12 de agosto de 2018
12.08.2018
La riá 

Rodeo

12.08.2018 | 00:59

Con los años vamos procurando hacer honor a aquello que nos enseñaron en la escuela, de que la línea recta es la que se extiende en una misma dirección. Por supuesto, con la poca edad que teníamos no nos hablaban que ese concepto estaba dentro de la geometría que desarrolló el matemático y geómetra griego Euclides. Ahora bien, lo que sí que aprendimos fue que para ir de un lugar a otro, lo más corto era en línea recta, sin rodeo, o sea dejando a un lado el camino más largo fuera de lo ordinario.Pero, al hablar de rodeo podemos pensar en ese deporte tradicional estadounidense, consistente en cabalgar potros salvajes o reses bravas, efectuando ejercicios como lanzar el lazo que, probablemente tenga reminiscencias españolas o de los charros mexicanos. De hecho, tuvimos ocasión de presenciar un espectáculo de este tipo, denominado en tierras aztecas como «charrería», en la Hacienda Santa Isabel en Cancún, en el que charros y amazonas demostraron sus habilidades. Así mismo, en numerosas películas este deporte ha tenido protagonismo, como en «The Ride» (1997), en la que Michael Biehn interpreta el papel de un ex campeón de rodeo, que debido a su adicción al alcohol y al juego es condenado, ofreciéndosele la posibilidad de no ir a la cárcel a cambio de desempeñar servicios comunitarios.


Sin embargo, en nuestro caso, el rodeo tiene relación con lo que decíamos al principio, o sea no ir en línea recta sino por otro camino más largo. Nos viene a la memoria dentro del callejero oriolano la plaza y calle, mejor callejón, del Rodeo que une la calle de la Mancebería y la de San Agustín, y que servía cuando en la primera de ellas se encontraba el burdel, para que los clientes, incluso eclesiásticos, buscasen el camino más largo para que no se supiera de dónde venían. Y esta calle del Rodeo antes de llegar a la segunda de ellas se enfrenta con la portada norte o secundaria de la iglesia del obispo de Hipona.


En ella, según Montesinos, el 26 de enero de 1798, siendo prior fray Thomás España que había terminado de construir la iglesia y que desempeñaba dicho cargo desde 1787; se entronizó la imagen de Nuestra Señora de Gracia, bajo cuya advocación junto con la de San Agustín habían fundado en 1400 los agustinos. Dicha puerta se encuentra al lado de lo que era Capilla de la Comunión, mirando exteriormente como decíamos al callejón del Rodeo. Hoy, tapiada con dos ventanas enrejadas, y tapada por una malla para proteger a los viandantes de posibles desprendimientos.


La imagen de piedra blanca berroqueña, con un tamaño de 7 palmos (aproximadamente 1,585 metros), posteriormente fue pintada y en su brazo izquierdo mantiene al Niño Jesús y en la mano derecha un ramo de flores. Desde 1606 se encontraba sobre una de las puertas de la antigua iglesia, siendo depositada después en la portería del convento agustino, de donde debió de ser trasladada para ser emplazada sobre la citada puerta norte. Una vez llevada a cabo la entronización ante la presencia de numerosos fieles, al anochecer la Comunidad con velas encendidas entonó la Salve, y el obispo Francisco Antonio Cebrián y Valda concedió 40 días de indulgencias a cualquiera que la rezase.


Probablemente que, muchos de los que en vez de ir en línea recta, decidieran alargar la distancia para ir a su domicilio a través del callejón del Rodeo para no ser vistos tras cometer sus actos pecaminosos, se encontrarían de frente con la portada norte de la iglesia coronada por la imagen de Nuestra Señora de Gracia de los agustinos, y sabedores de la concesión de indulgencias elevarían la plegaria por si aquella noche la parca llegaba de visita.

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