08 de julio de 2018
08.07.2018
Camino de Santiago

Diario de un caminante: Etapa 3, de Palas de Rey a Arzúa, 29 kilómetros

La jornada parte alejados del pelotón, con dificultades en el terreno, ofrece empinadas cuestas y una comida de calidad

08.07.2018 | 13:54
En un bosque de eucaliptos cerca de Arzúa.

Miércoles, 2 de mayo. 6:30 horas. Ya hay cierta gente que valora que salir tan temprano no es lo que quiere. Como Pablo, un informático madrileño que lleva cuatro años afincado en Alicante: "Tenía el chip del curro y me lo tomaba como un objetivo. Ahora quiero fluir. No pasa nada por llegar a un sitio u otro, a una hora y otra". Javier y yo, desayunamos café y tostadas con tranquilidad a las 8:00, lejos del pelotón, y antes de que se nos eche encima partimos. Los primeros kilómetros de la etapa son complejos de afrontar para Javier. Su carrito sufre con las cuestas empedradas y su muñeca no es menos. Aún así, no decide tirar por la tangente, como en otras etapas yéndose por la carretera, y con el paso del tiempo mejoran las circunstancias. Como todo ser humano es un animal de costumbres, él necesita su segundo café del día a las dos horas. Paramos en una posada cinematográfica. Tan oscuro como cuco. Un lugar, que aún vestido por sierras y otros artilugios potencialmente peligrosos, resultan inofensivos en comparación con la actitud del dueño del establecimientos. Un rostro lo delata, también sus palabras hacia una trabajadora. A nosotros tampoco nos dice bonitos. Consumimos y nos vamos.
 
El Camino es una experiencia que puede ser muy enriquecedora en sensaciones. De la oscuridad del despertar, se pasa a la plena luminosidad de la jornada. Igual ocurre con las personas. Siempre puede uno toparse con  individuos ensimismados pero lo predominante es lo contrario, la apertura, ni que sea para un cercano saludo ("Buen camino"). La confianza y el buen humor es tal que se llega a escuchar "Don Camilo" cuando un español se presenta a un caminante de habla inglesa. Lo cierto es que son muchas horas y hay quien prefiere estar concentrado y en silencio. Fue el caso de Pablo Albadalejo, que b uscaba "desconexión, una mirada interior e introspección. Vamos, quería bajar mi nivel de estrés y confirmar que se sigo soportando en soledad (es mi indicador personal de si estoy en el buen camino?)". Supe que vivía en La Terreta en esta etapa, en la que hablamos durante veinte minutos. Supe a lo que se dedicaba, algunas de sus motivaciones y la actitud que conviene adoptar en el Camino de Santiago, a su modo de ver: "Soltar el control, fluir, actitud de apertura, transcender al cansancio y disfrutarlo como parte del camino". Por ese mismo, motivo Javier y yo nos despedimos de él para meditar un rato. Ya no volvimos a verlo hasta el día siguiente, porque pasó la noche a tres kilómetros de Arzúa. Antes de llegar al destino final, tras vivir la etapa más dura de todas, con 29 kilómetros, pasamos por Melide, un pueblo grande en el que es obligado comer pulpo. Se lo comieron otros, porque nosotros a lo que más alcanzamos allí fue a unas aceitunas. No por ahorrar ni por no gustarnos, sino porque no quería parar mucho. El trayecto nos recompensó a las dos horas, cuando necesitábamos comer, y a poder ser, bien. Porque eran las cuatro y veníamos de subir una especie de montaña en la que nos sentimos como Miguel Induráin el día que se quedaba clavado en la bici en el Tour. Para muestran un pelotón, porque un grupo de treinta chavales que estaban haciendo la ruta en bici alcanzaron esa cima a pata.
 

¿Sitio para comer?

 
No lo apunté y ya no lo recuerdo bien. No sé si fue en A Portela donde comimos. El caso es que en un pequeño restaurante, sin gentío fuera y con escaso espacio dentro, fuimos a parar y también el causante de parte de nuestro insomnio del día anterior. Un francés mayor, que parece ser convertía ese bar-hotel en un lugar habitual de paso. Comimos menú por 9 euros. Pedimos sopa de verduras y pollo con patatas. No pudimos salir más contentos. El primero era espectacular y, como no, la botella de vino dio nos sacó más de una risa y combustible para afrontar el último trecho con energía. Los últimos cinco kilómetros fueron placenteros. Cerramos la noche con una tertulia entre dos granadinos, un bilbaíno, un tarraconense, una madrileña y yo. El burgalés Javier ya había dicho hasta mañana un rato antes. 
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