14 de febrero de 2020
14.02.2020
Esperando a Godot

Los rojos no usaban sombrero

13.02.2020 | 22:25
Los rojos no usaban sombrero

Se cuenta que el propietario de una sombrerería del Madrid de la época de posguerra pergeñó para su negocio el ingenioso reclamo publicitario que rezaba: «Los rojos no usaban sombrero». Es harto evidente que en aquellos tiempos a nadie le apetecía parecer sospechoso de ser un «rojo», por lo que el reclamo no podía ser más atractivo para sus potenciales clientes.

No sé si el sombrerero la había visto o el eslogan era solo fruto de su imaginación, pero a mí la anécdota sí que me recuerda a una película de 1939, titulada Ninotchka. La trama de esta comedia, dirigida por Ernst Lubitsch, con guion del genial Billy Wilder, y protagonizada por Greta Garbo, narra la historia de la severa agente soviética Nina Ivanovna Yakushova, apodada Ninotchka, encargada de comprobar el progreso de tres afables camaradas, comisionados para vender unas joyas en París, expropiadas a una noble rusa durante la Revolución de 1917.

El cine no es otra cosa que una historia contada de una forma visual, por lo que los guionistas utilizan muchas veces elementos visuales que sinteticen, de una forma metafórica, el devenir de la trama ante nuestros ojos. En el caso de Ninotchka ese elemento es precisamente el relato de un sombrero en tres actos.

En el primero, Ninotchka ve un sombrero en un escaparate junto al Hotel Ritz. Para ella ese sombrero es el símbolo del capitalismo, por lo que, volviéndose hacia sus camaradas exclama: «¡Cómo puede sobrevivir una civilización que permite a sus mejores llevar eso sobre sus cabezas!».

Pero, la segunda vez que ve el sombrero, ya no hace ningún comentario, sino que se limita a emitir varios chasquidos con la lengua. Es obvio que el gesto aún denota cierta desaprobación, pero ya no es tan contundente y categórica como la primera vez.

A la tercera, una vez despojada de sus complejos bolcheviques, la escena nos muestra como abre un cajón, extrae de él el sombrero y se lo pone. La fuerza de la metáfora es absolutamente magistral. Lubitsch nos podía haber contado como la protagonista va abrazando poco a poco los principios del capitalismo, pero eso hubiera sido muy corriente. Él lo hace a través del sombrero, que todos identificamos inmediatamente con el sistema que al principio detestaba la soviética, pero que acaba abrazando.

Hoy en día, el uso del sombrero está tan poco extendido que ya no es signo distintivo de clase social o filiación política. Sin embargo, hay otra prenda que parece haberle tomado el relevo al sombrero en esa función: la corbata, prenda cuya historia se remonta a la Croacia del siglo XVII, cuando los oficiales de un regimiento de su ejército comenzaron a lucir unos pañuelos de colores anudados a sus cuellos.

Como la mayor parte de las modas, la de la corbata se extendió cuando fue aceptada en París, concretamente por Luis XIV, que fue quien adoptó la costumbre de anudarse al cuello esos bonitos pañuelos de colores. Quién le iba a decir al monarca que un siglo más tarde a su sucesor, Luis XVI, los «sans-culottes», que no se distinguían precisamente por su elegancia, iban a propiciar que el Rey no pudiera usar corbata nunca más.

En España, aunque por motivos menos radicales, afortunadamente, llevar corbata también está cayendo en desuso. Cada vez es más frecuente ver, por ejemplo, a los políticos sin ella. La moda, en este caso, no viene de París, sino del que fue Ministro de Industria con Zapatero, Miguel Sebastián, quien promovió su abandono en aras de un supuesto ahorro energético en aire acondicionado que, por desgracia, no nos salvó de la crisis que se cernía pero no se reconocía, en aquellos tiempos en los que íbamos a ingresar en la «Champions League» de las economías europeas.

A mí, llámenme antiguo si quieren, me gusta el uso de la corbata en determinados ámbitos, como el Congreso de los Diputados o el Salón de Plenos del Ayuntamiento, aunque reconozco que quien no comparta este gusto está en su perfecto derecho de vestir como le plazca, con el decoro debido como único límite.

No obstante, para serles franco (si aún no se ha prohibido esta palabra en su acepción de «sincero y leal en su trato») yo últimamente uso poco la corbata porque noto que la gente me mira de una forma extraña. De hecho, visto los tiempos que corren, ya he buceado en Amazon, a ver si encuentro un buen gorro frigio o, en su defecto, una barretina.

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