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Los volcanes de Isabela

 03:25  

CAMILO JOSÉ CELA CONDE Entre todas las Galápagos, Isabela es la isla que se encuentra más cerca de las que visitó Darwin. Miento; tal vez Floreana se parezca más a las Galápagos de entonces, pero a Floreana no voy a ir.
Isabela es gigantesca, si la medimos con el rasero del archipiélago. Supone cerca del 60% de las tierras de Galápagos, aunque la parte accesible sin llevar a cabo esfuerzos dignos de un alpinista sea diminuta. A medida que navegamos hacia Isabela, aparecen los islotes -Cuatro Hermanos, Tortuga- que Darwin vio: conos volcánicos con su forma de media luna que el descubridor de la selección natural atribuyó de forma correcta a la erosión producida por los vientos y las olas constantes del mediodía. Los volcanes son la razón misma de ser de Isabela, aparecida a través de diversas erupciones cada una de las cuales dio lugar a un cono. Más tarde, todos ellos fueron uniéndose para dar paso a la isla tal y como la conocemos ahora, con distintas elevaciones correspondientes a cada cráter. Sierra Negra es el más meridional, antiguo y extenso, y en sus laderas se encuentra Puerto Villamil, donde viven casi todos los vecinos de la isla -menos de dos mil- gozando de la única carretera disponible. A continuación viene un istmo terrible del que luego se hablará. Más al norte, el Alcedo, activo y con la mayor colonia de tortugas de la isla. Luego el volcán Darwin (¿cómo no?) y, por último, el más alto y reciente, el volcán Wolf, situado junto a otro más pequeño, el Ecuador, que recibe su nombre por la razón más elemental que haya: la de que por su ladera meridional pasa la línea imaginaria que separa el hemisferio Sur del Norte.
De entre las diversas aventuras vividas en la isla, me quedo con la de la subida al volcán de Sierra Negra. Una caminata hasta lo alto de la caldera bajo la garúa, la lluvia permanente a la que dan lugar las nubes que la cumbre mantiene sujetas. El paisaje se transforma desde el propio de un erial de las costas de las Galápagos hasta el que cabría esperar en una selva ecuatorial. El verde de los helechos, unos helechos que se yerguen casi verticales hasta alcanzar un metro de altura, muy diferentes a los nuestros, se salpica con el blanco y amarillo de las flores de las trompetas de ángel, de las escalesias y de unas plantas de hoja estrecha parecidas a estas últimas. El guía local, Lenin de nombre, nos dice que son árboles de Darwin, y la Sierra Negra es uno de los pocos lugares del mundo donde pueden admirarse.

Cosa de una hora más tarde alcanzamos el nivel de la caldera, a la que no sirve de mucho asomarse porque queda también cubierta por la neblina tenaz. Pero a medida que recorremos el cráter la lluvia remite y la nube abre algunos claros; los suficientes como para poder contemplar a pinceladas el espectáculo del infierno que supuso el derrame de las sucesivas coladas de lava en el cuenco antes verde de Sierra Negra. El límite entre la vegetación de las laderas a las que no alcanzó la última erupción, la de hace cuatro años, queda marcado de forma nítida, por más que algunas guayabas requemadas que aparecen entre el verde abundante indiquen que el calor llegó hasta allí. En el fondo del cráter, la negrura de las coladas se distribuye de forma caprichosa dejando marcados los caminos fósiles de los ríos de lava que fueron sucediéndose como un armagedón.
Una hora más de marcha y, con el soplo muy reducido ya, alcanzamos otro cráter, el del volcán Chico. El silencio sobrecoge. El panorama, también. Hay algo de ceremonia de la creación en este orificio de un centenar de metros de diámetro que parece que habría de vomitar más lavas en cualquier momento y, de hecho, abunda en fumarolas.
Pero el milagro de la vida aparece incluso en los terrenos del infierno. En las oquedades distribuidas dentro del volcán Chico asoman aquí y allí unos helechos cuyo verdor se acentúa en medio de la negrura imperante. Darwin debió verlos. No habla de ellos en su diario pero a ciencia cierta que debería haberse preguntado qué dios demente situó unas plantas en ese lugar.

hey there