25 de abril de 2017
25.04.2017

Cuando el poeta es un robot

Pablo Gervás, creador del programa WASP, ofreció una charla sobre inteligencia artificial en la escritura poética hoy en la Sede de la UA

01.05.2017 | 07:43
El investigador en inteligencia artificial de la Universidad Complutense Pablo Gervás, en Alicante.

«No se trata de desbancar ni sustituir a nadie, sino de hacer el trabajo más fácil», apunta el doctor en Informática.

WASP escribe versos y no es humano, sino un programa informático en el que desde hace 17 años vuelca sus energías Pablo Gervás, doctor en Informática e investigador del departamento de Ingeniería de Software e Inteligencia Artificial de la Universidad Complutense de Madrid. Allí dirige el Instituto Universitario de Tecnologías del Conocimiento y el grupo de investigación NIL (Interacción Natural basada en el Lenguaje) y desde el año 2000 ha ido mejorando y creando distintas versiones de su poeta robot, del que el martes ofreció una charla en la Sede de la UA en Alicante (Av. Ramón y Cajal, 4) invitado por el ciclo La Poesía es Noticia.

«A mí me interesaba reproducir la capacidad de las personas de hacer literatura, textos literarios, y crear programas que pudieran generar poesía», señala Gervás, cuyo equipo ha creado también cuentos y hasta la narrativa de un musical (Beyond the fence). ¿Y por qué poesía? «Tiene una parte matemática clara: contar sílabas, buscar rimas, medir estrofas, todo eso que parece algorítmico sería lo fácil. Pero queda todo lo demás, que lo que cuente tenga interés y sentido, y de ahí nace la necesidad de generar esas narrativas con la inteligencia artificial», indica.

Que las máquinas pueden crear poesía es una evidencia que ha tenido reflejo incluso en un libro (¿Puede un computador escribir un poema de amor? de Dionisio Cañas y Carlos González, que recoge algunos versos generados por los poetas automáticos de Gervás). Que sea mejor o peor, o que parezca humana, ya es otra cosa, «porque las máquinas no traen de serie las emociones y nosotros intentamos explorar qué puede procesar el programa».

Su WASP (Wishful Automatic Spanish Poet o aspirante a poeta automático español) al principio reutilizaba poemas ya existentes cambiando las palabras o hacía poemas a partir de palabras; luego trabajó con poemas que no se escriben de un tirón, sino con borradores, «una especie de poesía evolutiva que revisa los mejores hasta tener los versos más conseguidos. El problema es que la cantidad de poemas posibles es enorme con todas las palabras que hay en el diccionario. Lo difícil es saber cuáles son las buenas, qué es lo que hace que un poema sea mejor que otro», apunta.

El equipo de «poetas» de Gervás trabaja como lo haría un poeta humano a priori: «Igual que los poetas de verdad aprenden a escribir leyendo poemas y se entrenan con otros textos, nosotros empezamos introduciendo la poesía del Siglo de Oro español y se conseguían cosas muy parecidas a los sonetos de esa época. Luego aplicamos un conjunto de noticias de periódico para hacer poesía más actual y no funcionaba muy bien. El esfuerzo ahí es trabajar las dos cosas, las estructuras clásicas con palabras actuales e intentar buscar aleatoriamente las mejores combinaciones», explica el investigador.

Su robot tiene muchas versiones y cada una trabaja diversos aspectos –la métrica con rima, sin rima, la metáfora...– pero no han llegado a fundirlo todo en un ente complejo. «El verso libre, por ejemplo, es muy difícil de reproducir porque la belleza está en el poder de evocación. Para escribir un poema de amor el sistema tiene que saber de amor y eso es complicado», aclara.

Cuando le preguntan si no teme que su programa sea una amenza para los poetas, Gervás tranquiliza a la audiencia: «No se trata de desbancar ni de sustituir a nadie, sino de hacer el trabajo más fácil, estudiar en qué consiste el proceso creativo y ver qué parte se puede delegar en una máquina». Y pone de ejemplo uno muy claro en la evolución de los coches, «que cada vez tienen más prestaciones: ahora llevan cambio de marchas automático, navegador , aparcan solos y casi circulan solos», algo impensable hace unos años.

El objetivo, asegura, es entender el mecanismo de «cómo funciona la creación poética, las metáforas, las figuras retóricas y ver cómo podemos añadirlo a la realidad, igual que utilizamos el corrector ortográfico» y añade no saber «dónde acabaremos o si esto servirá para estudiar historia en verso», pero intenta llevar el proceso de creación al límite con la ayuda de las máquinas «como hace la Fórmula 1 para crear el mejor freno».

«La poesía que hacemos no tiene sentimientos, pero los poemas sí parecen reales. No tan buenos como los que a mí me gustan pero mejores que otros difíciles de entender. ¿Se distinguen de los que escribe una persona? A veces sí, a veces no. Esto no es una auditoría contable», bromea.

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