24 de julio de 2018
24.07.2018
Cine y vida

Michael Haneke y Lucas Sánchez, constructores de realidades

El director representa la crisis de valores en Happy end, mientras que el divulgador científico valenciano relata la bondad humana en el metro de Madrid

24.07.2018 | 12:48
Un fotograma de la película Happy end.

Sábado 21, a las 18:45.  Elena, David y yo nos ponemos en la pista de forma espontánea de Happy end y acabamos en el cine. A las 22:30 horas estamos entrando en la sala C de los Aana del centro. Allí estamos, cinco parejas y un paisano, prestos a vivir un final feliz o no. 3, 2, 1. El pantallón se transforma en la pantallita de un smartphone para demostrar cómo vive el mundo una centennial. Producto del arranque creativo y anormal, se levantaron comentarios en voz baja de los allí presentes pasados diez minutos: "Como sea así mucho más...". Quizá por este detalle, por el ritmo lento y por el enfoque, el individuo, que veía el film en solitario, abandonó despavorido el plan dejando atrás la puerta abierta. Si escribo este texto no es para hacer una crítica cinematográfica, sino para rescatar algunas de las reflexiones que plantea el director austríaco a través de los 107 minutos de metraje. Estoy de acuerdo con el director en que internet y el consumo nos están generando una adicción al placer rápido y despersonalizado. No es que el canal sea el culpable ni que conocer a gente por las redes sea denostable, el problema es si el tiempo y la motivación que pasamos mirando una pantalla no somos capaces de dedicársela con naturalidad a una persona. Ésa es una de las denuncias sociales que interpreto tras terminar de ver la última cinta de Michael Haneke. Se atreve a denunciar con planos largos fijos nuestra tendencia a mostrar nuestra intimidad a través de las redes sociales. Porque evidentemente es más fácil y menos placentera también. Para la antropóloga Amber Case es un signo de infelicidad la dependencia tecnológica. De ahí que abogue por la actitud calmada con el uso del iPhone. Y con respecto al dolor, Haneke termina lanzando la cuestión: "¿Quién afronta lo negativo?".

Dicho esto, es cierto que después de salir de la sala entran ganas de contemplar alguna historia, imperfecta y corriente,  con una perspectiva del mundo constructiva. Como estaba algo espeso y no vi nada interesante en ninguna plataforma online, me di una vuelta por twitter. La idea de un argumento conciliador permanecía presente. Pues en la red social en la que abundan trolls, fui a topar con un hilo de oro. El autor, Lucas Sánchez (@sonicando), un valenciano del 83 que resulta tener un atractivo perfil (investigó en el CSIC en el diseño de vacunas para enfermedades prevalentes en el tercer mundo y ahora tiene una agencia de comunicación científica, Scienseed). El caso es que este twitero escribió con arte, emoción y detalle una tierna historia real, que reflejo en su totalidad a continuación:

Sábado 21, a la 1:22. "Acabo de vivir uno de los momentos más bonitos e intensos de mis 17 años de vida madrileña en el Metro. Vuelvo de un concierto y entra un yonki en el vagón. Yo sigo relamiéndome, escuchando a la banda que vengo de ver, aisladito con mis cascos. Pero el yonki se echa a llorar, me sorprende la situación y me quitó los cascos para enterarme. El yonki llora porque un chico marroquí, que está en nuestro vagón, le dice que ánimo. Que él ha estado en su situación. Que se sale. Que luche. Le abraza. Se sienta a su lado. Le da palmaditas de ánimo. El yonki sigue llorando y se levanta. Antes de la siguiente parada, el marroquí saca la cartera y le da 10 euros. El yonki se vuelve a desplomar llorando. Coge el dinero, le da un abrazo y se va. Parece que nunca le había dedicado tanto cariño, tantas palabras. El dinero es solo un añadido. El marroquí se queda una y dos paradas al borde del llanto, con los ojos llorosos. Yo estoy alucinado. Vivo todo el momento totalmente paralizado. Lo pienso dos y tres veces, pero le digo al marroquí que es lo más humano que he visto en 17 años en el metro. Él me cuenta que ha estado ahí. Que durante una época se drogó. Que lleva 20 años en Madrid, pero que tiene trabajo y que, gracias a la ayuda de otros y de ese trabajo, algunos días ya no duerme en la calle. Que sabe que casi seguro esos 10 euros, que ni de coña le sobran, van a terminar en drogas. Pero que igual no. Y que alguien le tenía que ayudar. Que ayudar a los demás es algo que Dios siempre recompensa. Que a él, si no le hubieran ayudado, no hubiera podido hacer lo mismo. Y repite que igual no ha ayudado a nadie y que el yonki se lo gastará en drogas. Pero tenía que hacerlo. Yo tengo un billete de 20 euros en la cartera y se lo doy. No lo quiere coger y le digo que ojalá se los hubiera podido dar al anterior chico, pero que por lo menos valgan para ayudarle a él y que no duerma en la calle por ayudar a otro. Me dice que no los quiere. Insisto hasta que los coge. Me dice que vale, pero si me puede dar un abrazo. Nos abrazamos. Salgo por la puerta y me quedo en el andén. Aturdido. Emocionado. Y todavía estoy así. Decimos mucho de otras culturas, pero acabo de ver a un tío darle dinero a otro que no estaba tan lejos. Dinero que no le sobraba, no como a mí. Y quedarse jodido luego, no por él, por el otro. Aquí solemos dar lo que nos sobra. De lejos. Para sentirnos mejor. Y he visto a un tipo dar lo que le falta. Y seguir llorando. Ahora me voy a la esquina de pensar, que el mundo que no vemos, y que siempre juzgamos desde el privilegio, es la hostia. Casi 24 horas después me sorprende el impacto que ha tenido este hilo. Me alegra ver que compartirlo ha sido en parte buena idea (no suelo hacer estas cosas) y que bastantes personas entienden lo que ocurrió como yo lo viví. Lamento la siempre atenta oleada de trolls y también espero que algún día twitter sea un sitio más constructivo y que dé menos vértigo usar".

"Ahora me voy a la esquina de pensar, que el mundo que no vemos, y que siempre juzgamos desde el privilegio, es la hostia". Subrayo esta reflexión porque en ella hay mucha tela que cortar. Porque ponemos el foco en el famoso y la persona corriente pasa desapercibida. Porque en la vida, como en las pelis, tendemos a resaltar y a poner más énfasis a los gestos maliciosos, los que nos revuelven por dentro, y nos cuesta detenernos ante al que hace el bien, al que suma para que haya finales felices, como el marroquí, Lucas y el sirviente en Happy end.

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