14 de julio de 2018
14.07.2018

América-Europa y viceversa

14.07.2018 | 00:46

Si no lo he dicho ya, confesaré que mi Mundial preferido del nuevo continente fue México-86. El de Argentina, con abrigo, bufanda y 5 grados, no sabía a fútbol y USA94, con los grandes coliseos llenos de gente comiendo palomitas adoleció de la pasión del 86. México, por cierto, cayó en Nueva York ante la Bulgaria de Stoichkov. Presencié aquel partido de octavos (1-1) en el Giants Stadium donde Aspe, Bernal y Jorge Rodríguez desperdiciaron tres penalties. A EE.UU le correspondió el Mundial por promoción y dólares dentro del reparto equitativo de las organizaciones que viajaban cada cuatro años de una a otra orilla del Atlántico, con la excepción de Corea del Sur y Japón (2002) y el de Sudáfrica (2010). Fue un desastre Chile-62 (recuerdo lejanamente imágenes del NODO en las sesiones de cine infantil).

Chile, Viña del Mar, donde jugó España, fue uno de los mundiales más violentos que registran las crónicas y en el que las figuras españolas no quisieron arriesgar su futuro y sus contratos, según sentenció el abuelo Pedro Escartín y me ratificó personalmente Matías Prats padre, en algunas tardes de charla en la sede de la LFP. Se encomendó la dirección técnica del combinado español a José Villalonga y éste, tras el hundimiento de su Invencible, primero en Chile y luego, cuatro años después, en territorio inglés, cedió el testigo a Kubala, si bien antes pasaron por la selección en un vértigo de nombramientos anecdóticos Balmanyá, Toba, Molowny y Artigas. Lazsi Kubala –«chicos bien, moral óptima, rival 'difísil»– estuvo once años en el cargo, no consiguió llevarnos a Alemania 74 aunque sí lo hizo en la siguiente cita de Argentina, donde se vivió la concentración más peculiar que recuerdo.

A nuestros jugadores se les instaló en la famosa Martona, algo así como las caballerizas de un club de polo aún por terminar. Había albañiles en mono de faena, la fontanería estaba a medio instalar, no había calefacción y era invierno, se cortaba el agua cuando los futbolistas estaban en la ducha y el campo de entrenamiento tenía las marcas de las herraduras de los caballos. Era difícil que así los muchachos se concentraran y que Cardeñosa –qué injusta ha sido la historia con éste gran futbolista– no fallara frente a Brasil el gol que nos hubiera dado vuelo en aquel campeonato. Pirri, el capitán de la protesta, prometió publicar el día a día de aquella película de terror: «Mi diario de La Martona». Pero Raimundo Saporta, el afrancesado que movía todos los hilos de Chamartín, acabó prematuramente con aquel bestseller : «Pepe, trae acá esos folios».

Y así nos quedamos, sin saber lo que todos sabíamos y la prensa había publicado. Aquel fue el campeonato de Menotti y los militares. Los organizadores necesitaban media docena de goles frente a los peruanos para llegar a la final y los tuvieron. Los cholos, por su parte, tachados de vendidos, fueron apedreados al llegar a Lima. Años después, en su etapa en el Barcelona, coincidimos de madrugada con el técnico argentino en un bar de carretera, cerca de Antequera, a la vuelta de Málaga donde había jugado la selección española. La noche se prestaba para las confidencias así que nos interesamos por el «sucedido» con Perú. Sonrió socarrón Menotti.

«Che, yo no les pregunto a ustedes por el 12 a 1 a Malta. Del Mundial de mi país solo recuerdo la lluvia de pepelitos cayendo al césped y a mis jugadores celebrando el triunfo?» No hubo más comentarios sobre aquel Mundial, pero sí sobre fútbol, así que el viaje en coche a Madrid terminó casi diez horas después de salir de La Rosaleda. Volviendo al Mundial-78 nos queda la dignidad de los holandeses que, muy firmes en sus convicciones políticas y ofendidos por el resultado de la contienda, se negaron a saludar a los generales de la dictadura argentina. Al país azteca no le correspondía la organización del 86, encomendado a Colombia, mas las exigencias de la FIFA en cuanto a seguridad, adecuación de los estadios, transportes o plazas hoteleras ya se vio que eran de imposible cumplimiento por parte de los cafeteros. México, que había celebrado con éxito la cita del 70, aceptó ilusionado el envite. Y la cosa resultó con sus lógicas y previsibles limitaciones, a las que se añadió el lastre del gravísimo terremoto que afectó al distrito federal y que se cobró miles de muertos, justo ocho meses antes de que se iniciara el campeonato. Pasamos allí algunas penurias de acomodo.

