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En el castillo de San Fernando con Alicante Vivo

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Hay veces que en las ciudades ocurren pequeños milagros. Incluso en Alicante sucede. Son hechos suaves que nadie sabe si acabarán reflejándose en un tomo de historia, pero que, seguro, encontrarán acomodo agradecido en las mentes y en las emociones de buenos ciudadanos.

MANUEL ALCARAZ RAMOS Porque siguen alentando la confianza en el altruismo, en la existencia de gentes enamoradas de sus raíces porque en ellas encuentran fuentes de convivencia. Uno de esos milagros, aquí y ahora, se llama Alicante Vivo, asociación cultural y blog que colecciona, con perseverancia y lucidez, imágenes de lo que nos quitaron, noticia de sensaciones que no podremos recuperar, voces que se dirían perdidas, nombres de los que se fueron. Pero no lo hacen sólo ni principalmente para animar y alimentar esa nostalgia que nos es tan conocida en un Alicante en el que se nos invita constantemente a una añoranza que no puede ser placentera, porque es castigo por no haber sabido mantener lo que nos daba identidad colectiva. No, no se trata de recrearse en esas galas mortuorias.
Para Alicante Vivo su tesoro es una inversión de futuro. Como si en cada gesto recordatorio nos avisaran de lo no que debió ocurrir y no puede volver a ocurrir. Creo que hay ahí, latiendo, una línea correcta: en la defensa del patrimonio ultrajado no podemos seguir reaccionando a última hora, con el decreto firmado y la piqueta afilada. No podemos seguir confiando sólo en que algunos -cada vez menos- técnicos comprometidos alerten en víspera de destrucción. Lo que Alicante Vivo hace es otra cosa: prepara el camino para una conciencia amplia, para el surgimiento de mayorías ciudadanas que, simplemente, sean sensibles y amen de verdad a su tierra, para que no consientan, para que defiendan vitalmente un legado que debemos custodiar y transmitir. La memoria, así, pasa de ser cosa del pasado para convertirse en la materia del futuro.
Hace unos días Alicante Vivo organizó un acto reivindicativo y memorial en el castillo de San Fernando, ante el decapitado monumento de aquel alicantino ejemplar que fue el doctor Rico. Allí estuvimos con un no sé qué de pena atravesada, viendo tanto destrozo en ese rincón excepcional, abandonado, sucio y decrépito a las puertas mismas de nuestro centro urbano. Se nos aportó historia y se hizo un homenaje al mentado doctor y, también, al sargento Pomares de la Policía Local: aquel sargento Moquillo que aún recordamos humanizando con su desparpajo el árido discurrir de personas y máquinas. Como a tantos otros, no hemos sabido hacer justicia a ese hombre bueno y humilde. El concejal de Cultura anunció la restauración del monumento al humanitario médico. Parece que va a ser pronto.
Pero sería necesario recuperar integralmente el parque, un lugar en el que tantas veces subimos al camión de bomberos, en el que miles de niños y niñas navegaron por el vértigo humilde de sus toboganes, en el que otros dieron a pedales en ese parque en el que el buen sargento quiso dar lecciones de buen tránsito y mejor educación y que hoy es simple rastro de una arqueología insana de agrietado asfalto y cemento carcomido. Doy en pensar en que la rehabilitación integral de ese espacio, sin inventos de hormigón y sin prosapias innecesarias, debería ser muy barato y muy agradecido por muchos. Es indigno que esa parte baja del castillo de San Fernando -no hablo ahora de mayores metas- haya acabado siendo el mayor monumento a la desidia que nos ha arrasado durante varios lustros. Quizá ese haya sido un mal fundamental, porque ha predispuesto a la dimisión de la ciudadanía y allanado el camino a negociantes que se lucraron con la anulación de la amabilidad y cohesión social que nos era propia, y que aquí, en este lugar de juegos o de apacibles meriendas, encontró otrora su emblema.
Es bueno rememorarlo hoy, un día de Pascua, porque éste era territorio propicio a "la mona" y sus circunstancias, que tampoco estaría de más recuperar algunos juegos que no caben en ninguna "play station". Hoy los centros comerciales sustituyen las plazas públicas como lugar gratuito y compartido de sociabilidad y encuentro. No me traicionaré y no haré ahora discurso que se tiña de melancolía. Porque a lo mejor también hemos ganado otras cosas. Pero sí que sé que no pude evitar, en esa mañana de convocatoria a la reflexión y al recuerdo, buscar con anhelo algo, algo que me devolviera el diálogo entre el niño que fui y este fantasma en mitad de la ciudad rabiosa. Lo encontré: allí siguen, más altos, los pinos. Y su olor. Aún su olor me dio cobijo.
Ya ve usted. Por ese aroma, que no viaja por Internet, también debo dar gracias a los amigos de Alicante Vivo. Le propongo dos cosas: acérquese al castillo de San Fernando y aspire con cuidado. Y luego dése un baño de historia en http://www.alicantevivo.org. o

Manuel Alcaraz Ramos es profesor de Derecho Constitucional de la UA.

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