30 de mayo de 2019
30.05.2019

El respeto y la dignidad de las instituciones

30.05.2019 | 00:16
El respeto y la dignidad de las instituciones

Lo que prima es el insulto y aquello de «y tú más», con actitudes intolerantes, con espectáculos como el del otro día a la hora de la toma de posesión, con un torneo para ver quién era más ocurrente

Cuando Marco Tulio Cicerón ejerció de abogado en el Foro de Roma, entre sus actos como tal se encuentra el de dignificar la toga, que hoy con orgullo vestimos los abogados como símbolo del respeto que tenemos a las instituciones y, en particular, a las sedes judiciales desde la más modesta hasta el Tribunal Supremo.

En la constitución de las nuevas Cortes Generales hemos visto de casi todo, camisetas, vaqueros, chanclas, etcétera, acompañados de fórmulas de juramento o promesa de lo más variopinto, personalmente me han producido vergüenza ajena estas actitudes de algunos de los «padres de la Patria».

El respeto a las instituciones, siendo las Cortes el exponente de la voluntad de todos los españoles que hemos ejercido el derecho y la obligación del voto, me sitúa en el tiempo y, mirando el espejo de nuestra pasada historia, no veo en camiseta a don José Canalejas (presidente del Congreso en 1905) ni a don Antonio Cánovas del Castillo, ni a don Práxedes Mateo Sagasta y tantos otros parlamentarios de nuestras Cortes Generales que desde 1812 -año en el que se constituyen las Cortes de Cádiz- hasta 1978 que promulgamos nuestra actual Constitución, la más longeva de nuestra historia parlamentaria, han representado con dignidad la institución.

Por supuesto que los tiempos cambian y la pajarita quedó en desuso, pero las formas como «manera de comportarse desde el punto de vista de los comportamientos sociales» (María de Molina) comienzan su decadencia y lo que prima es el insulto y aquello de «y tú más», con actitudes intolerantes, con espectáculos como el del otro día a la hora de la toma de posesión, con un auténtico torneo para ver quién era más original o más ocurrente, y quién utilizaba la fórmula más fuera de tono, dejando atrás aquello de «por imperativo legal» y menos mal que de momento no apareció ningún diputado/a en chándal, y dijo aquello que decía Mafalda: «Por mis amigos de la peña».

En fin, hago estas reflexiones con tristeza, incluso se me puede tachar de «formalista» por mi deformación profesional y en el todo vale recordemos a Groucho Marx cuando dijo: «La familia es una gran institución, pero habría que saber si quiero vivir dentro de una gran institución», pero hoy por hoy vivimos y sentimos en el seno de grandes y pequeñas instituciones, desde nuestro Ayuntamiento hasta el Parlamento Europeo.

Hemos votado, cada uno lo que ha creído conveniente, y dentro del Estado de Derecho con todas las garantías, pudiendo presentarse como candidatos personajes como el huido Puigdemont (eurodiputado electo desde su cómodo sofá de Waterloo) y otros en prisión preventiva como Junqueras (diputado electo desde su celda) y todo ello ha producido cierta alarma social en determinados círculos, porque esa es la gran virtud de vivir en democracia, donde el imperio de la ley está muy por encima de ciertos movimientos sufragistas.

Ahora viene el momento del «cambio de cromos», con el fin de concretar a quien le toca el sillón más cómodo, pero antes deberán de articular una nueva Ley Electoral que sustituya a la desfasada LO 5/1985 de 19 de junio de Régimen Electoral General, que en campaña electoral todos los partidos políticos hablan de su adecuación a los tiempos y después de las elecciones todos se olvidan de ello, y todo en el contexto de «una Justicia que explique y que se entienda», ya que las leyes inútiles debilitan las necesarias, pero me quedo con Mafalda cuando dice: «Que lo urgente no deja tiempo para lo importante».

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