13 de febrero de 2019
13.02.2019

Con todos ustedes: Franz Schubert

13.02.2019 | 04:15
Con todos ustedes: Franz Schubert

<¿Ustedes se han planteado alguna vez qué pasó con Ucrania? No digo en el aspecto político, que todos lo tenemos más o menos claro, sino en el musical. ¿Son conscientes de lo que le ha dado Ucrania al mundo de la música clásica? Empecemos: Siloti, Rosina Lhévinne, Moiseiwitsch, Horowitz, Richter, Milstein, Gilels, Stern, Oistrach (padre e hijo), Piatigorsky, Markevitch y un largo etcétera. Aun cuando alguno de estos grandes de la interpretación ha hablado del sistema educativo en el que se criaron, la explicación de esa cantidad y calidad de talento más o menos concentrado tiene que deberse a razones que probablemente estarán más cerca del azar que de la sociología o la genética. Lo que está claro es que de una manera u otra Elisabeth Leonskaja, nacida (circunstancialmente, como ella misma reconoció) en Georgia, pero de padres rusos que huyeron durante la Segunda Guerra Mundial de Odessa –la ciudad de Milstein y Oistrach-, vivió esa ingente tradición musical por la tremenda influencia de su mentor, el pianista ucraniano Sviatoslav Richter. Está claro que el irrepetible pianista acertaba de pleno en la valoración de la pianista: lo que hizo con los tríos de Franz Schubert el pasado lunes dentro de la temporada de la Sociedad de Conciertos de Alicante es tan difícil de conseguir, tan poco convencional, de un fluir tan natural que, como dice un buen amigo, parece que no conocieran el teléfono, ni el coche: se mueven en otra realidad. El concierto lo realizaron la citada Leonskaja, junto a la violinista holandesa Liza Ferschtman y el cellista húngaro István Várdai. Lo que pasó durante el concierto tiene un resumen sencillo: eso era Schubert. Ahí, sentado en el escenario teníamos al compositor vienés hablándonos directamente, con unos traductores que abandonaron su alma para entregarse a la de Schubert. Y luego los recursos. Aquello fue un recopilatorio de posibilidades tímbricas, eso sí, puestas en su justo momento y lugar: los trémolos etéreos, pero cristalinamente definidos; los arcos sul ponticcello que pasaban como un visión y se iban sul tasto a volvernos a la tierra; los pizzicatos ahora llenos, ahora ásperos y metálicos, las hileras de tresillos como en cascada acompañados de un bajo seco y limpio en el piano, las transiciones con ritardandos perfectamente proporcionados que parecieran que pararan el tiempo y diminuendos de una progresión que casi se podía medir, etc., etc., etc. y todo como si fueran una única persona, con un empaste impecable.

Un concierto de antología, con ningún pero posible. Eso es Schubert: lo demás es todo teatro o amaneramiento. Como el que hace gente como Maria Joao Pires que nos visitará el próximo lunes. Su interpretación no me suele gustar, y después de lo de este concierto, la caída puede ser especialmente dolorosa. Por lo tanto, si son ustedes fan, admiradores, devotos, incondicionales o groupies de la pianista portuguesa, les recomiendo que no se aproximen a mi reseña porque ¿para qué llevarnos mal con tanto amor que hay por dar? 

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