07 de diciembre de 2018
07.12.2018

Descifrando el voto andaluz

07.12.2018 | 00:57

El impacto en la política española de las elecciones autonómicas celebradas en Andalucía solo es comparable al que tuvieron las gallegas de 1981, las vascas de 2001 o las catalanas del «procés». Los resultados han provocado desconcierto y una división de opiniones mayor que de costumbre. Hay coincidencia en destacar la irrupción de Vox, el desplome del PSOE, que deja sin valor su victoria, y el desplazamiento general del voto hacia los partidos que se reparten el espacio político de la derecha. Pero a partir de ahí, las explicaciones de los datos y el análisis de las consecuencias políticas de los resultados y su proyección a escala estatal difieren notablemente.

Estas elecciones perturban más si cabe la vida política nacional, que no encuentra un momento de calma, y muchos se precipitan a pensar que el futuro está escrito en el voto de los andaluces. En el aire, sobre todo, flotan signos de interrogación. La crisis y una concurrencia azarosa y contradictoria de circunstancias parecen sumergir a los españoles, con cada suceso político, en una situación más complicada que la anterior. Las elecciones andaluzas arrojan un fracaso estrepitoso del PSOE. El partido hegemónico en la comunidad autónoma ha obtenido su peor resultado, defraudando incluso los pronósticos que le eran menos favorables, y puede darse por seguro que deberá abandonar el Gobierno.

Aquí surge la primera pregunta: los electores, ¿han evaluado al gobierno andaluz o al Gobierno español?; el resultado de las elecciones, ¿es un voto de castigo al Gobierno Autonómico o, por el contrario, debe considerarse a Susana Díaz una víctima inocente de la política del Gobierno de Pedro Sánchez? La candidata optó por una campaña local y personalizada, en la que el presidente del Gobierno apenas estuvo presente; los andaluces declararon la prioridad de sus asuntos sobre los nacionales, entre los cuales citaban en segundo lugar la corrupción, que afectaba de lleno al PSOE en Andalucía. Todo esto hacía previsible una pérdida de votos del PSOE por el desgaste de un ejercicio prolongado del poder. Y la escasa participación, en todo caso habitual en las elecciones que se celebran en fecha propia, era inicialmente la confirmación de todas las previsiones, que apuntaban a la baja el resultado del PSOE. Pero la cara que mostró Susana Díaz cuando apareció ante la prensa reflejaba su sorpresa y la magnitud del revés sufrido.

Contra el deseo del PSOE andaluz y de Podemos, la política nacional acabó acaparando la campaña electoral. El PP y Ciudadanos lograron llevarla a su terreno, desplegando por toda la región, con Pablo Casado y Albert Rivera a la cabeza, un discurso beligerante centrado en la complicidad del Gobierno de Sánchez con los independentistas, del que en parte se ha beneficiado Vox. En los debates de televisión, la candidata de Podemos no pudo ocultar su desesperación por las continuas menciones del cabeza de lista de Ciudadanos a Cataluña y la negociación presupuestaria de Pablo Iglesias en la cárcel. El esfuerzo de Susana Díaz por aislar la campaña de la política nacional fue totalmente baldío, un síntoma de la debilidad de su liderazgo. En un mensaje enviado a la dirección de su partido, ella misma ha reconocido con ironía el error en el que incurrió al excluir la cuestión catalana de su discurso y el acierto de PP y Ciudadanos, que supieron sacar provecho electoral del asunto.

La fulgurante entrada de Vox en el parlamento andaluz se convirtió al instante en la gran primicia de estas elecciones, por encima del retroceso socialista. La prensa internacional ha destacado el salto de la derecha radical en la política española con grandes titulares. Ciertamente, el hecho de que el sistema español de partidos haya perdido esta singularidad merece análisis. Unos lo relacionan con el fenómeno de la inmigración masiva reciente, en particular la de origen africano, y otros con una actitud de rechazo a la política que se viene haciendo en nuestro país. En realidad, el éxito de Vox en Andalucía, que se forjó en la segunda semana de la campaña, obedece más bien a la reacción de un sector del electorado, votante en su mayoría del PP, que se siente empujado por la política catalana de Pedro Sánchez a tantear con una opción de nacionalismo español más rotunda, partidaria de suprimir las autonomías y de poner orden en el juego de los partidos mediante la retirada de las subvenciones públicas con las que se financian, la ilegalización de los independentistas y la introducción de circunscripciones uninominales en el sistema electoral. La cuestión, entonces, se reduce a saber si Vox es un producto de las circunstancias o la manifestación política de un sustrato ideológico bien sedimentado.

Un porcentaje amplio de españoles reniega del Estado de las Autonomías, pero la inmensa mayoría se declara demócrata, es moderada en sus actitudes políticas y propensa a hacer reformas, pero contraria a cambiar de raíz, como propone Vox, el texto constitucional. No obstante, este resultado ha convertido a Vox en centro de atención y eso facilita su avance, que dependerá en todo caso de la fortaleza que demuestre el PP.

La polarización que viven las sociedades avanzadas ha creado un espacio político a la derecha de los partidos conservadores, pero es pronto para concluir que el voto andaluz sea algo más que una advertencia al PP de una parte de sus votantes. El reto de Casado es cerrar el paso a Vox, que crece a costa del PP, sin caer en su red. La formación del nuevo gobierno servirá para definir la estrategia del partido. De las primeras declaraciones de los dirigentes del PP y de Ciudadanos sorprende que no hayan mostrado ninguna inquietud ante el avance de Vox. Es inevitable, por último, especular con la proyección del resultado de las elecciones andaluzas en las próximas generales. A falta de encuestas poselectorales, se ha percibido en el electorado andaluz cierta ansiedad por manifestarse sobre la política nacional. El escrutinio no es un buen augurio para los partidos clásicos.

El PSOE ha tenido un rechazo mayor del esperado en Andalucía, la Autonomía que le ha sido más leal con el voto hasta ahora y, junto con Extremadura, donde mejor resultado obtuvo en las generales de 2016. El PP ha disimulado su peor registro en Andalucía con el contratiempo de los socialistas, pero el resultado indica que tendrá dificultades para repetir en toda España los números de las últimas generales, que ganó, máxime con Vox en plena expansión. Y el resultado de Podemos confirma su lento declinar en la competición electoral. Las expectativas de Ciudadanos y Vox, únicos partidos que salen fortalecidos de las andaluzas, son buenas, pero el primero no acaba de alcanzar su objetivo prioritario, que es rebasar al PP, aunque se le ha acercado mucho, y el segundo es poco más que una gran incógnita, que en España partirá de cero y, por tanto, solo puede crecer.

El balance de estas elecciones es muy desfavorable para el gobierno de Madrid. Susana Díaz no ha resistido como se preveía y le hubiera convenido a Pedro Sánchez. El nuevo ejecutivo será un problema añadido para La Moncloa, se abre una crisis en el PSOE andaluz y sobre la mente de los socialistas empiezan a sobrevolar razonables dudas sobre el acierto de la moción de censura y el coste de la política del Gobierno en la cuestión catalana.

Unos cientos de miles de andaluces que decidieron no votar y otros tantos, más o menos, que dieron el paso de votar a Vox, han provocado un cataclismo en la política nacional. Los grandes partidos están abocados a romper las hostilidades electorales prematuramente. Solo falta la convocatoria a las urnas. Todo puede pasar aún, pero esta situación no da más de sí.

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