En hotel Camino Real (Guadalajara) hubo que sortear habitaciones y compañeros de cama –nos tocó compartirla dos noches con Supergarcía– y hasta tuvimos que alojarnos otra noche en un motel de dudosa reputación en Querétaro, a la vuelta de Monterrey, por el empeño de Muñoz en adelantar un día la llegada y no tener habitaciones en la Hacienda Juríca, hotel previsto para la concentración.

Quedó como signo de la protesta por la noche «queretana» el plato de espaguetis que se le «cayó» a Carrasco, los cabreos de Piontek, seleccionador danés, por ocupar España el mismo hotel, las peloteras de la negociación de las primas con José Luis Roca, que en la concentración previa de Tlaxcala quiso expulsar del hotel a Gaspar Rosety y Fernando Soria, de Antena 3. Nos movimos entre Guadalajara, el DF, Puebla, Querétaro, Monterrey y hasta algunos entrenamientos a más de tres mil metros de altitud en el cerro de La Malinche. Viajamos en «guagua» por carreteras de montaña, entre nubes, mientras se nos ahogaba la referencia de Marca, el gordo Belarmo y nos hinchamos de enchiladas, frijoles refritos, sones de mariachi y huapangos. Pero el resultado deportivo que se puso de cara al principio, a pesar del australiano Wambridge, que le hurtó un gol claro a Míchel frente a Brasil, nos dio luego la espalda de forma inmisericorde.

No sirvieron los cuatro goles como cuatro soles que el Buitre le endosó a los daneses, aquellos que los del comité de informativos de TVE subtitularon como del PSOE. Al final Bélgica nos apartó del sueño. Fue el Mundial de Maradona. Prácticamente él solo borró del torneo a los ingleses con dos goles de bandera. El mejor del que hay recuerdo en los anales del fútbol –el pelusa contra todos los blindados de la Army de Su Majestad– y otro más de complemento con una ayudita de la mano de Dios.

Cebolleta vengó así la afrenta de Las Malvinas, y se ganó la condición de «number one» entre la galería de notables argentinos. ¡Ah! junto al artista supremo se alineó Jorge Valdano que refirió aquellas hazañas en primera línea, como el mejor cronista de Indias. En éste va y viene de viajes y fútbol, me cuelgan también los recuerdos del Mundial USA, donde la FIFA fue a predicar la buena nueva del soccer, y de donde Italia nos despachó con un golazo del budista Baggio y una afrentosa agresión de Tassotti a Luis Enrique. Justo cuatro años antes tuvimos otra decepción precisamente en Italia. Italia-90. La cuidada concentración de Luis Suárez en Tarvisio no sirvió para nada. Tampoco encomendarnos a santo Stefano de Venecia, a donde nos acercábamos alguna tarde para tomar café en el Florian de la Plaza de San Marcos, muy del gusto de Ramón Mendoza, jefe de la delegación.

En Francia-98 no quedó otra que pasear por París con Alfredo Di Stéfano (comentarista de TVE) a donde la selección volvía en el TGV tras cada partido. Nigeria y Paraguay nos sacaron los colores y el billete de vuelta. El gordo Ronaldo alcanzó el «Balón de Oro» mundialista, pero fue Zidane la «superetoile» con la misma cabeza que utilizó para golpear al rompepelotas de Materazzi en Alemania 2006. La España que se concentró en Kamen, en el estado de Renania del Norte-Westfalia y que no perdió partido en la primera fase, se dio un bofetón en octavos con Francia. No valió para nada aquel primer gol de penalty de Villa. Ribéry, Vieira y Zidane devolvieron a la selección de Luis a casa.

Y fuera del Nuevo Mundo no se puede olvidar la aventura del 2002, en Corea del Sur y Japón. A la selección le pudo el calor, la humedad, las distancias, y aquella sociedad educada y desesperante por tranquila. El refugio de los españoles en Seúl –la selección y los cientos de kilos de víveres se concentraron a 300 kilómetros de la capital coreana–, fue el restaurante de la Casa de España, donde se cocían todas las noticias. Se hicieron célebres las sobaqueras del general Camacho y un tal Al-Ghandour nos birló un gol de oro, que nos hubiera puesto en semifinales y a un paso de pelear por el título. El egipcio conduce hoy un taxi en El Cairo. Del Mundial 2014, en Brasil, casi es preferible no pensar en el repaso que nos dio Holanda y, en cierta medida, Chile también. En fin, se quedan en el desván de la memoria cientos de recuerdos, anécdotas y curiosidades. Muchas contables y otras no. Pero no era intención del firmante abrasarles a ustedes y al periódico.

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