23 de junio de 2019
23.06.2019
El ocaso de los dioses

Llantos

22.06.2019 | 23:35
Llantos

El 2 de enero de 1492, la leyenda histórica nos dicta que cuando Boabdil el Chico, último rey nazarí de Granada, comenzó a llorar al volver la vista sobre la ciudad para contemplarla por última vez, su madre, A'isha bint Muhammad ibn al-Ahamar, conocida por los cristianos como Aixa, le recriminó esos llantos con la lacónica sentencia: «Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre» (esta frase, mis dos reverenciadas lectoras, sería hoy tachada de machista-heteropatriarcal por el universo feminista ultraortodoxo, pero qué quieren que les diga, la Historia es la Historia, la memoria histórica es la memoria histórica y, pese a los llantos del feminismo ultramontano, no podemos cambiarla). El 11 de agosto de 1934, en la Plaza de Toros de Manzanares, caía mortalmente herido el torero Ignacio Sánchez Mejías a consecuencia de la cornada que le propinó el toro llamado, casualmente, «Granaíno». Y otro granaíno, Federico García Lorca, le dedicó una de las Elegías más sentidas de la historia de la poesía, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: «Yo quiero que me enseñen un llanto como un río que tenga dulces nieblas y profundas orillas?». El 6 de marzo de 1953, el esclavizado pueblo soviético lloraba desconsoladamente la muerte del «papaíto» Stalin, no solo por la cuenta que les traía, sino, sobre todo, por el atávico miedo que les transmitía el dictador. Fue tal la conmoción, que para ver el cuerpo expuesto del genocida se formó una gigantesca avalancha de llorones y lloronas que, entre el tumulto y el miedo, ocasionó la muerte de centenares o miles de personas aplastadas y pisoteadas (las cifras oficiales siguen siendo material clasificado). «¡O hermosa vida! Yaces enferma y mi alma cansada está para el llanto y ya alborea el miedo en mí?», glosaba uno de mis poetas predilectos, el loco Hölderlin, amigo de mi filósofo de cabecera, Hegel, en su poema Der gute Glaube (La buena fe).

El 18 de junio de 2019, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, rompía a llorar afligida, como una magdalena proustiana (el llamado «efecto proustiano») durante el transcurso de una entrevista radiofónica. Va de llantos, mis severos lector y lectora. Colau, vinculada otrora al movimiento okupa, se quejaba amargamente por los insultos y escraches que le hacían los independentistas por impedir que el separatismo catalán okupara la Alcaldía de Barcelona en la persona de Maragall (el otro). Lindezas como «traidora, puta, zorra o guarra», lanzadas por los demócratas del independentismo supremacista, según recogen los medios de comunicación, hicieron que Ada llorara acordándose de sus hijos y se repensara abandonar la política. Ya ven, quien fuera años atrás líder de los escraches contra políticos del PP y Ciudadanos, se ve ahora sumida en lastimosos llantos por considerarse afectada en su intimidad, asaltada en su dignidad ciudadana, por decenas de fascistas que, vinculados al independentismo totalitario de los lazos amarillos, la insulta. Lástima que Colau no tuviera tiempo de solidarizarse con las lágrimas de Inés Arrimadas, Dolores Montserrat o Cayetana Álvarez de Toledo cuando fueron objeto de insultos, amenazas y violencia por el separatismo xenófobo y excluyente catalán. Esas mujeres, por ser líderes del PP o de Ciudadanos, ni tienen hijos, ni son merecedoras de comprensión y solidaridad. Una suerte de ideología de género invertida que solo funciona según la ideología que profeses. La llorosa Colau, afectada por el síndrome de Estocolmo, ponía los lazos amarillos en el balcón del Ayuntamiento.

Y durante días y semanas hemos escuchado los llantos de Pablo Iglesias, macho alfa de Podemos, mendigando a Sánchez un par de ministerios que le permitan no solo disfrutar del poder en primera persona, sino solapar con ello el estrepitoso fracaso de su partido de extrema izquierda. El líder de la formación ultra (si hay ultraderecha también hay ultraizquierda, aunque el periodismo militante no quiera verlo ni contarlo) ha sido y sigue siendo el vivo (y vivales) paradigma de la casta política más descarada y cínica. Del mundo asambleario -sin ataduras ni privilegios, sin concesiones burguesas ni acomodo por los sillones- que vendían Pablo e Irene con su formación de extrema izquierda, se ha pasado al mundo de la alienación capitalista más pedestre abducidos por la fascinación pequeño-burguesa que producen los placeres terrenales (el de la propiedad horizontal de bienes inmuebles incluido; y no solo son estos dirigentes podemitas los que gozan de un holgado patrimonio inmobiliario, hay más, y muy cerca). El llanto burgués a cambio de la traición. Invirtiendo a Gramsci, Pablo, decir la verdad no es siempre revolucionario. «El escándalo de contradecirme? de mi paterno estado traidor en el pensamiento?», escribía Pier Paolo Pasolini en el poemario Las cenizas de Gramsci. Llantos y traición. Llantos sin lágrimas.

Pero muy pocos -ninguno- de estos llorones conceptuales ha derramado ni derramará lágrima alguna por el bochornoso, vergonzoso y totalitario espectáculo que los separatistas xenófobos y racistas catalanes hacen día a día con lo que significa España, los españoles, la democracia y la libertad. Meritxel Budó, portavoza del ejecutivo catalán, se negaba días atrás a contestar preguntas que se le formularan en castellano (en español). Y su par, Elisenda Paluzie Hernández (de los Hernández de toda la vida), presidenta de la inefable Asamblea Nacional de Cataluña (España), despreciaba a una mujer periodista, por ser española, con la frase «qué desagradable la periodista española esta». No sé si en las ruedas de prensa que celebraba el nazismo o el estalinismo se llegó a escuchar tanta inquina, tantos signos evidentes de totalitarismo, de fascismo intelectual. El verdadero llanto se producirá en pocos días si, como parece, el Gobierno de España queda una vez más a merced de los votos de estos supremacistas xenófobos y algún que otro filoetarra. Y esos llantos, créanme, tardarán mucho en ser consolados. Ahí va mi pañuelo.

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