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Hogueras de humo negro en la noche de San Juan

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MIGUEL ÁNGEL PÉREZ OCA Es que los alicantinos somos la mar de originales. Quemamos nuestras hogueras con un día de retraso, en la que es, a partir de las 12 de la noche, precisamente cuando comienza la "cremà", la noche de San Guillermo; aunque les llamemos Fogueres de Sant Joan.
No os diré cuál fue la hoguera que vi quemar este año, para que no se crea que estoy criticando a una sola, sino a la mayoría, con todo el dolor de mi corazón. Después de contemplar, desde la plaza del Puerto, la "Palmera del Foc", que he de reconocer que este año ha sido perfecta, airosa y brillante, mis acompañantes y yo nos acercamos a ver la "cremà" de una hoguera cercana. Tras un hermoso y atronador castillo de fuegos artificiales con traca, el monumento comenzó a arder, aunque una espesa masa de humo negro e irrespirable ocultaba las llamas hasta el punto de no saber a ciencia cierta si el monumento era ya pasto del fuego o no. Se nos estaba hurtando el maravilloso espectáculo de las llamas ascendiendo hacia el cielo mientras consumían la airosa estructura de madera. Todo era humo negro, tóxico y quizá cancerígeno, proveniente de los ninots de plástico expandido, eso que parece corcho blanco y que ha suplantado impunemente al viejo y saludable cartón de los viejos tiempos. ¿No hay quién controle este desafuero? Las pavesas, de un material pegajoso y ardiente como el napalm pueden pegarse a la piel de los asistentes y causarles quemaduras profundas o prender fuego a persianas y toldos, por la persistencia de sus llamas de origen plástico, en un ambiente hostil y artificial...
Cuando nos alejamos apresuradamente de aquella atmósfera irrespirable, nos encontramos ante el muro infranqueable de la valla metálica de un "racó", contra la que se apretujaban los fugitivos, que ríete tú del muro de Berlín o la alambrada de Ceuta. Las calles, intransitables y resbalosas por el agua de la ya tradicional "banyà" mezclada con detritus de todas clases procedentes de barracas y "racós", propiciaron más de un aparatoso resbalón, no sé si con fracturas o contusiones.
Yo me pregunto si el Ayuntamiento o la Federación de les Fogueres, o cómo se llame el órgano rector de "la nostra festa" no podría organizar mejor estas cosas. Porque un día va a haber una desgracia y entonces vendrá el llanto y el rechinar de dientes, y la búsqueda de responsabilidades. Hay que regular severamente los materiales a emplear en la construcción y posterior quema de las hogueras, hay que ordenar mejor el uso de vallas que entorpecen las calles, y hay que decirles a los presuntos músicos de las barracas que para ser un artista musical no hace falta poner los bafles a toda pastilla, que en las casas de alrededor hay niños, ancianos, enfermos y curritos que al día siguiente tienen que trabajar, y que se cena mejor con una música agradable de fondo que no entorpezca las conversaciones con los amigos.
Y que nadie se atreva a llamarme aguafiestas o mal alicantino. En mi ya larga vida sólo me he perdido tres "cremàs": dos porque estaba en Ifni haciendo la mili, y otra porque estaba en Madrid haciendo oposiciones. Aparte de esas no he faltado a ninguna, y he podido observar el progresivo deterioro de la convivencia por culpa de los ruidos y la suciedad, así como el peligroso incremento de las amenazas a la salud, a causa de los materiales que se utilizan en los monumentos. Y porque amo nuestra fiesta, precisamente porque la amo y quiero que sobreviva, me planteo esta crítica constructiva, que me temo no será oída por los presuntos "amantes de les Fogueres" que administran esta locura que cada vez dura más días y se hace más insoportable. No hay más que ver una estadística de la cantidad de alicantinos que se marchan fuera en estos días. Treinta mil personas, como mucho, no pueden amargarle la vida a trescientas mil. Y si no llevamos cuidado, un día ganará las elecciones municipales el partido en cuyo programa figure la erradicación de les Fogueres. Que, no nos engañemos, igual que surgieron de la nada en 1928, por inspiración de un gaditano, pueden desaparecer por el hartazgo de muchos alicantinos.
Con lo poco que costaría regular este asunto a gusto de todos.

Miguel Ángel Pérez Oca es escritor.

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