25 de noviembre de 2018
25.11.2018
Encalado en el «terrao»

Nunca llueve a gusto de todos

25.11.2018 | 00:50
Nunca llueve a gusto de todos

Una de las noticias más comentada esta semana ha sido la tromba de más de cien litros por metro cuadrado que anegó Torrevieja el pasado lunes. ¿Buena para la agricultura? ¿Mala para la ciudad? De indudable interés son la celebración de plegarias y rogativas, celebradas los siglos XVIII y XIX en diversas parroquias; reflejan los deseos de las gentes de la Vega Baja para que cesaran las lluvias que inundaban sus huertas o para que finalizaran algunas terribles sequias que no dejaban germinar las semillas. Un estudio pormenorizado podría indicarnos con bastante certeza no sólo el clima y los fenómenos atmosféricos, sino también la desgracia, desdicha o alegría de los entonces habitantes de la comarca, pendientes siempre de que el agua caída no arruinara la cosecha de la sal, único trabajo y sustento de nuestros antepasados. Por aquellos años, la presencia de eventos meteorológicos ajenos a lo que se consideraba buen tiempo estaban penados con una terrible carga supersticiosa; hace siglos, la presencia de lluvia en una boda se tenía como augurio de desgracias para la nueva familia, que harían llorar a la novia durante el resto de su vida.


A principios del siglo XIX hubo en Torrevieja un clima moderado y, aunque no se han reconstruido variables climáticas, habiendo considerables sequías en los años comprendidos entre 1801 y 1812, favorecieron grandes recolecciones de sal y de muy buena calidad. A partir de este último año las penurias ocasionadas por la guerra por la invasión francesa se sumaron a la ausencia de cosecha de sal, por causas climatológicas adversas. Esta negativa situación se mantuvo hasta 1820.


En las décadas de los 50 y 70 del siglo XIX se dieron los periodos de sequía pertinaz, no exentos de fatales accidentes, como el ocurrido el 25 de mayo de 1859, cuando la caída de un rayo dejó muerto en el acto a un labrador que estaba sacando agua de un pozo. Ya en el siglo XX, a finales de noviembre de 1916, debido a un continuo temporal de lluvias, el río Segura adquirió caracteres alarmantes, aumentando la subida de su nivel. En Albatera se organizó un tren de socorro para llevar desde Torrevieja lanchas que sirvieran de ayuda a los habitantes anegados por el agua. Cumpliendo órdenes del gobernador, bajo la dirección del alcalde de Torrevieja, una expedición de cinco embarcaciones partió con destino a prestar auxilio en la huerta inundada de Orihuela, salieron en carros por ser el medio más fácil y rápido de transporte, auxiliando a los labriegos aislados.


En la noche del lunes, 27 de septiembre de 1919, aproximadamente a las nueve de la noche, se desencadenó un terrible vendaval acompañado de continuos relámpagos, sin truenos; dos horas después, estalló la tormenta. En un momento quedaron las calles convertidas en ríos y durante algunas horas constituyeron un serio peligro andar por ellas. Torrevieja estuvo cuatro días incomunicada por tierra, sin correo y sin telégrafo; dejó de funcionar la central eléctrica, alumbrándose los habitantes con lámparas de petróleo y velas. Debido a las averías, el tren sólo podía llegar hasta cerca Benijófar, produciéndose las mayores pérdidas en las poblaciones de Cartagena, Torrevieja y Alicante, la tragedia fue bautizada como «La San Miguelá», por la cercanía del día del santo arcángel.


En la tarde del domingo, 1 de mayo de 1921, se desencadenó sobre Torrevieja una terrible tormenta de granizo que causó innumerables destrozos. Las calles quedaron intransitables y los barcos tuvieron repetidas veces, por medio de disparos, que romper las trombas que se formaron en la bahía. Los campos quedaron arrasados completamente; en La Mata, la tempestad destruyó todas las viñas, dejando en la miseria a sus vecinos. Se calcularon unas pérdidas superiores al millón de pesetas por la producción de trigo, cebada, avena y uva perdida.


En la tarde del día 16 de agosto de 1928, el pedrisco alarmó a las familias que se hallaban veraneando en Torrevieja. En principio, tan sólo un chispeo. Ya bien caída la tarde los relámpagos comenzaron a destellar; los fogonazos de las chispas eléctricas se sucedieron en el espacio. Los ánimos se fueron recobrando poco a poco en la población, hasta que a las once cesaron los relámpagos que habían puesto en tensión los nervios de aquellas gentes, y un cielo estrellado llevo la calma a sus espíritus.


La crónica hay que cerrarla con las lluvias continuas caídas en durante trece horas: desde las tres de la tarde del 21 de febrero de 1985, hasta las cuatro de la madrugada del 22. Un total de doscientos veinte litros por metro cuadrado, cantidad que tuvo que se cubicada en una barcaza de las salinas, pues los pluviómetros se desbordaron. La N-332 cortada por inundación, también cortada la carretera comarcal de la costa entre el hotel Masa y la playa de La Mata, los muros de contención de la playa de Los Locos y La Mata derruidos, la casi totalidad de los sótanos inundados al igual de un gran número de platas bajas, automóviles inmovilizados, una vivienda desplomada y las salinas con un nivel de aguas superior a los 35 cm.

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