06 de mayo de 2012
06.05.2012
san josé obrero

Donde nadie crece solo

La antigua "ciudad de los muchachos" dejó de ser hace muchos años el recinto aislado en el que crecían menores sin recursos y se convirtió en un centro de formación integral, pese a que aún haya quien lo asocia a pobreza y delincuencia.

06.05.2012 | 02:00

La Fundación San José Obrero se creó en 1957, recogiendo el legado de la Casa de la Misericordia de las Hijas de la Caridad (afincadas en Orihuela desde 1865) y la labor de los Jesuitas con los niños varones. Es la más antigua obra social de Orihuela, tan importante como Nazaret en Alicante, y sin embargo profundamente desconocida por la sociedad, que tiene una visión anticuada de esta institución y a menudo la asocia a la marginalidad, la pobreza o la delincuencia, según lamenta su director, el sacerdote Vicente Martínez.
Esa imagen obsoleta impide a muchos conocer la actividad formadora que sucede en las instalaciones del Obispado (a la entrada del Rincón de Bonanza) que en los primeros años del siglo XXI se reinventaron para dejar atrás lo que se había dado en llamar "la ciudad de los muchachos" (donde 400 menores en desventaja por distintos motivos pasaban su infancia y adolescencia aislados del exterior) para convertirse en un lugar al que "entran niños y salen profesionales" y donde la integración en colegios y las prácticas en empresas son fundamentales.
No se olvidan los orígenes, cuando ingresaban niños sin recursos (muchos del País Vasco o Madrid) y compartían aula con alumnos becados que llegaban incluso de Guinea y con otros matriculados por sus familias (ese era el sustento del colegio, junto a la venta de limones del patio trasero). No se olvida, pero poco queda de aquello. A finales de los 70 desaparecieron las grandes salas de cien camas y se convirtieron en pisos para siete niños. Ahí acabó lo que la gente conoce como "el Patronato", pues ahora cada "hogar" está atendido por cinco educadores profesionales.
"En torno a los 50 años de la obra social se abrió un proceso de reflexión sobre el peligro de la marginalidad", recuerda el subdirector y coordinador pedagógico de la sección escolar, Arturo Pastor. Y así nació el sistema actual, con tres pilares: Centro de Acogida de Menores, sección escolar y recursos "de sistema abierto".

Acogida
El primer aspecto incluye cuatro hogares para una treintena de niños internos, tres pisos para 20 adolescentes que comienzan a vivir con autonomía en el centro de Orihuela y dos hogares en Elche llevados por otra congregación religiosa, lo que fue la Casita de Reposo. Paralelamente, hay dos Centros de Día con 24 plazas para que menores con pocos recursos lleguen a las cinco de la tarde, hagan sus deberes, se duchen y cenen antes de volver a dormir a casa.
Estos recursos de protección de menores se prestan a toda la comarca de la Vega Baja, a niños derivados por la Conselleria de Bienestar Social, que paga por día y por persona cantidades que nunca llegan para cubrir ropa, calzado, gafas, libros, revisiones dentales o ginecológicas... (para comprender los gastos que esto supone, hay que imaginar que los docentes y el Obispado se hacen cargo de los internos como si fueran sus hijos, hasta el punto de que a cierta edad les dan una pequeña paga semanal, porque "no es justo que ellos no tengan para comprarse unas chucherías", explican). Pero hay más, un "piso de transición a la vida adulta", porque en algunos casos pasan toda su vida allí y al cumplir 18 años "Conselleria te dice que tienes que irte", señala Pastor.
Por ese tipo de cuestiones el reto es integrar a los niños y jóvenes en la sociedad en la que después tendrán que convivir: Si los adolescentes que van a estudiar a la Fundación viven en pisos tutelados fuera, los pequeños que viven dentro salen al colegio gracias al "Proyecto Ireneo" y un gabinete de educadores les hace un seguimiento tanto a ellos como a sus tutores "para no sobrecargar a los colegios". En cuanto comenzó a emplearse este método se reinventó también el colegio de la Fundación.
El coordinador pedagógico señala que "queríamos dar respuesta a chavales que tengan baja capacidad o que no quieran estudiar", y así abre el centro de Primaria y Secundaria concertado, que al tener más del 30% de su alumnado con esas circunstancias especiales es un CAES (Centro de Adaptación Educativa Singular). Hoy el 42% es alumno "de compensatoria" y el restante 58% sin necesidades especiales. ¿En qué se distingue de otro CAES? En que la Conselleria de Educación subvenciona ocho clases pero hay once, de modo que la ratio es menor, y en que se dividen en cuatro niveles cuando toca estudiar ciertas asignaturas. Así, mientras unos aprenden caligrafía o a sumar los más avanzados son una suerte de grupo de capacidades especiales a quienes se exige más nivel.
El abanico excede de Primaria y Secundaria y "para los que se atascan" se imparten Programas de Cualificación Profesional Inicial (PCPI de Automoción o Construcciones Metálicas), desde los que acceder a Grado Medio de Carpintería, Peluquería o Automoción. En todo esto interviene un departamento de orientación con dos psicólogos y un pedagogo y se crean bolsas de empleo que hasta hace unos años alcanzaban un 90% de inserción laboral.

Medidas judiciales
En el tercer nivel de servicios de la Fundación está el "departamento de medidas judiciales", un equipo de tres educadores que realiza para la Conselleria de Justicia el seguimiento de menores a quienes un juez ha impuesto penas como limpiar pintadas, sacarse el graduado, hacer un curso de prevención de drogas o ayudar en la Casa Galilea para personas sin hogar. Cada año los juzgados envían a San José Obrero 180 menores de toda la Vega Baja.
"La gente se quedó con la imagen de orfanato y no saben lo que hay aquí, no hay en la Comunidad ningún lugar que abarque todo esto", dice un educador. Una de las psicólogas que atiende a los internos del Centro de Menores añade que el trabajo es intenso: "Es más difícil reeducar que educar".
""Nadie crece solo" podría ser el lema", sintetiza el director, Vicente Martínez. Y es que la esencia es que ningún niño -tenga o no padres, tenga o no recursos, haya sido abandonado o maltratado- carece allí de figuras que identifica con una familia. Hasta el punto de que hay quien ha vuelto al cabo de los años a pedir a su profesor que sea el padrino de su boda, igual que algunos pequeños se refieren al director cuando dicen en el patio "¡Se lo voy a decir a mi padre!".

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