15 de agosto de 2010
15.08.2010
REGENERACIÓN DEL SEGURA

Un río que lucha por vivir

Estábamos hechos a ver el Segura convertido en turbia cloaca, cubierto por una costra de espumas fétidas y arrastrando hasta el mar toneladas de basura química y orgánica altamente contaminante. Algo, sin embargo, ha empezado a cambiar. Queda mucho por hacer pero una cosa es evidente: la cloaca vuelve a ser río. Y en ese río ya se ve bullir la vida.

15.08.2010 | 02:00
Un río que lucha por vivir

A las 7 y poco de la mañana, en Guardamar el sol comienza a pulir la lámina de cobre del Mediterráneo. El Segura vuelca sobre un levísimo oleaje manso sus dobles corrientes, las que discurren por la desembocadura nueva y las que fluyen por la vieja, que bajan henchidas delatando el aporte de las pasadas lluvias. En el cauce se está limpiando la caña, que vino de Asia hace unos tres siglos y coloniza con su feracidad cada centímetro, en quedando un trocito de rizoma se sigue reproduciendo.
Se ha descartado por agresivo el fumigado y es una gloria seguir el aleteo de la cangrejera común, acompañada por las escandalosas golondrinas sobrevolando como flechas la desembocadura vieja donde llega el agua de regar la huerta, a través de los azarbes. Aseguran los agricultores que el riego a manta es el único posible aquí y que, pese a lo que algunos piensan, con ese sistema secular no se pierde una gota. Y aseguran también que "el río está vivo, más que ha estado en muchos años".
Propiciando esa vida se ve afanarse, aquí y allá, a la gente que la Confederación Hidrográfica del Segura tiene trabajando en la regeneración del río. Las barreras de cadenas contra las que topa la basura de los azarbes ("todavía hay mucha gente guarra") se alzan regularmente para dirigir los desechos hacia el peine extractor. Los puntos de pesca, atalayas de madera que la CHS ha construido para comodidad de la gente, están vacíos: los pescadores, docenas ya aunque sea tan temprano, prefieren elegir el sitio donde colocarán la silleta, la sombrilla, la nevera portátil, la caja de los cebos y el cubo para las piezas. Muchos, qué pena, dejarán al irse un rastro de botellas de plástico, envases, bolsas y restos que se acumulan en los cañares y en la playita donde día y noche, como amantes insaciables, copulan río y mar.
Comparten estas aguas predadores como el llobarro, que entra buscando presa, y especies como la lisa, un tipo de mújol. En la superficie, fochas, gallinetas y pollas de agua se mantienen flotando casi sin moverse. En el aire transparente evoluciona la golondrina de mar, tradicional marcadora de los puntos donde hay peces. Por la desembocadura nueva, ancha y despejada, entra un barquito que ha pasado la noche faenando y sale otro, cargado de pienso para los criaderos de lubina y dorada donde los alevines crecen hasta alcanzar su tamaño de venta. Rompiendo apenas con sus quillas muertas el cristal de la corriente languidecen varias barcas hundidas. Varada en una orilla la "Visitasión", con ese, auxiliar que fue de un barco grande, es un fantasma al alcance de la mano.
Los pescadores residentes de los países del Este comen carpas, los guardamarencos no: saben a cieno, dicen. Por detrás de los azarbes la locura urbanística de San Fulgencio, el pueblo que más ha crecido de España, entierra el paisaje bajo un manto de ladrillo. Un extranjero que practica la pesca sin muerte, con anzuelo sin gancho para no dañar al pez, devuelve al agua una salpa de nácar y plata. Río arriba nos contempla desde una piedra, indiferente y altiva, una garza real.
En nuestro viaje vemos palmeras con la marca naranja del tratamiento del picudo, y otras definitivamente muertas. Paleras aquejadas de un raro mal, agonizantes bajo una capa de podredumbre blanca, junto a tupidos tapices de regaliz color esmeralda. Hormiguean brigadas y máquinas afanadas en la limpieza de cauces. En tiempos se inyectó oxígeno a las aguas contaminadas, ahora se utiliza agua del acuífero del Segura, especialmente cuando baja con poco caudal. "Hoy en día el río se puede controlar bien", nos dicen.
El cauce se abre y ramifica. Azarbes, acequias, encauzamientos, meandros. Los tarays que plantó la CHS para repoblar las márgenes ya son árboles hermosos. Hacia las 9, aunque no es su hora, las ranas croan en el motor de Los Gallud junto al que un extranjero ha venido a montar su paraeta de pesca. Por encima del Motor Los 14 se espesa un zumbido de abejas. Las tomas de riego encaran la vecindad de urbanizaciones salvajes asaltando la orilla. Paseantes a pie o en bici aceleran el ritmo para volver a cubierto, el sol aprieta. El estilizado puente de color rojo es uno de los puntos de aforo donde cada día, a las 8, se mide el volumen del líquido que pasa por debajo; en momentos de necesidad hay que suministrar agua de los sondeos para mantener el nivel ecológico, pero este año no: ha llovido bien.
Un aroma dulce brota de los campos de alfalfa segada. En Rojales una colonia de patos se espolsa del plumaje miríadas de gotas. Por la margen derecha llegamos a la noria de Benijófar restaurada en 2006, hasta quieta es hermosa. Al pie, un anciano y un joven vigilan sus cañas. Refulge el campanil de una ermita cerca de un meandro, abrazada de cañas y coronada por una nube efímera. Conejos suicidas cruzan el camino una y otra vez, la perdiz en esta época ya está volandera y no se deja ver. Los alrededores de Benijófar son un reino de tortugas, galápagos leprosos que salen a dormitar bajo el sol en las piedras calientes, este año con el nivel alto andan más remisos. Por abajo de Murcia ya se han visto nutrias.
Los sotos de las riberas, unos cuidados con mimo, otros casi asalvajados, cosa de según qué Ayuntamientos dicen que es, abren el río al disfrute público. Un tractorcico de cadenas monda las márgenes frente a la depuradora de Algorfa. A la derecha se alzan, pardas y moradas, las sierras de Orihuela, Callosa y Cox. Cerca de Almoradí, a la altura del Azud de Alfeitamí, en mitad del camino empieza a secarse una culebra bastarda aplastada de cuatro palmos, lo menos.
Acodados en el pretil de uno de los puentes vemos cómo las carpas ejecutan el baile frenético del instinto, las hembras de hinchado vientre dejando sus huevos, los grandes machos peleándose entre juncos para cubrirlos con su esperma. Contemplando inmóvil la fiebre de la vida, un martinete que ha venido a nidificar.
En Orihuela, entrada la mañana enfilando al mediodía y aunque el sol abrasa, como por milagro el río no huele. Mucha gente sigue vaciando en él basuras, incluso animales vivos con las patas atadas para que se ahoguen y la corriente los arrastre, pero el trabajo de limpieza y regeneración de la CHS, la Guardería Fluvial y la concienciación de muchas personas empiezan, por fin, a dar sus frutos.

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