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LA VILA MURADA

Los hermanos Bazán

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F inalmente, la ampliación del madrileño Museo del Prado se ha llevado a buen puerto, que se salvó el cuestionado claustro de los Jerónimos. Es la noticia cultural de la hebdómada que finaliza, que bien merece que le prestemos atención. Así, entre comilona de gala, sólo para comensales elegidos y de empaque, que en la España de los socialistas mutados en escarlata las diferencias sociales todavía cuentan y mucho, y borboneante inauguración oficial a cargo de las más altas y floridas magistraturas del Estado, o sea Reino de España según la nomenclatura heredada del otrora amo del Pazo de Meirás, por fin esa fabulosa galería pictórica que abriese al público el tan denostado Fernando VII enriquece su oferta con la exhibición de la mayor parte de sus fondos.
No faltaron las manifestaciones de trono y tronío que, fíjense, una iniciativa del absolutismo, que el Prado fue obra de quien fue, identifica a España «como nación» -Su Majestad dixit- y «como pueblo» -ZP dixit-. Pero lo bueno del caso es la elección del marco de la foto oficial, que «El fusilamiento de Torrijos » del pintor alcoyano Antoni Gisbert jamás ha dado tanto de que hablar. Opiniones para todos los gustos, echen si no un vistazo a internet, que la foto se ha interpretado desde el más cortesano panegirismo hasta el más conspicuo republicanismo, sin obviar ésos de ahora que jalea la emisora de los obispos, ultraliberales de nuevo cuño y cerebelo encaudillado que no les mola el rey.
Así, gajes de los tiempos, todo quisqui se identifica con Torrijos y sus compañeros, pasados trágicamente por las armas en la playa de San Andrés de Málaga el 11 de diciembre de 1831. Atrás quedó su intentona de sublevar Andalucía contra Fernando VII, quien ante la pregunta de qué hacer con ellos contestó con ese laconismo propio de su reinado «que los fusilen a todos. Yo el Rey». Precisamente Ramón María Narváez , todo un camaleón político, sucesivamente al servicio de liberales, absolutistas, para acabar de liberal moderado, fue quien llevó la atroz orden a Málaga. Y todos a obedecer. ¡Ah! Sobre Narváez, que si no lo digo reviento, fue quien más adelante presentó a la reina Isabel II el guapísimo oficial de ingenieros padre de Alfonso XII . Sí, ciertamente, don Juan Carlos es descendiente de Fernando VII, pero por vía uterina, que la masculina directa se esfumó. Así que, dejémonos de chanzas y especulaciones, desde las del neoconverso de facha, que ve en el trío rey-ZP-cuadro la sombra del «Deseado» y un nuevo eje del mal que amenaza España, hasta las del cortesano glotón de prebendas, dícese de izquierdas, que se pirra por el soponcio que le cogerá a la Espe , la de Madrid, al ver tal retrato. José María Torrijos se nos ha puesto de moda, que ya no por el ditirambo de Espronceda y estrofas de himno republicano, sino gracias al pincel de un alcoyano que de manera tan romántica supo captar la tragedia de un momento histórico sonado. Pero Torrijos no fue el único liberal que se echó al monte en defensa de la Constitución de 1812. Hubo otros y mucho más cercanos, aunque por estos pagos -tan realistas entonces- lo tuvieron francamente difícil. No obstante, los callejeros de algunas localidades de la provincia alicantina, desde L'Alacantí al Bajo Segura, honoran a aquellos intrépidos liberales aunque, si hubiese sido hoy, no duden de que hubiesen acabado encerrados por un juez de la Audiencia Nacional. Si no contracorriente de los tiempos, los hermanos Bazán y seguidores, como también Torrijos y partidarios eligieron el camino de la lucha armada para combatir el absolutismo. Así lo pagaron tras frustrarse sus iniciativas. Trascurrido el tiempo, sin embargo, se les pone en un pedestal. ¡Ay qué cosas tiene la historia! Los hermanos Fernández Bazán, Antonio y Juan , fueron destacados liberales, el primero llegó a gobernador de Castelló durante el llamado Trienio Constitucional (marzo de 1820-septiembre de 1823);, período democrático que se inició con la