07 de diciembre de 2018
07.12.2018
Esperando a Godot

Moby Dick

07.12.2018 | 04:15

Moby Dick, escrita por el norteamericano Herman Melville en 1851, es una de las novelas más famosas de la literatura en lengua inglesa. En ella el narrador, llamado Ismael, nos relata el último viaje de un barco ballenero de la época, el Pequod. A lo largo de la trama, plagada de tribulaciones, belleza y locura, el lector puede llegar a conocer a una serie de curiosos personajes, cuyos nombres tienen resonancias bíblicas.
El capitán del navío, Ahab, está perdiendo el juicio, como consecuencia de un lance que tuvo con una ballena blanca, Moby Dick, durante el que perdió una pierna. El Pequod zarpa y la tripulación es informada de que su viaje no será como otras misiones balleneras. En esta ocasión Ahab tiene la intención de localizar y dar caza a Moby Dick a cualquier precio. Cuando el monstruoso cetáceo es avistado, la tripulación se enzarza en una terrible lucha con él que dura tres días, tras los que la ballena consigue destruir el barco y matar a toda la tripulación, salvo a Ismael, que consigue salvarse y ser rescatado.
Moby Dick puede tener un número infinito de lecturas, según el enfoque con que el lector la interprete. Una de las maneras más fructíferas de aproximarse a la complejidad de la novela es haciéndolo a la luz de los nombres que Melville da a los personajes, muchos de los cuales guardan relación con los de figuras destacadas de las religiones abrahámicas. El propio nombre del narrador, Ismael, nos recuerda al del hijo primogénito de Abraham para los musulmanes; el capitán Ahab toma su nombre de un malvado rey de Israel, que sumió a su pueblo en la idolatría; el del barco que rescata a Ismael al final de la novela, el Raquel, hace referencia a la madre del patriarca José, conocida como protectora de la infancia.
Pero sin duda, el símbolo más potente de la novela es la propia ballena y sus interpretaciones, que abarcan todo el espectro desde el Dios judeo-cristiano hasta el ateísmo. Esta ambigüedad, perfectamente calculada por Melville, y el hecho de que un texto épico vire a uno trágico, son las principales razones por las que Moby Dick ha pasado a formar parte de los clásicos norteamericanos de todos los tiempos.
Además, la novela tiene un tinte autobiográfico. El mismo Melville pasó cierto tiempo a bordo del Acushnet, un ballenero, lo que le reportó experiencia de primera mano sobre ese mundo. También realizó un gran trabajo de investigación, consultando numerosas fuentes científicas e históricas, que incorporó a Moby Dick; en especial la historia del Essex, un barco ballenero que fue atacado y mandado a pique por un cachalote.

Novelas como Moby Dick, aunque esta tenga también un fuerte trasunto simbólico, ponen de manifiesto lo dura que era y sigue siendo, a pesar de las lógicas mejoras tecnológicas introducidas desde entonces, la vida de los hombres que se dedican a faenar a bordo de buques pesqueros. Por eso, además de por la cercanía y cariño que a los ilicitanos nos une con Santa Pola, he seguido con mucho interés el desenlace de la historia del pesquero Nuestra Madre Loreto, con base en esa población tan entrañable para nosotros.
Lo primero que cabe reseñar en todo este asunto es el comportamiento humano, valiente y generoso que han demostrado el patrón y toda la tripulación del barco. No tengo palabras para expresar la admiración y el respeto que siento por todos y cada uno de ellos, ni la zozobra con que he seguido la angustia que sus familias han debido vivir durante los días que ha durado la incertidumbre en que nos hallábamos sumidos.
Por desgracia, el Gobierno de España no ha estado a la altura de estos hombres a los que debería representar, defender y, sobre todo, respetar. Pedro Sánchez, después de organizar, junto con la Generalitat Valenciana, un dispositivo de 2.300 personas entre voluntarios, policías, abogados e intérpretes, para recibir en junio de este año a los 630 inmigrantes del Aquarius, ha abandonado a su suerte, durante diez días, a un barco español y su tripulación, lo que demuestra que aquella operación no fue humanitaria, sino propagandística, por parte de un gobierno que entonces era nuevo y ahora, pocos meses después, está totalmente amortizado.
Durante esos días aciagos, la alcaldesa de Santa Pola se puso al frente de las manifestaciones en las que familiares, amigos y vecinos de los marineros reclamaban una pronta solución del conflicto. Nada que objetar, era su deber como primera santapolera, pero ahora debería explicar el nefasto proceder de su secretario general, al que apoya sin fisuras.
Mientras tanto, en Elche seguimos languideciendo. Nuestro Mercado Central nonato, nuestras infraestructuras viarias y ferroviarias que no llegan, la peatonalización de la nada, un nivel salarial ínfimo, una ciudad en retroceso y un alcalde susanista. ¡Ya es mala suerte!

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