12 de septiembre de 2019
12.09.2019

Todo lo que quería saber sobre el relato y nunca se atrevió a preguntar

11.09.2019 | 23:54
Todo lo que quería saber sobre el relato y nunca se atrevió a preguntar

Resulta imposible ver la tele, escuchar la radio o leer un periódico sin encontrarse con esta puñetera palabra. El relato es la última incorporación a la jerga política y en ese extraño universo paralelo en el que viven los políticos y los tertulianos uno no es nadie si no repite una docena de veces por minuto este vocablo incomprensible y cargado de pedantería. Estamos ante un caso arrollador de éxito gramatical; en unos pocos meses la palabreja se ha hecho un sitio de honor en el ranking de tópicos vacíos con el que la flor y nata de la intelectualidad nos explica cada mañana la actualidad del país.

La primera pregunta es inevitable: ¿qué demonios es eso del relato? No es fácil responder a este interrogante. Estamos ante un concepto etéreo con un alto contenido teatral: el relato consiste básicamente en aparentar, en que un político haga gestos para inducir a la gente a tener una determinada opinión sobre su figura o sobre las intenciones de su partido. Si pasamos al lenguaje normal de los seres humanos, la palabra se podría sustituir por algunos sinónimos castizos como: tirarse el rollo, soltar un cuento chino o vender la burra.

En segundo lugar, habría que plantearse otra cuestión importante: ¿para qué sirve esa cosa tan rara del relato? Aquí, la respuesta es clara. Gracias a este difuso palabro hay políticos y politólogos que se ganan cojonudamente la vida. Montar relatos políticos o hablar sobre ellos se han convertido en profesiones de éxito, que garantizan a sus practicantes una notable relevancia pública y unos ingresos económicos respetables. En estos momentos en este país, no hay partido ni tertulia televisiva que no disponga de su correspondiente plantilla de especialistas en el relato.

Para acabar este breve cuestionario, habría que hacerse una tercera pregunta fundamental: ¿para el ciudadano de a pie, esto del relato tiene alguna utilidad práctica? La respuesta es contundente y desoladora: no, el relato no sirve para nada; es un ejercicio gratuito de pirotecnia ideológica, que no tiene ni la más mínima repercusión sobre las vidas cotidianas de las personas. El relato es exactamente lo contrario de la gestión. Durante unos tiempos dichosos tuvimos políticos que hacían carreteras, construían hospitales o repartían ayudas sociales, ahora tenemos políticos que se dedican a jornada completa a montar buenas historias y a intentar que nos las creamos.

Llegados a este punto, hay que subrayar un dato preocupante: la epidemia del relato es absolutamente transversal y afecta por igual a todas las formaciones políticas del arco parlamentario. Aquejados por una compulsión literaria que para sí quisiera el mismísimo Stephen King, dirigentes de todos los partidos dedican todo su tiempo y todos sus esfuerzos a construir versiones interesadas de la realidad y a vendérnoslas poniendo a pleno rendimiento sus maquinarias propagandísticas. El PSOE de Pedro Sánchez intenta convencernos de que iremos a unas elecciones anticipadas por culpa de Podemos; los de Podemos acusan a los socialistas de impedir que el país tenga un gobierno progresista; Pablo Casado, a pesar de los desastres electorales del PP, recorre España ejerciendo de gran líder de la derecha y Ciudadanos rechaza el papel de bisagra que le han otorgado las elecciones y se postula como alternativa de gobierno, mientras los de Vox se envuelven en la bandera nacional tras autoconcederse el título de salvadores de la patria.

Y en ese incomprensible teatrillo llevamos metidos más de tres años. La España del relato es el fruto delirante de la profunda transformación de un mapa político en el que ha desaparecido el bipartidismo. La inseguridad generada por la nueva correlación de fuerzas ha hecho que los partidos se olviden de los intereses de los ciudadanos y que se centren en sus batallas particulares por conquistar parcelas de poder, totalmente ajenos a la realidad de la calle. Vivimos bajo el imperio de la táctica y los efectos negativos empiezan ya a notarse en un país que encara aterrorizado la llegada de una segunda crisis económica en medio del peor de los paisajes políticos posibles.

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