insurrección de Rafael del Riego -el del himno republicano- y acabó trágicamente con la invasión absolutista de los Cien Mil Hijos de San Luis franceses. El segundo fue coronel del ejército. Ambos, tras el triunfo de la reacción realista, tuvieron que exiliarse al extranjero. Los dos hermanos, sin embargo, encabezaron una tentativa revolucionaria que tuvo como epicentro las playas del Baix Vinalopó. Desde el exilio, las conspiraciones liberales se sucedieron, aunque sólo unas pocas se fraguaron. Las autoridades absolutistas, ojo avizor, se temían una invasión por la playa ilicitana del Tamarit y ese temor proporcionó el pretexto para endurecer la represión durante todo el año de 1825. Con la excepción de Alicante, ninguna plaza de la zona era entonces proclive a los liberales, que más bien se decantaban por el bando absolutista, realista se decía entonces. La hoy capital provincial estaba sometida a la bota implacable del gobernador militar y político, el brigadier Pedro Fermín de Irriberri , mientras que Elche, que había sufrido el zarpazo de los liberales, que la saquearon el 27 de septiembre de 1823, apostaba por el viejo orden. Precisamente, uno de los hermanos Bazán, el militar, que servía en Alicante cuando el Trienio también llamado Liberal, encabezó aquella acción de represalia contra el feudo realista ilicitano. Ese conocimiento del terreno sería determinante para que los Bazán intentasen iniciar desde el sur valenciano una guerra de guerrillas que restaurase la Constitución de 1812. Fue en balde, que el entorno, al menos en el agro que surcan los ríos Vinalopó y Segura, nada acompañaba. La noche del 18 al 19 de febrero de 1826, un contingente de sesenta hombres armados desembarcó en Guardamar, cogida por sorpresa. Allí se proclamó la vuelta al régimen constitucional. No obstante, advertido el gobernador oriolano Antonio Salinas de Orellana , por unos vecinos de Rojales, de la presencia de aquellos rebeldes, organizó a los voluntarios realistas con las aportaciones del obispo de la diócesis, el ultramontano Félix Herrero y Valverde , que donó 1.200 reales de la época para reducir a los liberales. La partida revolucionaria fue descubierta en las proximidades de la Serra de Crevillent y, tras una refriega donde cayó gravemente herido el ex gobernador de Castelló, el resto huyó a L'Alacantí: Agost, Sant Vicent del Raspeig, Mutxamel, hasta quedar diezmados totalmente, muriendo en la acción Bartomeu Arques , un alicantino que se había distinguido en la defensa de la ciudad contra las tropas absolutistas del vizconde de Bonnemains. La tragedia acompañó a aquellos hombres arriesgados. Sorprendidos por un contingente militar enormemente mayor, Antonio Fernández Bazán fue de los primeros en caer, gravemente herido. Juan, vista la causa perdida, quiso rematar por piedad a su hermano, que se desangraba, y después suicidarse, pero se encasquilló su pistola. Después fue abatido a tiros. El 22 de febrero se daba por finalizada la aventura de la facción de los hermanos Bazán. Llevados veintinueve de ellos presos a Alicante, fueron fusilados sin compasión alguna, que incluso el brigadier Irriberri les negó el viático, entre el 22 y el 27 de ese mes. El resto del grupo fue pasado por las armas en Orihuela, junto a su líder Antonio, el 4 de marzo. La escena fue dantesca, que el jefe liberal, malherido, apenas podía mover articulación camino del patíbulo; fue fusilado sobre la parihuela.
El infortunio acompañó la aventura romántica de los Bazán. El general José María Torrijos y Uriarte lo intentó cinco años después, ahora en Málaga. Él y sus compañeros, delatados, emboscados y presos, también fueron fusilados, pero su martirio lo llevó un artista al lienzo de la inmortalidad por gracia de los liberales neoborbónicos y tintes progresistas de la Restauración. Los Bazán, sin embargo, no tuvieron esa suerte, que nunca salieron en la foto -¡vaya!, en el lienzo- y se tuvieron que conformar sólo con dar su nombre a una calle de Guardamar, otra de Torrevieja y una céntrica alicantina . q
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