14 de agosto de 2019
14.08.2019

El último arquitecto de su ciudad

13.08.2019 | 23:48
El último arquitecto de su ciudad

Es ser ese arquitecto que ha podido y querido trabajar para la burguesía y clases medias, pero también en los barrios y las parroquias pequeñas, y también para las instituciones o para el privado

Hay hombres que son gigantes. Pocos. Y por su estatura, capaces de ver más lejos. Y por su fuerza descomunal, capaces de someterse a mayor esfuerzo, de resistir más. Y es cierto que ese mismo gran tamaño los hace torpes para según qué cosas, las menores, las que a veces están más cerca y pueden pasarles, por su gran altura, más desapercibidas. Pueden con un simple roce a veces dañarte; es el contrapunto de esa dimensión colosal. Pero es cierto también, lo sabemos, que cuando ponen la mirada lejos –y lo lejano siempre pertenece a todos–, y aplican hacia allí toda su determinación y su voluntad, alcanzan objetivos extraordinarios, que les trascienden, que transforman la realidad y crean el germen de una conciencia común que se derrama en beneficio de todos.

Ser «un arquitecto de tu ciudad», eso hubiésemos querido ser algunos de nosotros. Incluso el afamado pritzker español lo decía hace años en una entrevista entre viaje y viaje a muy lejos para conseguir encargos tan ajenos a su pueblo natal. Ser un arquitecto de tu ciudad es que ella no sea reconocible en aquellos que sean sus valores mejores como tal sin pasar por lo por ti hecho, por tus cuidados. Es trabajar en ella, pero por ella y para ella: del bordillo al plan general; sin distinción. Es haberla pensado entera y mejor: como franja estrecha y alargada entre el mar y la huerta, para no perder el contacto necesario entre sus calles y esas dos realidades físicas que informan su identidad. Es ser ese arquitecto que ha podido y querido trabajar para la burguesía y clases medias, pero también en los barrios y las parroquias pequeñas, y también para las instituciones o para el privado. Y que a todos ha ofrecido lo mismo: mesura, concreción, distinción no ostensible, discreta y elocuente elegancia, calidad y precisión, modernidad: nada que no pudiese seguir estando bien un siglo después. Parece una vida muy larga: 95 años; y lo ha sido. Pero una simple mirada al archivo de García Solera hace imposible explicarse que se haya podido producir tanto, tan bien y tan intenso en una vida que, ahí sí, se nos aparece como muy corta para tal ingente trabajo. No voy a enumerar sus obras, están ahí, en la calle, a la vista, maltrechas e incomprendidas algunas, pero muchas de ellas aún sin derrotar.

La arquitectura: «esa tierra labrada por el hombre para guarecerte de la tierra cuando tiembla». Así la definió nuestro Nobel de Literatura. La arquitectura, lo sabemos quienes la amamos, solo lo es de verdad si es casa. Si ampara y acoge. Si guarece. También la ciudad, como gran casa de todos. Y construir casa es cuidar y atender. Es hacer pensando a favor de todos; es construir sólido para hacer durar; es ser preciso para hacer posible; es ser exigente para hacer real; es ser atento para no dañar, es ser audaz para avanzar? es esos portales retranqueados ajardinados y ofrecidos al paseante que tanto le gustó diseñar; es el escalonado de las fachadas para el asoleo y la ventilación mejor; es la valentía técnica y la rotunda elegancia formal del Hotel Don Pancho original; es los niños corriendo, seguros y libres, en la concatenación de espacios ajardinados del Complejo Vistahermosa; es el esplendor espacial del IES Cavanilles (antes Escuela de Maestría Industrial); es la fusión de arquitectura y naturaleza del CESA; es el desparpajo alegre y moderno de El Lloc o el Las Vegas. Es recorrer España de taller en taller y elegir personalmente cada una de las piezas a comprar a los artistas mejores para el inicio de la Colección CAM (entonces Caja de Ahorros de Alicante y Murcia), es haberte ganado esa enorme confianza del cliente; es realizar toda la reforma y adaptación de los pabellones de la base aérea de Rabasa para nuestra primera universidad y no consentir cobrar; es hacer una obra magnífica en el ADDA y estar preocupado por cuidar esa rasgadura continua, de lado a lado del frente de escena para poderla llenar de flores frescas en cada ocasión, ofrecidas al público, no al principal; es llamarme una mañana de domingo emocionado porque en Radio 3 han elogiado la espléndida acústica de su auditorio. Hacer casa es seguir sufriendo por las baldosas rotas, por las aceras sucias, por los árboles mal podados, por los barrios desasistidos, por la sobreocupación de la dársena portuaria, por la escena vulgar de tantas arquitecturas mediocres, por el maltrato al patrimonio, por tantas veces en tantos lugares solo negocio con la ciudad y nada más. Es sufrir por todo eso que en breve ya no será tuyo, porque no estarás, y seguir haciéndolo, en tus ya breves paseos, o desde tu terraza, cada día, hasta el final.

No se puede aprender un oficio si no tienes cerca quien lo ejerza bien. Quienes hemos tenido ese privilegio lo sabemos. Pero pasa la vida? y queda tanto por saber. Por eso sentimos que toda muerte es temprana, por lo que queda por aprender. Y muere con algunos hombres una inmensa sabiduría que se nos va. También un ejemplo que ya no está pero que puede permanecer en aquello que quedó y en cómo fue hecho. Si lo que hacemos es lo que permanece, centrémonos en hacerlo bien. Eso aprendí estando junto a él: en nuestro oficio, tan físico, pleno de cosas fabricadas, todo queda tras nosotros, ajeno, nada nos pertenece. Todo lo que él hizo es ya para siempre nuestro; de todos.

Ha muerto el último arquitecto de su ciudad; un gigante. Yace hoy en la única de mis obras que no quiso nunca visitar: ¿cómo sabré ahora si la hice bien, si construí casa suficiente?, si no está él para que me lo pueda confirmar. Adiós, colega, maestro, padre querido, que la tierra a la que tanto amaste y con la que tanto bueno supiste hacer te sea leve.

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