06 de agosto de 2018
06.08.2018
Fenómenos sociales

Wild Wild Country o los salvajes extremos

La exitosa serie documental de Netflix, que puede ser llevada al cine, refleja un fuerte choque cultural

06.08.2018 | 18:33
Fotogramas de Wild Wild Country, serie de Netflix.

"Pasamos de sexo libre de los rajnishes a nada de sexo con Young Life, que también parece una secta". Con esta frase, el sonriente granjero de Antelope, pueblo de 40 habitantes, viene a comparar en Wild Wild Country a los antiguos ocupantes de una comuna hindú de un enorme terreno en el condado de Oregón con los siguientes, una organización cristiana internacional.

Es una serie tan atractiva con un trasfondo complejo o, al menos, eso me ha parecido. Porque basa su argumento en hechos reales (que no objetivos), acontecidos en los años ochenta, porque para describirlos se hace eco de una gran cantidad de material gradado, la gran mayoría declaraciones de personas implicadas en la historia. Uno de los atractivos es que la mayoría de los personajes que aparecen en las grabaciones de hace treinta años, también lo hacen ahora. Simplificando, los seguidores de la secta rajnishes (también conocidos como gente naranja) y los enemigos de la secta rajnishes explican sus visiones. La mayoría, extremas, claro.

Desde fuera, podría parecer que la secta rajnishes era el mal. Sin embargo, para ser más exactos, vamos a ver, ¿qué es una secta? Según la RAE, en su primera acepción, identifica el término como "doctrina religiosa o ideológica que se aparta de lo que se considera ortodoxo. Rechazan que una secta se equipare a una religión". En otra acepción, podemos leer: "Comunidad cerrada, que promueve o aparenta promover fines de carácter espiritual, en la que los maestros ejercen un poder absoluto sobre los adeptos". Desde un punto de vista subjetivo, se puede concluir que una de las grandes diferencias puede ser que en la religión el maestro no viva, mientras que en la secta sí. O, ¿es que hay unas religiones mejores que otras? Evidentemente, la historia de la humanidad nos dice que sí, según el que la defienda. Lo mismo ocurre en el fútbol con los seguidores de Atlético, Valencia y Sevilla, en los que medios de comunicación y fanáticos generan separatismo, los convierten en enemigos, cuando tienen muchos puntos en común. Lucha por ser diferentes, guerra al diferente que ni siente ni viste nuestros colores. Ese lema vale tanto para el fútbol como para esta serie.

La Psicología Social Construccionista (PSC) y la Psicología Social Sociológica (PSS) forma de parte conjunta de una rama de la Psicología Social. En otra rama lado está situada la Psicología Social Psicológica (PSP), que no mezcla individuo y sociedad. En ella se encuentran tres orientaciones: conductista, psicoanalítica y cognitiva. En concreto, la PSC, que nace de la PSS, cuestiona lo creado echando un mirada a la historia a través del interaccionismo simbólico de Mead. Así se genera el particular relato de la realidad de cada uno. Por lo tanto, la PSC se sirve del lenguaje para la construcción de hechos psicológicos. El caso que nos ocupa es de los discursos emocionantes.

El proceso de comunicar posee un rol cimentador, ya que al establecer conexión con una persona, muchas veces sin pretenderlo, resaltamos unos datos y silenciamos otros, según las psicólogas Cristina Pallí y Luz Martínez. Es decir, esto lleva al ser humano a no ser neutro en sus exposiciones. Por lo tanto, entendemos que cuando se confecciona un discurso, al mismo tiempo se genera una idea sobre algo. Se construye algo concreto.

El filósofo Michel Foucault reflexionó acerca del término normalidad. Para algunas personas significa aquello que se ha de hacer. El filósofo francés cuestionó que lo que es normal en Francia puede que no lo fuera en Libia o lo que hoy en día parece normal puede que hace 30 años no lo fuera y dentro de 30 años tampoco. La normalidad, para él, implica una relación de poder, que ordena, controla y decide lo que es correcto. Así, querer ser aceptados implica que muchas personas escondamos ciertas facetas.

¿Y si el ataque bioterrorista Osho, mediante la contaminación con salmonella, no fue obra de los seguidores de Osho? El caso es que no se puede demostrar. Por la intriga que despierta, parece haber cierto interés en crear la película. No sé sabe con qué enfoque. Lo único que se sí es conocido es la intención de los creadores de Wild Wild Country de no estar involucrados, después de cuatro años desarrollando el producto de Netflix.

Precisamente, en Wild Wild Country, ¿cómo se construye el relato? ¿Quiénes son los violentos? ¿Cuáles son las pruebas incriminatorias? ¿Las versiones de unos protagonistas poseen más autoridad que las de otros? ¿Quiénes deciden cuáles son los peligros para nuestra sociedad? Estamos acostumbrados a ver como en Estados Unidos surge una noticia de que alguien se toma la venganza por su parte al disparar de forma multitudinaria en un colegio. La secta liderada por  Bhagwan (Osho) alcanza unos niveles chocante, fusionando risas delirantes y captación masiva de armas. Pese a ello, lo cierto es que no se conoce que la gente naranja dispara a nadie para atacar ni para defenderse. "Nos son perfectos. Pero son mejores vecinos que los rajneeshees. No empuñan una AK-47 delante de ti", apunta el jardinero. ¿Y un AR-15?

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