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Un paseo con Joserre Pérezgil

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EMILIO SOLER Hace unas semanas, pocas, nos reunimos un grupo de amigos en Biar para deleitarnos con unos soberbios gazpachos. Como siempre suele suceder, las presencias multiplicaron las previsiones y la comida más la bebida resultaron escasas amén de que la casa se nos quedara pequeña. A pesar de que la tarde, fría y lluviosa, no acompañaba para dar un paseo por el pueblo, Joserre y un servidor se animaron a salir de aquella atmósfera repleta de humo y calor debido, también, a las timbas de mus que espontáneamente se habían formado por doquier. Joserre había estado hacía bastantes años restaurando pinturas, que es lo suyo, en el pueblo de aquel estratégico castillo sarraceno que tantos meses le costó conquistar a Jaume I, y deseaba comprobar con sus propios ojos la maravilla en que se había convertido el lugar con el paso de los años.
La bajada por la calle de la Talega nos llevó hacia la plaza del Plátano, un más que centenario y colosal árbol orgullo de los biarenses. Cerca de allí, sometidos al viento que bajaba del Reconco y con los rostros salpicados por el agua-nieve que no dejaba de caer, surgió el tema de su padre, el pintor José Pérezgil. Creo que fui yo el que sacó a relucir su nombre cuando, contemplando la neblina que comenzaba a inundar el santuario de Nuestra Señora de Gracia, contrastamos la luminosidad que imprimía el pintor a sus lienzos con la bruma que inundaba Biar.
La pintura de Pérezgil, ya lo han dicho infinidad de veces los que entienden de esto, es una plasmación del sentido poético que el artista poseía, sobre todo, del paisaje. Un paisaje de hombres laboriosos, tantas veces recreado en sus lienzos, y sobre visiones de lugares que se convertirían en habituales en su paleta, como Calpe e Ifach, Benidorm, Guadalest, el barrio de Santa Cruz, las salinas, en aquellos pueblos de casas rabiosamente blancas, de almendros en flor, en la silueta del Moro. Pero también en sus retratos, en sus bodegones, en sus carteles de Hogueras o en su tauromaquia. Amigo y admirador de Paco Lozano, de Genaro Lahuerta, de Luis Arcas, de Benjamín Palencia o de Paco Baeza. Pero también de Gastón Castelló, de González Santana o de su favorito, Emilio Varela. Y es curioso que los paisajes de Pérezgil sean tan mediterráneos y tan llenos de colores resplandecientes, de luz radiante que se derrama por el lienzo. Porque en él, nacido en Caudete, ciudad albaceteña, algo había en su destino que le tenía preparada una vida intensa en Alicante, su ciudad adoptiva y en donde tantos merecidos reconocimientos recogió. Caudete fue un importante enclave musulmán en territorio manchego que fue conquistado para los cristianos por el rey Jaume I, aunque en virtud del Tratado de Almizra firmado en Camp de Mirra, bien cerca de Biar, la población pasó a los dominios de Alfonso X de Castilla. A comienzos del siglo XIV, volvió a la Corona de Aragón, donde permanecería cuatrocientos años. Recuerdo cuando en plena transición democrática muchos de sus habitantes repetían la consigna "Caudete, País Valenciá", rememorando viejos tiempos en que allí se hablaba el catalán de Valencia. Era evidente que el destino de Pérezgil estaba marcado por el color y el calor mediterráneos ya que de muy pequeño sus padres se trasladaron a vivir a Alicante y él, por voluntad propia aunque sin olvidar sus raíces, se convirtió en un alicantino más. Al ingresar en el instituto ubicado en la calle Ramales, se hizo patente la expresión de Max Aub cuando afirmaba, y él lo sabía bien porque había nacido en París pero se sentía valenciano, "que no se es de donde se nace sino de donde se hace el bachillerato".
Conforme nos íbamos acercando a la bella iglesia gótico-renacentista de Biar y al salón de plenos del Ayuntamiento donde Joserre había recuperado unos interesantes frescos de comienzos del XVIII, le surgían recuerdos de su padre: amigo de sus amigos; persona generosa; fabulador incansable de bellas historias con las que deleitaba a sus hijas en el entorno familiar de la calle Benito Pérez Galdós; su disciplina pictórica, acercándose y alejándose de los cuadros para comprobar el efecto de la penúltima pincelada; y, sobre todo, aquel "Nena Fina", que siempre le dedicaba a ella con todo el cariño de que era capaz. Se convertía, también, en un gran conversador, eso lo recuerdo perfectamente. Cuando yo trabajaba en la Conselleria de Cultura recibí más de una visita de José Pérezgil, siempre lleno de proyectos. En una de ellas, creo que la última vez que nos vimos, llegó con una bella sanguina del Panteón de Quijano cariñosamente dedicada. Hablamos de muchas cosas. De su amor por el Misteri, que yo compartía absolutamente. De la Guerra Civil que pasó en el frente del Ebro y en el que, vaya usted a saber, probablemente coincidiría con mi padre, que también estuvo por allí defendiendo los mismos ideales de juventud. Cuando nos despedimos, quedamos en que visitaría su nueva casa-estudio en Vistahermosa. Pero nunca lo hice y no lo volví a ver. Bien que lo sentí cuando falleció en 1998. Ahora, con la espléndida exposición "Set Motius", que el MUBAG acaba de inaugurar merced a los desvelos de María del Carmen y Joserre bajo la sabia dirección de Isabel Justo, Lucía González y Felipe Garín, he tenido ocasión de reencontrarme con José Pérezgil. Y ha sido un auténtico placer.

Emilio Soler es profesor de Historia Moderna de la UA.

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