09 de julio de 2019
09.07.2019

Por la plata baila el perro

09.07.2019 | 00:04
Por la plata baila el perro

Descartada la intervención militar de terceros países, el remedio que queda en Venezuela es acortar el colapso de un Estado fallido, en manos de una dirigencia sin enmienda posible

Lo que está pasando en Venezuela es una ignominia para el mundo civilizado. La cobardía con la que se está aceptando la transgresión de todas las reglas que nos hemos dado para salvaguardar los derechos humanos es un oprobio colectivo.

El cruel asesinato mediante tortura y destrucción de los órganos vitales del joven capitán de Corbeta, después de haber sido atormentado vilmente, es una muestra más de lo que caracteriza al grupo de tiranos que ocupa, en flagrante violación de la carta magna, el gobierno de Venezuela. Sus últimas palabras fueron para suplicar auxilio, ese socorro que nunca recibió porque los déspotas no tienen moral, ética ni sensibilidad y menos misericordia.

Pero hay que dejar abierta una espita a la esperanza para cavilar que este gravísimo suceso puede ser un punto y aparte al sufrimiento de un pueblo exhausto, que no puede aguantar más. Cabe esperar que las circunstancias que rodean esta siniestra ejecución hayan sacudido la conciencia culta de la biosfera democrática que no debería digerir, por más tiempo, la miseria moral que destila el régimen comunista venezolano.

Han impedido la entrada de ayuda alimentaria y acrecentado el masivo éxodo de mujeres y hombres de todos los sectores y edades del país (cuatro millones de ciudadanos); han violado las reglas de juego de la democracia superando las marcas de represión del castrismo cubano, han dado un mal ejemplo al mundo.

Y todo esto ha sucedido sin que se haya revuelto en paralelo, de forma masiva y unánime, la conciencia contra la injusticia y el escarnio del hombre.

El corolario no puede ser otro que la autodestrucción de un régimen podrido, que no merece el apoyo de países serios que no deberían condescender con la degradación del chavismo hasta extremos desconocidos.

Si los organismos internacionales no son capaces de parar esta deriva de odio y muerte, estarán sirviendo pretextos para que continúe el declive aciago de uno de los países que, hasta hace no mucho, era uno de los más ricos del mundo.

Se acabó el tiempo de las mediaciones fútiles y de las conferencias de paz, de los intentos de amansar a la fiera, concluyeron las hueras admoniciones. No hay más tiempo.

Descartada la intervención militar de terceros países, el remedio que queda es acortar el colapso de un Estado fallido, en manos de una dirigencia sin enmienda posible.

No es previsible que haya muchas más manifestaciones que lleven nuevamente a la calle a millones de personas a apoyar al presidente interino. El pueblo venezolano que le apoyó no oculta su desilusión ante la falta de concreción de la facundia opositora.

No acaba de llegar la aprobación del TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, también conocido como Tratado de Río), un pacto de defensa mutua interamericano); ni un acuerdo de cooperación con la DEA o la autorización de la petición que hizo Colombia para combatir al ELN en territorio venezolano.

No hay solución electoral, tampoco negociaciones que lo único que hacen es darle respiro al régimen. La confrontación dura es la única respuesta a una oprobiosa dictadura.

De ahí que la condescendencia, pusilánime y menguada, que encarnan los líderes de la oposición, haya terminado por hacer mella en una población que no tiene comida ni medicinas y que se ve impelida a abandonar su país, dando lugar a una pavorosa catástrofe humanitaria.

A sumar, la estructural desunión de los distintos partidos de la oposición y el lamentable sostén de una izquierda europea ( Corbyn, Iglesias, Melenchón) que sigue apoyando, con paños calientes, a un régimen político -vahído del chavismo- que está cometiendo gravísimas violaciones de los derechos humanos contra el pueblo venezolano.

El informe publicado por la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos «ilustra la profundidad de la desesperación y de la crisis humanitaria en Venezuela». En el último año y medio, cerca de 7.000 personas habrían sido asesinadas en casos supuestamente de «resistencia a la autoridad» (según el gobierno), durante operaciones de seguridad.

¿A qué espera la oposición a unirse, sin fisura alguna, para combatir, dentro y fuera, un sistema corrupto? ¿Qué hacen en Oslo dando aliento a un cadáver? ¿No se dan cuenta que los asesores cubanos siguen insistiendo en el diálogo, que no es sino una tabla de salvación, un ardid para ganar tiempo?

No hay tiempo ni margen para defender el legado de Chávez, pues, como saben muy bien allí, por la plata baila el perro. Comparto las reservas que plantea una intervención militar, pero de ahí a permitir al Sebin, la Dgcim y la Guardia Nacional Bolivariana campar por sus respetos (asesinatos y torturas, con asesoramiento y participación, sin limitación de ningún tipo, de especialistas cubanos) hay un trecho.

En el informe Bachelet se han reportado «casos de mujeres que se vieron forzadas a intercambiar comida por sexo», además de las redes de prostitución que acompañan al éxodo migratorio.

Hasta ahora, no ha habido una rotunda denuncia de las organizaciones que defienden la dignidad de la mujer, ¿a qué esperan? Un régimen que usa la violencia sexual para torturar a los presos no merece respeto en ningún sentido.

Es momento de que el presidente interino asuma plenamente su condición, consolidando un gobierno de transición, mientras se le pone cese a la situación actual. Después vendrá la organización de elecciones libres y soberanas para dar al país un gobierno absolutamente legítimo que dé comienzo a la reconstrucción de Venezuela.

En caso de continuar la anomia (cuando las reglas sociales se han degradado o directamente se han eliminado y ya no son respetadas por los integrantes de una comunidad), en un plazo terminante, el gendarme o la policía constitucional tendrán que ejercer su función como máximos garantes de la Constitución del país. Y en su defecto, la comunidad internacional tendría la obligación de hacerlo para vergüenza de ese vigilante necesario.

La dictadura que emana de la revolución bonita; «con la inflación más alta del mundo, la corrupción generalizada, índices de pobreza escandalosos, niveles de criminalidad escalofriantes, tasas de desempleo inconcebibles, exilio masivo, índices de mortalidad enormes, contracción económica, con la moneda más devaluada del planeta y un rechazo internacional insuficiente»; no puede seguir siendo un sonrojo lejano para el mundo democrático.

¿O es que por la plata baila el perro?

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