11 de febrero de 2019
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Pirómanos

Estamos efectivamente rodeados de políticos pirómanos, que parecen no darse cuenta de las consecuencias de sus declaraciones públicas

10.02.2019 | 22:40
Pirómanos

Como siempre, El Roto daba otro día en el clavo con su diaria viñeta en El País: «Se acerca el incendio, confía en los pirómanos», decía uno de los personajes ante un fondo de llamas.

Estamos efectivamente rodeados de políticos pirómanos, que parecen no darse cuenta de las consecuencias de sus declaraciones públicas. O seguramente sí, pero les importa un bledo con tal de ganar votos.

Calificativos como los que hemos oído estos días utilizar contra el socialista Pedro Sánchez, al que algunos tratan como si fuera el venezolano Nicolás Maduro, tienen peligrosas connotaciones en un país que todavía recuerda, por más que se empeñen algunos en negarlo, una cruenta guerra civil.

Si se califica de «traidor» y de «felón» a alguien que ha llegado por votación parlamentaria a la presidencia del Gobierno, se está atacando al sistema democrático que se dice al mismo tiempo defender.

La dialéctica amigo/enemigo, teorizada por el católico filonazi Carl Schmitt y a la que recurre continuamente nuestra derecha más cerril, es incompatible con la negociación y el compromiso, bases de toda convivencia.

Me escribía el otro día un amigo novelista que el presidente catalán, Quim Torra, es «un fascista, un nazi». A juzgar por algunos de sus escritos sobre los no catalanes, diría que es al menos un indigno supremacista.

Pero eso no significa, le contesté, que la respuesta sea acudir en un tótum revolútum a la plaza de Colón a insultar a un Gobierno legítimo y defender a golpe de bandera la sagrada unidad de España y otras causas mucho menos recomendables.

Hay quienes se empeñan en no ver que España es plural y son incapaces de reconocer que entre el nacionalismo catalán y demás reivindicaciones autonómicas como la llegada del tren de alta velocidad a Extremadura hay, por mucho que nos pese, un abismo.

Es cierto que el PSOE de Sánchez ha cometido errores, entre ellos su continua improvisación y su excesiva opacidad en el trato con unos arteros políticos catalanes siempre dispuestos a ganarle la partida .

Pero mucho más grave fue la ceguera política del anterior Gobierno de Mariano Rajoy al no ser capaz de ver lo que se estaba cociendo en Cataluña hasta que fue ya demasiado tarde. Esa ceguera del PP nos ha costado a todos muy caro.

Y llegada allí la situación al punto de ebullición en que se encuentra, la salida en una Europa democrática no puede ser tan simplista como la que proponen algunos: un 155 de dos lustros y mucho más duro que el anterior.

¿Se quiere disciplinar así a los indómitos independentistas? ¿No se teme que la situación puede provocar estallidos de violencia que nadie, al menos nadie en su sano juicio, puede desear?

¿No sería mejor intentar, no debería haberse intentado hace ya tiempo, dividir al nacionalismo catalán, que como sabemos, no es ni monolítico?

No podemos aceptar la lógica perversa de los radicales de aquí y de allá de que «cuanto peor, mejor». Nos va a todos mucho en ello.

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