14 de mayo de 2019
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El último golpe de platillos

13.05.2019 | 22:11
El último golpe de platillos

Ella sabía que iban a matar a un hombre de Estado en el Albert Hall de Londres durante un concierto. Los espectadores sabían algo más: que el disparo desde un palco lateral sonaría al mismo tiempo que un estruendoso golpe de platillos. La cara de angustia de Doris Day como testigo impotente, de pie ante la puerta de entrada al patio de butacas al localizar ya en el interior la posición del sicario, es historia del cine.

La tensión de los espectadores equivalía a la de ella, conocedores de cómo el momento se acercaba gracias a los planos precisos encadenados por Alfred Hitchcock en su propio remake en 1956 de El hombre que sabía demasiado.

El ingenioso travelling de la cámara por la partitura elevando el clímax, el asomo lento pero progresivo del cañón de la pistola desde detrás de una cortina del palco, su giro parsimonioso hacia el palco central donde el político disfrutaba del concierto, la preparación previa del músico encargado de los platillos cogiéndolos ajeno a cuanto iba a desencadenar y su espera con los brazos abiertos para interpretar la nota definitiva, constituían la composición perfecta. Siempre recordaremos el desasosiego de Doris Day en esa escena maestra, aunque la película acabó dándole más fama por la canción Qué será será de otras escenas.

Hitchcock explicó a François Truffaut, en el imprescindible libro de entrevistas que combinaron en los años setenta, que en el travelling sobre la partitura «la cámara recorre todos esos espacios vacíos y se acerca a la única nota que deberá interpretar el hombre de los platillos». Aunque para él era deseable que el público supiese leer música en un pentagrama para aumentar el suspense, el efecto se conseguía. Más o menos como una metáfora de la vida en la que cada cual se acerca al último golpe de platillos. Una metáfora que en Doris Day adquiere con su muerte un caprichoso sentido.

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