12 de noviembre de 2019
12.11.2019

Ser pobre o ser deudor

12.11.2019 | 00:18
Ser pobre o ser deudor

Muchas de las crisis económicas que han asolado los países se han producido, precisamente, por la incontinencia de suscribir deuda por parte de los ciudadanos hasta límites superiores a los que estos podían aguantar en sus economías

No sé si recordarán ustedes el famoso anuncio que, recientemente, lanzó en los medios de comunicación la Dirección General de Tráfico en la que se preguntaba en el mismo a quien lo veía si en un accidente quién querría ser, el muerto o el autor del accidente que había acabado con la vida de una persona. Egoístamente muchas personas seguro que cuando vieron el anuncio pensarían que optaban por ser el autor del accidente, pese a las consecuencias personales que ello les llevaría. Pero, evidentemente, la pregunta estaba hecha con trampa y dirigida a que los ciudadanos asuman el riesgo que se deriva de sus imprudencias, al causar la muerte de personas inocentes.

En una similar dirección, ahora podríamos hacernos la pregunta respecto a si en la vida prefieres ser deudor de altas cantidades de dinero, o vivir con lo que uno tiene y con lo que uno está en disposición de poder pagar.

Por ello, resultaría curioso saber la posición en que nos situaríamos en la vida cuando nos preguntaran si ante la opción de posicionarnos en el lugar de ser pobre o ser deudor con cuál de las dos nos quedaríamos. Y es que muchas de las crisis económicas que han asolado los países se han producido, precisamente, por la incontinencia de suscribir deuda por parte de los ciudadanos hasta límites superiores a los que estos podían aguantar en sus economías.

De esta manera, muchos ciudadanos han ido acumulando deuda mientras que se les ha ido dejando y, así, se ha producido un fuerte endeudamiento de la población que ha llevado a límites tan drásticos que ha provocado que muchas personas se sintieran incapaces de hacer frente a la posibilidad de pagar sus deudas.

Sin embargo, otras personas optan por ser más prudentes y cautos en su gasto y en su capacidad de endeudamiento, y prefieren vivir con lo que saben que pueden pagar, y no contraer el riesgo de asumir una deuda que les puede dificultar el desarrollo de su vida.

En este escenario, la cuestión de ser pobre o ser deudor es una duda que siempre ha asolado la mente de los ciudadanos, sobre todo, por la fuerte presión de la publicidad de carácter consumista que nos ha determinado a ansiar tener bienes de todo tipo y comprar todo aquello que nos inunda la publicidad y, sobre todo, tener una fuerte necesidad por equipararnos aquellos bienes que poseen los demás.

Esta circunstancia de anhelar lo que otros tienen es lo que, en muchos casos, ha provocado este endeudamiento de muchos ciudadanos en sus casas y sus familias, al suscribir préstamos cuando su capacidad de devolución iba resultar difícil, aunque tuvieran una nómina, pero con poca posibilidad de devolver el dinero ante el cúmulo de deuda contraída hasta con diferentes bancos para distribuir el débito.

Porque al final, no es tanto la posibilidad de devolverlo, sino la situación en que la economía de una familia puede quedarse cuando la suscripción de deuda es tan alta que supera el porcentaje con el que una familia necesita para vivir cada mes. Y, a veces, no es tanto ser pobre sino ajustarnos a las posibilidades que nuestra capacidad económica nos depara y nos permite, en lugar de contraer una deuda para adquisición de bienes que posiblemente no sean tan necesarios para subsistir.

Porque si la deuda se contrae para cuestiones no necesarias, estamos poniendo en riesgo la situación y posición de las familias que asumen deuda por encima de lo que pueden pagar. Desde luego, el dilema no es fácil, porque la publicidad consumista nos lleva a anhelar todo lo que vemos que otras personas tienen y lo queremos también para nosotros, aun cuando sepamos que no está en nuestras capacidades conseguirlo. Pero esa fuerte necesidad de querer ser como el otro, como el vecino, para tener un buen coche, una buena casa, buena ropa y una buena posición nos lleva a querer ser como el amigo, o como el vecino, pero que, posiblemente, tengan una mejor posición económica y puedan hacer frente mejor al pago de esa deuda. O, a lo mejor, no pueden hacerlo, pero han contraído la deuda también por encima de sus posibilidades.

Con esta forma de actuar, al final, lo que estamos haciendo es equipararnos no a la capacidad económica del vecino, sino al error que éste comete también con la asunción de deuda por encima de sus posibilidades. Ello nos sitúa y nos ubica en un círculo cerrado en donde si el mayor número de gente se endeuda por encima de sus posibilidades el sobre endeudamiento acaba afectando no solamente a los a los individuos sino también a la sociedad en general, que es lo que ha dado lugar en muchos casos fuertes e importantes crisis económicas.

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