14 de julio de 2019
14.07.2019
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Antes de tiempo

13.07.2019 | 22:43
Antes de tiempo

Decir que vivimos un tiempo hiperacelerado es un tópico al que recurrimos constantemente. Pero lo cierto es que adoramos la velocidad con la que se suceden los cambios, los viajes, las innovaciones y los inventos. Las carreras son una singularidad humana que no encontramos en ninguna otra especie porque ninguna otra es capaz de admirarse de la velocidad misma. Desde el Tour de Francia a la Fórmula 1 son innumerables los certámenes mundiales para celebrar a los más rápidos, ya sea por su propio impulso o por el de increíbles maquinas al borde de lo controlable.

Deseamos recorrer en el menor tiempo posible cualquier medio transitable. Para eso los medimos con toda exactitud y sabemos que un umbral de velocidad se ha roto cuando alguien consigue hacer un recorrido preciso y llegar «antes de tiempo», del tiempo hasta entonces posible, se entiende. Ese podría ser el lema de unas sociedades como las nuestras en las que la velocidad se ha convertido en sinónimo de eficiencia.

Suponemos que llega antes quien lo hace mejor, es decir, más velozmente. De manera que la velocidad misma se convierte en la cualidad de lo bien ejecutado. El recordman es el que hace algo antes que los demás. Por el contrario, lo que les faltaría a los derrotados sería la velocidad que les instala en el tiempo. Y es que en la medida que encogemos la distancia mediante la velocidad, el tiempo se ensancha y las décimas o centésimas de segundo se hacen decisivas, ya sea para identificar al vencedor de una carrera o para evaluar la velocidad de respuesta o de transmisión de señales o información. El achicamiento del espacio produce un ensanchamiento del tiempo en microunidades que son pura fugacidad decisiva.

Esa reducción de la distancia a fracciones de tiempo muestra la naturaleza temporal de nuestro mundo y de nuestra concepción de la vida. Nos parecerá increíble pero los segundos –y muchos más las décimas, centésimas y milésimas- apenas han existido para una experiencia como la humana que casi no las percibe, hasta que se inventaron los cronómetros que permitían traducir el tiempo en el espacio simbólico de sus esferas, si bien era el espacio el que estábamos descomponiendo inadvertidamente en tiempo.

Pero no se trata de que midamos las distancias con el tiempo que nos cuesta recorrerlas como se ha hecho desde antaño, sino que hemos reducido la distancia a mero tiempo que pasa, como ocurre en los viajes de alta velocidad terrestres o aéreos, y como ocurrirá todavía más en los espaciales. De ahí que no concibamos la lentitud sino como mera pérdida de tiempo. Ese imperio de lo temporal y de su acortamiento ha conducido al derribo de todas las demoras en el orden biográfico y social: la precocidad. Hace ya un siglo que vivir deprisa se ha hecho sinónimo de apurar el instante y de vivir con esa peculiar intensidad que solo da la rapidez del precoz. La velocidad ofrece la experiencia exaltada del instante y produce adicción porque condena el resto del tiempo a una languidez insignificante.

En su etimología latina precoz significaba lo que cuece antes y se decía del tipo de ingredientes que permitían una cocina rápida. Nuestra vida está hecha de ese tipo de ingredientes: mensajes breves, prolegómenos recortados, modales informales, relaciones fortuitas, negocios rápidos, libros cortos, conexiones 5G. Aborrecemos la lentitud como los equilibristas temen detenerse en el alambre.

Pero esa veneración por la velocidad ha tenido en el orden de las personalidades un efecto paradójico: en vez de llevar a los sujetos más lejos los retiene en el punto de partida, en una infancia persistente. Es como si la precocidad dejara el interior de los sujetos sin cocer, cándida e irresponsablemente crudos, entregados a una forma de vivir a falta de muchos hervores. Por el contrario, para madurar bien hace falta seguir el consejo que Wittgenstein daba a los filósofos: date tiempo. El problema es que solo sabe dárselo el hombre maduro, pues es necesario aquietar el apresuramiento al que nos empujan desde fuera pero, sobre todo, al que nos precipitamos desde dentro.

Nos pasa lo que a los jóvenes guerreros indios que para demostrar su valor se precipitaban al ataque antes de tiempo. A uno de aquellos, su padre, el jefe de la tribu, le cambió el nombre por otro que podría servirnos a nosotros también: «No hace caso». En efecto, hacer caso es asumir la demora necesaria para no precipitarse antes de tiempo. Además los indios se abalanzaban a la lucha gritando porque el ruido hace perceptible la velocidad.

También los coches de Fórmula 1 aumentan artificialmente el ruido que producen porque el sonido atronador forma parte de la trepidación de la velocidad. En cambio, el silencio es desaceleración, el tiempo se relaja y reaparece el espacio y la soledad. Esa quietud sume a algunos en una desorientación que los empuja de nuevo a precipitarse. Pero si se supera puede ponernos antes nosotros mismos. Frecuentar esa soledad es lo contrario de aislarse, porque el silencio genuino lo aprovechan todas las cosas y personas que amamos para aparecérsenos con sus asuntos.

Ese silencio nos puede acompañar cuando retomamos las urgencias de la vida, y entonces, tal vez podamos decir como aquellos elfos de Tolkien, que ponemos en todo lo que hacemos el pensamiento de todo lo que amamos. Su fragilidad y dependencia se reflejará en la de quienes dependan de nosotros, y en el mundo se habrá abierto un espacio en el que les parecerá que el tiempo se ralentiza porque reciben toda nuestra atención. Es el don de convertir la mera oportunidad en el momento oportuno, «kairos» lo llamaban los griegos. Solo consigue el don de la oportunidad aquel cuya procuración de la perfección sustituye la prisa por la diligencia que se resiste a acabar algo antes de tiempo.

En ese sentido, en la vida y en lo que hacemos puede ocurrir lo que Wittgenstein aseguraba de la filosofía: que gana el que llega el último, o, en cualquier caso, el que consigue no llegar antes de tiempo.

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