15 de marzo de 2019
15.03.2019
Esperando a Godot

Luxe, calm et volupté

14.03.2019 | 22:23
Luxe, calm et volupté

Lujo, calma y voluptuosidad es un cuadro del pintor francés Henri Matisse (1869-1954), máximo impulsor, junto con André Derain y Maurice de Vlaminck, del movimiento estético conocido como «Fauvismo». Los fauvistas se vieron influidos por los estudios científicos sobre el color, desarrollados en el siglo XIX, y podrían ser considerados como una prolongación extrema del postimpresionismo de Van Gogh, mezclado con el neoimpresionismo de Seurat; aunque el fauvismo también podría ser considerado como una forma de expresionismo, por su uso de colores brillantes y sus espontáneas pinceladas, algo similar al expresionismo alemán, que surgió en la misma época, influido también por el postimpresionismo.

La obra en cuestión, que se puede admirar en el Museo de Orsay, en París, fue realizada por Matisse en el verano de 1905, mientras pasaba sus vacaciones con familiares y amigos en la localidad de Saint Tropez, en el sur de Francia. Las formas del cuadro están conformadas a base de puntos y golpes de pincel. Matisse sentía una predilección por el uso de discretos toques de color que resaltaran, no tanto el realismo de la escena, sino más bien la superficie pintada. Al tiempo, utilizaba una paleta de colores puros y primarios para representar el paisaje, mientras que destacaba las siluetas en azul.

El título, «Luxe, calm et volupté», está inspirado en un verso del poema La invitación al viaje, inserto en Las flores del mar, de Charles Baudelaire, y comparte el tema de ese poema: la huida a un refugio tranquilo e imaginario. «Là, tout n'est qu'ordre et beauté, / Luxe, calme et volupté» (Allá todo es orden y belleza / Lujo, calma y voluptuosidad). Podría sorprender a algunos que el poeta de la miseria y el hastío, cuyo proyecto literario está dedicado a transformar lo lúgubre en bello, pudiera hablar de una manera tan cautivadora sobre un lugar concreto.

El contexto histórico del fauvismo coincidió con el de una auténtica ebullición en el mundo del arte y de la ciencia: las diferentes vanguardias de principio del siglo XX, que revolucionarían el paradigma artístico, y la introducción de avances tecnológicos como el automóvil o la electricidad. Las exposiciones mundiales mostraban esos hitos científicos, mientras que las galerías de arte exhibían lienzos que ya nada tenían que ver con el naturalismo, ni siquiera con el impresionismo. Pero además, en el París de la época, todo ello vino acompañado por una regeneración urbana sin precedentes, impulsada por el Barón Georges-Eugène Hausmann.

Hausmann puso en marcha en París un programa de obras públicas que supusieron un antes y un después para la planificación urbana del siglo XX. Fue el artífice del diseño de los enormes bulevares que hoy conocemos, en sustitución del dédalo de callejuelas que conformaban el centro de París. Con ello, consiguió conectar las estaciones de ferrocarril y garantizar una movilidad urbana rápida y cómoda para los ciudadanos por primera vez en la historia de la ciudad.

Los motivos que impulsaron esta renovación urbana fueron, como casi todas las transformaciones importantes que se producen en la historia, mayormente económicos. La Revolución Industrial generó la necesidad, cada vez mayor, de disponer de un transporte eficiente para los bienes de consumo. Pero a Hausmann también le preocupaba la parte estética de esta transformación, pues esos bulevares y calles más anchas permitieron a su vez un espacio más ordenado, uniforme y luminoso.

Gracias a las medidas impulsadas por Hausmann, París dispone hoy de parques al estilo de los que disfruta Londres, como Hyde Park, pero también fue el artífice de la instalación de grandes aceras, en las que hoy se concentra la vida parisina en torno a los famosos cafés, como los que podemos encontrar a lo largo de los Campos Elíseos. Además impulsó la demolición de la mayoría de los edificios privados que ocupaban la Ile de la Cité, permitiendo que este pequeño terreno del corazón de la ciudad pasara a tener un uso administrativo y religioso.

Estos trabajos tuvieron como colofón la construcción de nuevas estaciones de ferrocarril (Gare du Nord y Gare de l'Est), el magnífico edifico de la Ópera de París, nuevos colegios, iglesias, dos docenas de nuevas plazas, el mercado de Les Halles y la impresionante red de avenidas que comienzan en el Arco de Triunfo. No es de extrañar que cuando las tropas aliadas marchaban sobre París, en 1944, el General Dietrich von Choltitz, gobernador militar de la ciudad, se negara a obedecer la orden expresa de Adolf Hitler de reducir la ciudad a escombros antes de retirarse. París era demasiado hermoso para acatar esa orden.

En Elche, el primer Plan General de Ordenación Urbana se aprobó en 1962. En 1973 entró en vigor el desarrollado por el equipo de Javier García Bellido, un plan que, sin duda, pone de manifiesto el amplio conocimiento técnico de sus autores, en especial de su director, a la vista de las soluciones teóricas que propone. El que está en vigor en la actualidad data de 1998 y está parcheado hasta la saciedad. Es obvio que, en los tiempos que corren, no podemos impulsar un plan como el que inició Hausmann en el París del siglo XIX. Pero también resulta evidente que entre eso y la inacción total en la que nos encontramos, hay mucho margen de mejora. Margen que no se puede dejar al albur de actuaciones parciales, como la de la calle Alfonso XII, ni de proyectos megalómanos sobre los que además no hay acuerdo, como el del ya famoso y nonato auditorio; ni mucho menos a cuestiones que se deja que maduren tanto que ya están podridas, como el asunto del mercado central.

Algún día nos gobernará alguien con una idea consistente de lo que debe ser Elche y con el impulso necesario para conseguirlo. Mientras tanto, como en el título de esta sección, seguimos esperando a Godot.

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