12 de noviembre de 2019
12.11.2019

Lo que nos merecemos

12.11.2019 | 00:18
Lo que nos merecemos

La política de hoy es todo menos actividad que anteponga a todo los intereses y necesidades de la ciudadanía. El centro de los debates, de los actos, de las estrategias es siempre la obtención del poder, el juego de ambiciones de cada formación, las aspiraciones de cada cual y es eso, además, lo que parece interesar por encima de otras cosas a los medios de comunicación, a los llamados politólogos, a los comentaristas y creadores de opinión. Poco o nada se habla de la vida cotidiana, de los problemas comunes, de sus soluciones, pues las respuestas que se ofrecen a la realidad son aquellas que sirven para captar el voto de los más cercanos a la ideología vendida, que poco practicada, por cada grupo.

Hemos vuelto a votar porque los partidos, demasiados, no alcanzaron acuerdos básicos y optaron por anteponer sus deseos y aspiraciones a las comunes. Y hoy, tras las elecciones celebradas, se presenta un panorama oscuro que anuncia un nuevo desgarrón en la confianza en un sistema, la democracia, maltratado por los partidos que no acaban de comprender que no son el centro, sino un mero instrumento de participación política, que son los ciudadanos lo importante, no sus pugnas por los cargos y el poder, que la democracia no es una oligarquía dominada por unos pocos, los líderes de las diversas formaciones que actúan como dictadores y no como lo que deberían ser en un país moderado con las cosas claras.

El ejemplo más claro de lo que sucede y de lo que la ciudadanía, a pesar de su fragmentación, percibe, ha sido el fracaso rotundo de Cs. Perderlo todo es un golpe duro que revela que la conducta de su Rivera ha sido reprobada por quienes esperaban una orientación hacia la moderación que frustró la ambición incontrolada de quien debe renunciar a seguir en política. Es Rivera el paradigma de los defectos de la democracia mal entendida, subordinada a la codicia insana. Pudo generar tranquilidad pero, cegado, optó por el caos y elevó su ego sobre sus obligaciones incluso éticas. El precio es inevitable, aunque muy inferior al que pagaremos los demás.

No voy a hacer un análisis electoral de unos resultados que todos conocemos y que aventuran un futuro incierto habida cuenta la radicalidad de los distintos partidos y las escasas posibilidades de que lleguen a acuerdos. Cuando se constituyen tantos partidos entre los que existen más afinidades que diferencias, estas últimas deben ser extremadas para mantener una identidad propia. Pactar sería perder la individualidad y la razón misma de existir. Porque esa es la cuestión. En la izquierda, PSOE, Podemos y Compromís, aunque con diferencias, tienen en común más que lo que les diferencia y es la diferencia la que, día a día, se encargan de publicitar desde cada posición para, en un intento a veces patético, aparecer como representante de algo que justifica un partido propio, no sólo las aspiraciones de sus miembros, camaradas o compañeros.

En la derecha, excluido Cs, cuyo comportamiento próximo está solo al alcance de los muy doctos en ciencias ocultas, PP y VOX podrían constituir una sola formación, como siempre sucedió, de modo que ciertas reivindicaciones de este último, en exceso dramatizadas para consumo público, quedarían en su lugar oportuno, el que corresponde a un partido que puede integrar al centro derecha y a la derecha.

Sucede, sin embargo, como digo, que lo que representa el modelo vigente es el imperio de los partidos por encima de todas las cosas, sin que la ciudadanía represente algo más que el destinatario de los productos elaborados por asesores áulicos en estas lides. Todo prefabricado e ideado para calar en las mentes y las ánimas con mensajes tan elementales, como impactantes.

La coherencia brilla por su ausencia y veremos caer promesas y vender barata la honra y la palabra. Porque, si hace unos días no era posible el acuerdo por razones profundas e incompatibilidades derivadas de lo más sagrado, que ahora, de repente, caigan los reparos y el ayuntamiento sea no sólo posible, sino sano para el bien común, merecerá alguna explicación que impida pensar que todo fue y es mentira. Y es que, siendo lo esencial el poder, la política en mayúsculas no importa, de modo que los rasgos definitorios de cada cual, extremados en campaña, caen como fruta madura cuando se huele el cargo y la prebenda, razón última de todos los allegados y llamados a esto de la cosa pública.

De todas formas, la verdad es que no hay verdad alguna que perviva y que, seamos sinceros, tenemos lo que nos merecemos. Los elegidos no lo son por un designio superior o por generación espontánea. Lo son por los votantes de hoy, menos rigurosos que los de otros tiempos que preferían la estabilidad y gustaban menos de la diversidad festiva. No quiero imaginar que en 1977 los españoles hubieran votado por los centenares de candidaturas que se presentaron, tan ingeniosas y dignas en su apariencia y exclusividad como las de ahora. Tal vez falta un poco de sensatez porque, repito, tenemos lo que nos merecemos. Lo que votamos.

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