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Ahí va mi firma, Pinteño

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ÁNGELES CÁCERES Los hijos del Pinteño andan pidiendo firmas para la excarcelación de su padre, preso hace más de treinta años, y parece que ya han recogido 6.000. Desde aquí manifiesto mi adhesión a la causa de la libertad de ese hombre, ya casi convertido en una piedra más de cualquiera de las cárceles en las que ha estado, y sigue estando, preso. Voces muchísimo más autorizadas que la mía (por ejemplo, la de Luis Segovia), ya se han manifestado en el mismo sentido, por algo será.
Los hijos del Pinteño dicen que los recuerdos más antiguos que tienen de su padre son los del cristal que les impedía abrazarlo en las cabinas de Comunicaciones o, si acaso y siempre que no estuviera cumpliendo sanción, los brevísimos encuentros de la sala de vis a vis familiar cerrada a cal y canto, burbuja espesa de amarguras en la que no penetra el aire de la libertad. Nadie se rasgue las vestiduras porque alguno de ellos haya ido a dar con sus huesos en el trullo alguna vez, las familias desmochadas de padre es lo que tienen: mucho desamparo y una pena grande que a veces se intenta arropar con la farlopa, el caballo y demás colegas chungos. Nadie se rasgue las vestiduras porque un hijo de preso haya acabado compartiendo chabolo con su padre; más delito será, un suponer, mangarle los dineros a unas monjas teniendo familia admirable y sin penuria ninguna, siendo señorito de posibles y político de altos vuelos, y casos se han dado. Lo cual que dentro del talego (lo mismo que fuera) siempre hubo clases, y los señoritos tardan en entrar, cumplen mayormente en Enfermería aunque estén sanos y salen en bola antes que nadie.
Los hijos del Pinteño creen que su viejo ya ha pagado con creces sus errores y se ha ganado a pulso la calle: yo también lo creo. Y hablan de represalias por episodios poco edificantes, de esos que nunca saltan a la opinión pública porque suceden de muros adentro y la información que sale fuera suelen proporcionarla, como es lógico, los que ostentan el poder. Y en eso también les creo porque conozco por dentro la cárcel desde hace más de un cuarto de siglo, y el Pinteño ya estaba allí. Por eso sé con conocimiento de causa que no está pagando sus atracos sino el haber sido un líder, o sea, un kíe. El Pinteño está pagando el motín de Fontcalent, en el que tomó partido por sus colegas y no por los funcionarios. Está pagando el haber sido legal con los suyos, el no haberse arrugado, el mantenerse firme en su actitud de compañerismo hasta las últimas consecuencias. Y a mí, eso, lo siento pero no me produce rechazo sino lo contrario.
Supongo que porque sé muy bien la diferencia sustancial que existe entre un chota y un kíe. Sé que un preso servil y chivato que vende a su gente para ganarse a los funcionarios y conseguir beneficios propios, te venderá a ti en cuanto le convenga. Lo mismo que sé que si con un kíe tú eres legal y vas de frente él te pagará con la misma moneda, aunque hacerlo le cueste una conducción al Puerto de Santa María o un aumento de condena. Y lo sé porque lo he vivido en varias ocasiones. Por citar una, cuando a mí una mayoría de funcionarios me empapeló en un juzgado, pidiéndome siete años de prisión y cuarenta millones de pelas de los años 80 por denunciar en prensa desafueros de intramuros, los kíes de media España reaccionaron en bloque desde sus distintas prisiones dispuestos a declarar en mi defensa. Y tan dispuestos los vio el juez que sobreyó la causa, no fuera a ser que si seguía adelante salieran a la luz demasiadas cosas que era más conveniente seguir manteniendo ocultas.
Los hijos del Pinteño, en fin, han tenido las agallas de denunciar públicamente algunas de esas cosas internas, harto incómodas para el poder, que es más políticamente correcto, y sobre todo menos arriesgado, silenciar. Y a mí esa valentía me gusta. Por lo que yo, que disfruto de la credibilidad de los "no delincuentes" porque de momento no he estado presa, aunque nunca se sabe y con mis modos de escritura menos, confirmo que esas historias turbias que ellos cuentan, y otras por el orden, a veces pasan. Y que los hombres calificados como "delincuentes de alta peligrosidad" en las páginas de los periódicos son, con mayor frecuencia de lo que la gente imagina, personas que cometieron errores en su vida, sí, pero también tíos legales en los que se puede confiar a muerte porque si tienen que jugarse la piel por ti, se la juegan sin pensárselo dos veces.

A lo mejor por eso conservo amigos del alma, hoy libres, a los que conocí de presos con una pila de atracos en su expediente. A lo mejor por eso acompañé a otros atracadores en el hospital hasta sus últimos momentos, cuando agonizaban de sida sin que en la cárcel les concedieran el artículo 60 para poder morir en libertad, aunque no tenían delitos de sangre ni violaciones, como dicen los hijos del Pinteño. Pero se habían atrevido a entrar a saco contra lo más sagrado de nuestra sociedad: el dinero. Y para eso no hay perdón que valga. Porque en este país nuestro, los beneficios penitenciarios y las reducciones de condena son para los presos buenos, que aunque sean asesinos de criaturas o hayan matado a palos a la parienta, dentro se portan como Dios y los funcionarios mandan, sin meter bulla ni levantar la voz.
Y qué quieren que les diga: puestos a escoger, entre un corrupto cobarde que va por el mundo fardando de honrado, y un atraca que se la juega en los bancos que se hacen de oro embargándole sus pisos a los pobres, yo me fío más del atraca. Por eso desde aquí les digo a los hijos del Pinteño que si no les aceptan como válida mi firma en prensa pidiendo la excarcelación de su padre, vengan cuando quieran a mi casa y se la estampo sobre el papel de puño y letra. Y ya de paso nos hacemos unos carajillos y echamos una charraeta sobre las cosas que pasan en las cárceles, que de eso sabemos un rato. Ellos más, pero servidora algo también.

hey there