. El servicio público que hace con esta serie bien justificaría la emisión, pero a veces las lógicas de la aritmética pueden ser más incontestables. Así que este es un grito desesperado de una ministérica convencida de que incluso los episodios más flojos, que alguno hay, son una pequeña obra de arte.

Si las noches de verano se les hacen largas, recuperen las dos primeras temporadas de la serie y los primeros episodios de la tercera. Les dará tiempo a ponerse al día antes de que en septiembre vuelva a emitirse y, entonces, podrán ser ministéricos con ganas de descubrir, aprender y divertirse de la mano de unos personajes que enganchan. No se arrepentirán.

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