13 de octubre de 2018
13.10.2018
El mundo por de dentro

Política jesuítica vaticana

Es americano como Trump, pero su formación metódica, su mentalidad jesuítica y su trabajo sistemático están en las antípodas del norteamericano

13.10.2018 | 03:31

Son cuatro esdrújulas que caracterizan a los que han podido disfrutar de esa formación integral ignaciana. Francisco manifestó nada más llegar al papado cuáles eran sus propósitos de atender especialmente a los pobres y descartados, y en ello se está aplicando, en unos casos con mayor éxito que en otros. La primera decisión fue nombrar un consejo de ocho cardenales (conocido como C-9) de los cinco continentes, la mayoría no europeos, para que le asesorara acerca de la reforma de la organización de toda la Iglesia, del aparato Vaticano y del planteamiento doctrinal. Si Trump tiene la fuerza de la nación más poderosa del mundo, el Papa romano tiene una influencia directa sobre cientos de millones de personas en los cinco continentes y sobre la opinión pública mundial.

Objetivo insoslayable era reformar las finanzas vaticanas: reduciendo el déficit, instaurando nuevos órganos de control, cerrando cuentas sospechosas, dando mayor transparencia a sus finanzas, han sido algunos de sus éxitos. Incluso el expresidente del Banco Vaticano (IOR) ha sido acusado de blanqueo de capitales y malversación de fondos. Aunque en la operación alguno de sus hombres de confianza ha caído, queda el cardenal Reinhart Marx que dirige el consejo de Economía. Ha cambiado los principales cargos de la curia, y desde el control de las congregaciones para el clero y los obispos ha nombrado nuevos cardenales, la mayoría también no europeos y de inspiración renovadora buscando la continuidad de las reformas. En la reforma de la burocracia vaticana sin duda deben haber jugado un papel fundamental, «el grupo de jesuitas que actúan por los pasillos del Vaticano como los ojos y los oídos del Papa», según informó The New York Times.

Su lucha contra los abusos a menores ha sido radical, aunque ha tropezado con fuertes resistencias, llegando incluso a la dimisión en pleno de la Conferencia Episcopal chilena, purgando organizaciones como la de los Legionarios de Cristo o pidiendo perdón por los abusos de la jerarquía irlandesa. En las acusaciones que el exnuncio en EE UU, Carlo Maria Viganò, ha lanzado sobre Francisco -y que Marc Oullet, cardenal canadiense, ha calificado de «montaje político sin fundamento»- en el fondo subyace el enfrentamiento con la poderosa Conferencia Episcopal norteamericana.

Hay todo un movimiento del sector más reaccionario de la Iglesia, también europea, que han intentado sin conseguirlo que el papa emérito Benedicto XVI -teólogo y expresidente de la Comisión para la Doctrina de la Fe- desautorizara a Francisco por algunos temas que ya planteó en 2015, en el anterior Sínodo de obispos, en relación con la aceptación de los divorciados casados de nuevo, los homosexuales, el celibato o el papel de la mujer en la Iglesia. Los temas doctrinales son sin duda los más difíciles y delicados porque pueden servir de aglutinante de los sectores más ortodoxos aferrados a una religiosidad de reglas y normas.

El pasado día 3, el papa Francisco inauguró el XV Sínodo General de obispos dedicado a «Los jóvenes, la Fe y el discernimiento vocacional (www.synod2018.va) del que espera «un nuevo encuentro eclesial capaz de ensanchar horizontes, dilatar el corazón y transformar aquellas estructuras que hoy nos paralizan, nos apartan y alejan de nuestros jóvenes». Por cierto, a dicho encuentro asisten por primera vez obispos de China continental cuyo gobierno ha llegado a un acuerdo con el Vaticano, lo que no ha sentado nada bien en los sectores ortodoxos de la jerarquía a que me refería en el párrafo anterior. El próximo domingo, en el ecuador del Sínodo que se está celebrando en Roma, va a canonizar a Pablo VI que instituyó estas asambleas de obispos al terminar el Vaticano II y como recordó Francisco en el discurso de apertura «muchos de nosotros éramos jóvenes o comenzábamos los primeros pasos en la vida religiosa al finalizar el Concilio Vaticano II». A los jóvenes de aquellos años les fue dirigido el último mensaje de los padres conciliares. Lo que escuchamos de jóvenes nos hará bien volverlo a repasar en el corazón recordando las palabras del poeta: «Que el hombre mantenga lo que de niño prometió» (F. Hölderlin).
Es política jesuítica vaticana. Eso, no quita, ni yo lo pretendo, que haya quien vea la inspiración del Espíritu Santo. Será que, a pesar de los pesares, sigue actuando a través de los humanos.

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