16 de abril de 2019
16.04.2019

Entrañable Aguirre en el corazón

16.04.2019 | 00:02
Entrañable Aguirre en el corazón

«Los libros son uno de los pocos regalos que la vida me ha hecho» (Francisca Aguirre , Premio Nacional de las Letras 2018, Premio Nacional de Poesía 2011)

El pasado sábado fallecía en Madrid a los 88 años Francisca Aguirre, alicantina, poeta de la desolación y la lucidez, figura silente de la poesía.

El 13 de noviembre de 2018, la poeta e intelectual autodidacta Francisca Aguirre fue galardonada con el Premio Nacional de las Letras 2018. El jurado la había elegido «por estar su poesía (la más machadiana de la generación del 50) entre la desolación y la clarividencia, la lucidez y el dolor». Su hija Guadalupe Grande (poeta e hija de Félix Grande) comentó refiriéndose al galardón: «Este premio servirá para reivindicar la herencia de todas esas voces femeninas que fueron quedando de lado. A veces dos veces: por ser mujeres y por estar exiliadas».

El 17 de noviembre de 2011, Francisca Aguirre fue distinguida con el Premio Nacional de Poesía por su obra Historia de una anatomía (Hiperión) que también obtuvo el pasado año (2010) el Premio Miguel Hernández.

18 de noviembre. En una entrevista a Paca Aguirre, habla de Historia de una anatomía, de su literatura enraizada en lo autobiográfico y marcada por la historia (esa que unos protagonizan y el resto padece) y de los libros como salvación, empezando por Alicia y siguiendo por todo lo que cayera en sus manos, desde las novelitas rosas a los clásicos: «Descubrir los libros ha sido uno de los pocos regalos que la vida me ha hecho. Para mí Alicia en el país de las maravillas fue una maravilla en el país de las tinieblas».

Mujer entrañable, cercana, comprometida con el mundo en el que está instalada, declaraba en una entrevista: « El mundo es injusto pero el lenguaje es inocente. El poder de las mujeres es tener la oportunidad de decir que no. Por eso es tan importante la educación, la independencia. Queda mucho por hacer porque la desigualdad sigue siendo enorme: entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres?».

Ese país de las tinieblas se retrata en Espejito, espejito, libro de recuerdos que es el contrapunto en prosa de su poesía. En dicho libro, de sinceridad descarnada, habla de la historia familiar marcada por la Guerra Civil, por la ausencia definitiva del padre (el pintor Francisco Aguirre a quien lo detuvieron y lo mataron en 1942), por la miseria y el hambre, pero también por la estrecha unión de un mundo de mujeres solas: abuela, madre, hermanas y un aliado moderno, un maravilloso electrodoméstico que reina en la cocina y deja entrar a Bach y a Beethoven para que barran con su música la inmundicia. Literatura y música nutren por igual toda la poesía de Francisca Aguirre: «En poesía la música es fundamental. Es más creo que el verso es una aspiración a la música, por eso me interesa tanto. A mí me ha salvado la vida muchas veces. Y creo, como decía Nietzsche, que el mundo sin ella sería un error». La música (la culta y la más popular: flamenco, tango, coplas) está presente en muchos de sus títulos: La herida absurda (verso del tango La última curda), Pavana del desasosiego, La otra música, Los maestros cantores, Nanas para dormir desperdicios. La música, el canto, salvavidas para la infancia ofendida y humillada: «Aquella infancia fue más triste/ Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible/ Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento/ Éramos serios y aburridos», escribía en un poema Paisajes de papel, dedicado a sus hermanas Susy y Margara a quienes también acaricia en otro poema de Los trescientos escalones: «Aquellas niñas en hilera/ que cantaban para espantar el hambre, son estas que escriben hoy poemas».

Francisca Aguirre, por fecha de nacimiento, 1930, pertenecía a la llamada Generación del 50 o Generación del Medio Siglo. Sin embargo, el hecho de que comenzara a publicar (que no a escribir) tardíamente la había excluido de las antologías como miembro de pleno derecho de dicha tribu. A ella no le preocupaba demasiado el asunto y había dicho: «De tener que considerarme miembro de una Generación, elijo la del 98, paciente, sin prisas, que, como dijo Antonio Machado, pensaba que el arte es largo y además no importa, porque lo único importante es la vida». 

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