13 de agosto de 2019
13.08.2019

A Juan Antonio García Solera

12.08.2019 | 22:58
A Juan Antonio García Solera

Su obra, a pesar de los atentados sufridos, sigue siendo un ejemplo de creatividad y de Arte que solucionó determinadas necesidades de la costa levantina durante más de 50 años

Estoy en Benidorm, camino de unos pinchos en la zona de los vascos cuando me llama entrecortado Antonio Teruel: « David, lamento llamarte para darte una mala noticia. Esta madrugada ha fallecido García Solera».

La noche anterior le contaba a una amiga, mientras paseábamos por la playa de Levante, la cantidad de barbaridades que algunos irrespetuosos arquitectos de ahora tienen con las obras de sus maestros. Algunos técnicos municipales y asociaciones de vecinos tampoco se librarían de esa hoguera.

«Fíjate en el Hotel Don Pancho, Xussa, tú no lo has conocido sin estropear, sin esa máscara de pretendida actualización infantil con la que algún iluminado trató de cubrir este icono de la arquitectura del sol. Y a mí no me dio tiempo a fotografiarlo en su plenitud».

En septiembre de 2014, Iñígo Lanz y yo presentábamos en Parking Gallery, de la mano de Jaime Pérez Zaragozí (una víctima más de estos tiempos poco dados al mecenazgo y el arte), una muestra de lo que bautizamos como Racionalismo Levantino, tratando de visibilizar y poner en valor una arquitectura que la mayoría de los alicantinos despreciaba por anticuada (¿?).

Recuerdo que estábamos a punto de inaugurar cuando un señor mayor, muy mayor, con un aplomo avasallante empujó la puerta de la galería, cerrada aún al numeroso público que acudió a la cita. Aquel anciano me resultaba muy familiar, lo conocía de algo, pero no lograba saber de qué. El caso es que empujó la puerta y se coló en la sala todavía vacía y fue directo a unas imágenes de la Urbanización Las Torres, de 1,6x2 que cubrían la primera pared.

- Disculpe caballero, no hemos inaugurado todavía, si es tan amable?

- Ésta es de las pocas obras que no han destrozado todavía.

En seguida lo reconocí.

Jaime, el galerista se abalanzó a saludarlo y nos presentó.

Íñigo y yo habíamos estado trabajando sobre la obra de este artista, pero no lo conocíamos en persona.

-Me tengo prohibida la entrada a determinados edificios donde no me respetan -se lamentaba el que fue arquitecto municipal de Benidorm durante años.

Hablaba del Complejo Vistahermosa, entre otros, donde no quedaba más que algún resto de lo que él había planteado en origen, sobre todo en los zaguanes, desnaturalizando la obra de un creador desde la ignorancia.

Charlamos un rato antes de inaugurar mientras le enseñábamos la exposición. Estaba contento con la muestra desinteresada que dos desconocidos habían realizado utilizando parte de su obra, junto a la de otro grande, Juan Guardiola. El problema era que no le habían tenido en cuenta para las necesarias reformas de sus edificios, en un ejercicio de apropiación indebida. Pensé que sería como si Duchamp le hubiera pintado directamente los bigotes a la Mona Lisa como técnica de restauración en lugar de como revulsivo al arte de su tiempo en una obra nueva.

En aquel tiempo se construyó mucho y se construyó muy mal, pero ciertas luces iluminaban el camino hacia lo moderno, hacia el movimiento moderno.

Mientras trabajábamos en el proyecto, mi compañero de proyecto y yo nos dimos cuenta de que lo que sucedía era que no había pasado el tiempo necesario para que los ciudadanos apreciaran unas soluciones arquitectónicas y urbanísticas a la altura de cualquier capital europea, inspiradas en Mies van der Rohe, los de la Bauhaus, o el finés Alvar Aalto, dotando a nuestra ciudad de un componente de modernidad todavía no superado por los estudiantes de Arquitectura que vinieron después, salvo honrosas excepciones (entre ellas, su hijo Javier y su nuera Lola, Paco Leyva, y algunos otros).

Aunque los motivos puedan ser de muy diversa índole (ladrillo fácil, crisis, falta de creatividad, consistorios mal gestionados?) lo cierto es que pocos (¿ninguno?) arquitectos han logrado superar el nivel de trabajo de este urbanista llamado Juan Antonio García Solera.

Lo lamento. Lamento que personas sin la formación adecuada decidan sobre un patrimonio que nos pertenece a todos. Un fast rebuilt en la línea de lo líquido de Bauman. Un maquillaje grotesco que no sólo atenta contra la estética de nuestras ciudades, sino que nos despersonaliza como sociedad en lo más profundo de nuestro carácter urbano, eliminando toda traza de una belleza de otro tiempo en el que los verdaderos modernizadores de esa España franquista, iban dejando huella de su arte entre los bosques urbanos de las ciudades levantinas en desarrollo.

No fui amigo de García Solera, sólo lo conocí al final de su vida y de manera casual. Pero su obra, a pesar de los atentados sufridos, sigue siendo un ejemplo de creatividad y de Arte que solucionó determinadas necesidades de la costa levantina durante más de 50 años.

La conservación del patrimonio urbanístico nos incumbe a todos, empezando por las administraciones y terminando en los ciudadanos.

Y ya es hora de actuar.

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