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Redes enredadas

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Espero no pertenecer a ellas. A lo mejor soy capaz de sucumbir ante tanto mensaje "añadidor". Son tantas las personas que solicitan incorporarme a su red social, que tengo que empezar a cuestionármelo.

Espero no pertenecer a ellas. A lo mejor soy capaz de sucumbir ante tanto mensaje "añadidor". Son tantas las personas que solicitan incorporarme a su red social, que tengo que empezar a cuestionármelo. O seguir siendo un ser asocial y poco enredador. Bueno, enredador soy bastante, pero pertenecer a facebook, twenty, messenger varios, no me apetece.
Corren tiempos de relaciones sociales cibernéticas. Donde la gente, incapaz de salir a la calle a ver la cruda realidad de la vida, prefiere quedarse amodorrado a un sillón, pegado a una pantalla. Es más fácil, más aséptico y más mentiroso. Lo jodido es plantarse en la calle y respirar dureza, miseria y grandeza. En definitiva, absorber todos esos efluvios personales que nos hacen crecer, o decrecer, como personas. La vida es tan bonita como cruel y dura. Y nosotros, con nuestras herramientas de supervivencia, ahora informáticas, pretendemos llevarlas con resignación y poco sufrimiento.
Está bien esto de las redes. Mi incomodidad a pertenecer a ellas parte de la premisa, absolutamente egoísta, de que yo no circule por la red abierta e impunemente cual muñeco de trapo. No me interesa el exhibicionismo, de momento. No quiero relacionarme con gente, aunque sean mis amigos, por medio de una red global y globalizada, a la que todo el mundo acceda. No me interesa chatear. Necesito escuchar a la persona. O escribirle una carta, larga y compleja. Estas relaciones "lights", basadas en la inmediatez y la prisa, me agobian y me desgastan inútilmente. Soy raro, pero no quiero cambiar.
En mis años mozos, salíamos a la calle con nuestro bocata de nocilla y la bolsa de canicas o el balón, que era un lujo del barrio. Te quedaba enredarte en la red callejera o ser el lelo del barrio. Tú te quedabas en casa y la gente del barrio preguntaba si estabas enfermo o no tenías amigos. Corrías hacia el "descampao" donde las pachangas futboleras se organizaban en torno a los que llegaban. Tenías que llegar de los primeros, a no ser que fueses Iñesta, que entonces elegía equipo. La calle, con sus canicas, fútbol, lima, o peleas de niñatos, era la forma de establecer tu red social. A buena hora a alguien le iba a gustar quedarse en casa a poner fotitos en facebook con lo de bien que se lo pasaba uno entre el fango.
Bien es cierto que no existían ni los ordenadores, pero las relaciones sociales se producían. Se resquebrajaban y se recomponían, no a golpe de teclado ni ratón, sino de complicidades que eran muy primitivas, pero a la vez muy reconfortantes. Era la vida misma. Las lealtades y deslealtades te formaban en el arte de la supervivencia. La calle, esa red social tan perfecta como la naturaleza misma, recomponía todas y cada una de nuestras grandezas y de nuestras miserias. Y tu red era la pandilla. Tan frágil que salías y entrabas en ella sin saberel porqué. Sí o sí.
Yo sé que el mundo es de los que vienen. Y que los que vienen quieren enredarse en este discurso cibernético de relaciones virtuales. También sé lo que me pierdo. Pero he hecho balance. Mi incomodidad a pertenecer a ellas me interesa. Sé que lo que me pierda es tan poco, que gano perdiendo. Demasiado claro y evidente es todo en ese mundo de la red. Pienso si un día no vendrá la tarántula y se comerá a todos los que están hoy colgados de esa maraña de plataformas digitales y de cubículos. No me encontrarán en esa telaraña. Sólo el correo electrónico me tiene enganchado, más el teléfono móvil, del que soy esclavo. Y si quieren que les diga la verdad, tanta esclavitud, no elegida, me produce tensión. Por eso, intento no enredarme más. Espero conseguirlo.
Post scriptum: hay una red que me gustaría formar. La plataforma para que el Pinteño salga a la calle. Ángeles Cáceres, el viernes, escribió lo que yo habría escrito desde principio a fin. Si hablamos de chorizos, búsquelos cerca que los tiene. Pero la sinrazón de un sistema carcelario que no tiene piedad por los que ya han pagado, no me interesa. Hay tiempo para perdonar y ser perdonado. Jurídicamente. Judicialmente. Personalmente. Pinteño a la calle, ya.

Francisco Sánchez es profesor universitario de Administración y Dirección de Empresas.

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