03 de mayo de 2019
03.05.2019
Esperando a Godot

La última cena

02.05.2019 | 22:26
Pedro Sánchez, la noche de su victoria electoral.

Les voy a confesar una debilidad -todos tenemos muchas, aunque no las explicitemos de forma expresa. La mía, o al menos la más confesable de todas, es una pasión desmedida por Italia. Siempre que el tiempo y la disponibilidad económica me lo permiten viajo a ese país. Para tal fin, me han sido de gran ayuda las compañías de bajo coste que operan un buen número de vuelos entre los aeropuertos de Alicante-Elche y de València y numerosos destinos italianos. Por eso detesto a las personas que usan estas aerolíneas y se quejan constantemente del trato recibido. No sé porqué no vuelan en primera clase de empresas de bandera. Yo, sinceramente, estoy encantado de pasar un par de horas con las piernas encogidas y de tener que transportar mi maletín por toda la terminal, con tal de volar hasta destinos impensables hace pocos años y a precios que, de otra forma, no podría asumir.

Mi último viaje por Italia, y motivo por el que falté a la cita con ustedes el pasado viernes, lo emprendí la semana de Pascua por la región de Apulia, o Puglia en italiano. Me fascinó, como muchos otros lugares de Italia y, además, me sirvió para abstraerme de la campaña electoral en España, hecho que, debo confesar, redundó de forma francamente positiva en mi salud mental. Apulia es una región pobre, pero que atesora un enorme patrimonio cultural, muy diferente del de las regiones del norte de Italia, pero igualmente interesante; además, todo sea dicho, de una contundente gastronomía, muy similar a la nuestra, basada en su magnífico aceite, el vino, los productos hortofrutícolas y el pescado del Adriático.

Pero, si me preguntaran por tres lugares, monumentos, u obras de arte imprescindibles y que se encuentran en Italia, a pesar de lo dificilísimo de la elección, apostaría por los siguientes: la Galeria degli Uffizi, ubicada en Florencia, y que es la pinacoteca más visitada de Italia; el Panteón de Agripa, en Roma, una iglesia católica en la actualidad, pero cuya construcción fue encargada por Marco Agripa, en tiempos de Augusto, y finalizada por el emperador Adriano en el año 126; y el convento de Santa Maria delle Grazie, de Milán, porque alberga en su refectorio, conocido ahora como Cenacolo Vinciano, una de las grandes obras maestras de la pintura de todos los tiempos: La última cena, del inmortal Leonardo da Vinci.

Precisamente ayer, dos de mayo, se cumplieron quinientos años del fallecimiento de Leonardo. Por ese motivo, y en justo reconocimiento a su figura, esta semana me gustaría comentarles, en lugar de la habitual obra literaria que suele servir de texto, y de pretexto, para esta serie de artículos, la celebérrima obra que se encuentra en Santa María de las Gracias. Leonardo pintó La última cena en el refectorio, utilizando una técnica mixta de témpera y óleo, entre 1495 y 1497, por encargo de Ludovico Sforza, Duque de Milán y mecenas del genio. El tema de la última cena de Cristo con sus apóstoles, durante la celebración de la Pascua judía, ya había sido tratado por numerosos artistas. Pero, ninguno de ellos había cambiado jamás la iconografía. En los lienzos anteriores, Cristo siempre estaba representado en el momento de impartir el sacramento de la Eucaristía, rodeado de los apóstoles y con Judas aislado frente a él, al otro lado de la mesa.

Leonardo, contra toda tradición, lo que representa es el momento inmediatamente posterior al anuncio de la traición de Judas, y los doce apóstoles se encuentran todos en el mismo lado de la mesa. Con ello, lo que pretende no es tanto la exposición de un momento referente a la fe, como la representación de un hecho profundamente humano: la traición de un amigo. Las palabras de Jesús se propagan de un extremo al otro de la mesa, generando una sensación de angustia y estupor entre los discípulos, cuyas figuras se van alejando de él, dejando aislada la de Cristo, en una soledad que siempre acompaña a las personas en los momentos más cruciales de sus vidas. Por eso Jesús no aparece con una aureola, símbolo de su divinidad. Sólo la luminosidad del cielo sobresale sobre las onduladas colinas que se divisan en la ventana que se abre tras de él.

Es curioso que hasta Jesús, a la hora de escoger a sus discípulos, cometiera un error, aunque en su caso, si nos atenemos a su naturaleza divina, fuera a propósito. Por eso, no nos debe sorprender que los dirigentes políticos se equivoquen a la hora de seleccionar a sus asesores. No es el caso de Pedro Sánchez, a quien Iván Redondo ha aupado, mantenido y consolidado en La Moncloa. Por el tenor de mis escritos sabrán que el Presidente no es santo de mi devoción, pero reconozco que su victoria ha sido fruto de una estrategia impecable y no puedo sino felicitarlo a él y a todos los militantes socialistas de España y de Elche.

Lo cierto es que lo que ha hecho Pedro Sánchez con Iván Redondo no es habitual. Redondo había trabajado antes para el PP, pero Sánchez no se dejó influir por ello, sino por su valía. Transcurridas estas elecciones, y las locales que están a punto de celebrarse, los partidos ganadores, incluso los de la oposición, comenzarán a colocar en puestos de confianza a los que denominan «los suyos». Si esas contrataciones se hicieran ateniendo al mérito y capacidad de los asesores, y no a intereses espurios, como la filiación política, la amistad, u otros, estoy convencido que la calidad democrática y el funcionamiento de nuestras instituciones mejoraría de forma palmaria.

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