09 de febrero de 2019
09.02.2019

Eduardo Zaplana, ante la ley y la enfermedad

09.02.2019 | 00:18

Todavía hay «davides» contra «goliats» que, gracias a su empeño por la lucha de la vida, no conocen barreras tras haber hecho un juramento hipocrático

Escuché la sentencia sin mover un músculo de la cara. Miraba a los ojos del médico, pero él estaba muy ocupado apuntando datos en el ordenador. Hizo su trabajo. Lo hizo bien. No obstante, sus palabras fueron clavándose en mi cabeza como dagas. Grave, muy grave. Sólo pensé en las variadas formas que tienen los médicos cuando dan malas noticias. Ahí es donde se vislumbra la calidad humana del verdadero profesional y ese «don» que algunos poseen, frente al paciente, como es amparar al afligido. Las lágrimas se empujaban unas a otras en cascada y, lejos de sentirme mal, le comenté: «Muy bien, esa es la parte científica. ¿Y la parte humana? Porque si usted me cierra puertas y ventanas, si no veo salida ni dónde agarrarme, ¿qué hago con las ganas de luchar, con mi fe, con la esperanza, con sentir la solidaridad frente al dolor que se avecina?».

Me transfirieron a otra especialidad y me encontré con una persona, de tan solo treinta y tres años que, según me dijeron, era un buen médico y una excelente persona. Pude comprobarlo. Era el doctor Mariano Andrés Collado. Su humanidad brotaba por cada uno de sus poros. El rostro, contrariado, como si fuera él quien sufriera. Transmitía empatía. También los ánimos que me infundió la doctora Paloma Vela, fueron cruciales para que apenas pudiera esbozar una sonrisa y una inmensa gratitud hacia dos personas que se ponían en mi piel. Así es. Así debe ser un buen médico.

Planteo con rigor mi experiencia para adentrarme en el caso de Eduardo Zaplana, la enfermedad, leucemia, palabra gruesa, el encarcelamiento, falta de libertad, la forma en que se ha llevado su caso, las súplicas de tanta gente y ahora, en libertad, junto a otros dos investigados. Que quede claro que esa puesta en libertad no ha sido por humanidad, ni compasión, ni misericordia, como también es una hipocresía pasarles el balón a los médicos responsabilizándoles de su estancia en prisión o en el hospital.

Cualquiera sabe que la leucemia es un tipo de cáncer más o menos agresivo, un calvario que, yendo todo bien, han de pasar cinco años para considerarse «curado», aunque la espada de Damocles siempre cimbree sobre la cabeza de quien lo padece. Si además se le priva de libertad, por uno u otro supuesto «delito», sin juzgar, o sea, inocente, y se le expone a un riesgo vital del que tal vez tarde más en recuperarse, nos encontramos ante un escrache jurídico-sanitario que, lejos de amparar la presunción de inocencia del individuo, se le sentencia «a priori» a correr un riesgo innecesario. ¿Para qué quiere la Justicia un «reo» muerto? ¿Se podría haber evitado?, nos preguntamos.

Afortunadamente, la lucha sin cuartel que ha desarrollado el doctor Miguel Ángel Sanz, peleando contra el muro legal y yo diría arbitrario de decisiones legales que empeoraban la salud de Eduardo Zaplana, es esa parte humanitaria del ser humano que todos nos gustaría encontrar frente a las enfermedades muy graves. Yo no sé si esa forma de actuar puede influir en la grandeza de un médico, incluso más que los premios y galardones que, científicamente a nivel mundial, se le pueda conceder. De lo que sí estoy segura es que todavía hay «davides» contra «goliats» que, gracias a su empeño por la lucha de la vida, no conocen barreras tras haber hecho un juramento hipocrático. «Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia».

Desde este espacio que ofrece INFORMACIÓN, gracias a los médicos que nos regalan su alma cada segundo de sus vidas.

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