07 de enero de 2020
07.01.2020
Opinión

Comprúebalo por ti mismo

06.01.2020 | 20:01
Una imagen del corazón de Elche desde la basílica de Santa María.

Si la máxima alude a que las comparaciones son odiosas, las comprobaciones pueden resultarlo todavía más, máxime si refrendan la hipótesis de partida que promovió ambas. Pero a menudo, comparar representa el único verbo sostenible para reivindicar un espacio, una posición, un cambio, una renovación, un resurgimiento.

La publicación del censo de 2019 ha situado a Elche como la 19 ciudad española en orden de población, con 232.517 empadronados, adelantando a Granada y manteniéndose como el tercer municipio más habitado de la Comunidad, tras Valencia y Alicante y antecediendo a Castellón por más de 60 000 censados.

Esa radiografía demográfica apresurada determina, no obstante a ello, la magnitud de Elche en el conjunto nacional, la relevancia que tiene, per se, como ciudad populosa en los parámetros que sobre este concepto manejamos en España. Sin embargo, cuando analizamos la correlación población-inversión, cuando acudimos a compararnos entre similares es cuando tomamos conciencia de una más que notable desproporción en la ratio euros/ilicitano/a frente a las de nuestros aledaños demográficos y aún más allá.

Para fijar numéricamente lo anterior, recurramos a los presupuestos municipales, única vara de medir homogénea con la que sustentar un descontento popular que debiera manifestarse más sonoro. Cierto es que no solo de los ayuntamientos proceden las inversiones, que restan las aportaciones autonómicas, las provinciales, las privadas, incluso las europeas para acabar de medir el círculo de progreso, pero también estas partidas se dan en el resto de escenarios geográficos.

Por comenzar por la población a la que Elche ha superado en el censo en este 2019, cabe significar que mientras el presupuesto del ayuntamiento ilicitano se sitúa en torno a los 184 millones de euros, el de la capital nazarí asciende a los 250, un 35 por ciento, grosso modo, superior, con prácticamente el mismo número de almas. Pero es que A Coruña, con apenas 13.000 habitantes más dispone de 221 millones de municipalidad presupuestaria, por no mencionar los 417 del consistorio vitoriano, con alrededor de 20.000 habitantes más que Elche.

El rubor comparativo se incrementa cuando se observa que Oviedo, Jerez de la Frontera, Santa Cruz de Tenerife, por situar a algunos entes municipales no demasiados alejados del padrón de Elche, ejecutan presupuestos superiores, incluso notablemente superiores. Incluso Cartagena, parangonable con nuestra ciudad por su rol de segundo municipio más habitado también de su provincia, de la vecina Murcia, ha aprobado un presupuesto superior al ilicitano con casi 20.000 habitantes menos. Si hasta Castellón, con esos aludidos 60.000 censados diferenciales en favor de Elche, se mueve en un monto final similar al nuestro.

Más allá de las cifras presupuestarias locales, tampoco esas mencionadas inversiones supramunicipales parecen tener parada en Elche, sojuzgada por su no capitalidad provincial en detrimento de aquella y por una escasez de iniciativa histórica de sus gobernantes para reclamar lo que por fortaleza poblacional le corresponde.

Ciertamente ha resultado odioso primero comparar y después comprobar que las suposiciones eran ciertas, que el olvido hacia nuestra localidad empieza por nosotros mismos, y nosotros, por las circunstancias democráticas que nos regulan, acabamos siendo nuestros representantes políticos, en este caso los municipales.

Sonroja que nuestros capitoste munícipes utilicen los datos demográficos para presumir de progreso, de asentamiento, de buen gobierno, cuando lo único que procura este incremento es una devaluación de la riqueza per cápita, una profundización de la ya excesivamente duradera depauperación de un Elche que comprueba que su desaceleración económica no tiene visos de ser revertida. Las grandilocuencias discursivas solo son aceptables cuando se ven refrendadas con hechos y el futuro no parece predispuesto a adoptar a Elche como uno de sus hijos predilectos, pese a la persistencia de los políticos locales, sometidos tanto por los autonómicos como por los nacionales, en manifestar, solo manifestar, lo contrario.

Habrá que intervenir desde otros ángulos, desde otras coordenadas para muscular, reverdecer y dinamizar un Elche que se marchita de inanición y que solo es nutre de una inercia que no resulta suficiente en estos tiempos donde las vanguardias viajan a velocidades exponenciales. Y cuando la política no presta el caballaje suficiente para encarar el mañana debe ser la sociedad civil organizada quien asuma ese rol de cooperador necesario para que Elche no se desangre de ostracismo.

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