18 de octubre de 2019
18.10.2019
Esperando a Godot

Cementiri de Sinera

17.10.2019 | 23:19
Cementiri de Sinera

El pasado lunes INFORMACIÓN se hacía eco de la concentración que se había producido en Elche, en la Plaça de Baix exactamente, tras conocerse la sentencia mediante la que el Tribunal Supremo ha condenado a diversas penas de prisión, inhabilitación y multas, a los políticos catalanes, presos convictos ahora, que protagonizaron los lamentables hechos que todos conocemos y que acaecieron en la Comunidad Autónoma de Cataluña entre septiembre y octubre del año 2017.

Según el cuerpo de la noticia, fueron unas sesenta personas las que se congregaron, convocados por Acció Cultural del País Valencià para (sic) «mostrar públicamente su rechazo a la sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes catalanes del llamado procés»; terminaba la noticia con unas manifestaciones de la entidad catalanista, que opera gracias a las generosas subvenciones de muchas administraciones públicas, en las que sus responsables afirmaban que «el juicio ha demostrado sobradamente que los presos no han cometido ningún delito, y que las acusaciones de rebelión y sedición no tienen ninguna base, por lo que entienden que la sentencia debía haber sido absolutoria».

Debo reconocer que mi primera reacción a esta noticia fue de desazón, pues me causó cierta zozobra el hecho de que, en mi propia ciudad y en un lugar simbólico, donde tantas veces nos reunimos los ilicitanos para reivindicar cuestiones que concitan el consenso social, haya personas capaces de manifestarse públicamente en defensa de delincuentes condenados por graves delitos. Imagino que a esas mismas personas les habría causado el mismo desasosiego que a mí si unos manifestantes hubieran salido a defender a políticos condenados por casos de corrupción, como Gürtel o el caso de los ERE o, por qué no decirlo, si cualquier grupúsculo extremista hubiera salido en su día a defender a los golpistas del 23F.

Sin embargo, una reflexión más serena me movió a pensar de una forma diametralmente opuesta; el hecho de que estas personas se manifestaran en el sentido que lo hicieron es la constatación más patente de que sus postulados están condenados al fracaso, puesto que nuestra democracia es tan fuerte y tan plena que consiente que incluso aquéllos que quieren acabar con ella se puedan expresar en la calle con total libertad. En esta ocasión estoy de acuerdo con la frase que erróneamente se atribuye a Voltaire, pero que en realidad es de su biógrafa, la británica Evelyn Beatrice Hall, que dice así: «No estoy de acuerdo con lo que usted me dice, pero haré todo lo posible para que usted lo pueda decir».

Lo que sí debo alabar de los señores de Acció Cultural del País Valencià, si me permiten la ironía, es la velocidad con la que son capaces de leer, comprender y analizar una sentencia judicial de cientos de folios, sentencia que, a la hora en que ellos desplegaban su pancarta en la Plaça de Baix, juristas de reconocido prestigio aún no se atrevían a valorar, por no haber tenido la ocasión de hacerlo con la mesura que un texto legal, emanado de una instrucción y de un proceso judicial tan largo y farragoso como este merece. Debo alabar eso y, dejando ahora la ironía al margen, que la concentración fuera totalmente pacífica.

Afortunadamente, nada que ver con los lamentables hechos que se han producido en Cataluña esta semana, especialmente el intento de colapsar el tráfico aéreo en el aeropuerto de Barcelona. Es obvio que el derecho de manifestación no puede entrar en colisión con otros derechos que asisten a los ciudadanos, como el de libre circulación, y que el hecho de poner en riesgo el funcionamiento de un aeropuerto y, con ello, el de la propia seguridad del tráfico aéreo, es un grave delito que puede y debe ser perseguido. Sé que puede resultar políticamente incorrecto, pero hay casos, como éste, en el que el Estado puede y debe utilizar lo que Max Weber llamó su «monopolio de la violencia». Ahora mismo la violencia la están ejerciendo un grupo de personas contra todos los demás ciudadanos; eso es lo que no se puede permitir puesto que la diferencia entre un grupo criminal que usa la violencia y el Estado deber ser que ese grupo criminal no pueda reclamar con éxito el monopolio de su uso, mientras que el Estado sí puede hacerlo.

Cuán diferentes serían las cosas si en lugar de buscar siempre lo que nos separa, persiguiéramos lo que nos une, como la literatura por ejemplo. La literatura escrita en cualquier lengua y, si es posible, leída en su versión original. De modo que me gustaría dejarles con un poema del gran Salvador Espriu, de los treinta que aparecen en Cementiri de Sinera:

Quina petita pàtria
encercla el cementiri!
Aquesta mar, Sinera,
turons de pins i vinya,
pols de rials. No estimo
res més, excepte l'ombra
viatgera d'un núvol.
El lent record
dels dies
que són passats per sempre.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook