12 de julio de 2018
12.07.2018

Espacio vital

12.07.2018 | 01:10

Hay una vieja frase de los productores televisivos que dice que «si algo funciona, cópiatelo». Esta cínica consigna, aplicada con disciplina férrea por todas las cadenas generalistas, ha provocado que todas las teles del mundo ofrezcan prácticamente los mismos programas. Las fórmulas de éxito se repiten hasta la extenuación y desaparecido cualquier asomo de originalidad, lo único que cambian son los nombres y los idiomas de los espacios que vemos en el prime time. Este sistema, que inicialmente se aplicaba sólo en el frívolo mundo del espectáculo, empieza a trasladarse gradualmente a la política española, en la que la vampirización de ideas se está convirtiendo en un fenómeno digno de tenerse en cuenta.

En los últimos tiempos, en España hay dos proyectos políticos que han funcionado como un auténtico cañón: el de Podemos y el de Ciudadanos. En sólo unos años, estos dos partidos han pasado de la nada a derribar la placidez del bipartidismo en la que vivía sumergido este país desde los lejanos tiempos de la Transición. Ambas formaciones han puesto en el foco del debate público contenidos ideológicos novedosos y nuevas formas de afrontar las relaciones con la ciudadanía, que han provocado un auténtico terremoto en un tablero político acostumbrado a un eterno sota, caballo y rey. Al margen de las preferencias políticas que uno tenga, nadie puede negar el éxito de las propuestas planteadas por Albert Rivera y Pablo Iglesias. Los resultados electorales así lo han confirmado, mientras las encuestas nos han señalado en diferentes ocasiones que la posibilidad de que Cs y Podemos superen al PP y al PSOE es una hipótesis de trabajo que no debe descartarse.

El primer partido en reaccionar ante esta situación ha sido el PSOE. Tras una crisis interna que los colocó al borde de la irrelevancia electoral, los socialistas han hecho suyos muchos de los planteamientos de Podemos para conseguir una resurrección política por la que nadie habría dado un duro hace sólo unos meses. Pedro Sánchez se ha convertido en un verdadero maestro del «si algo funciona, cópiatelo» y ha introducido en su agenda propuestas (los impuestos a la gran banca o la retirada de Franco del Valle de los Caídos son buenos ejemplos) que resultarían impensables para el PSOE tradicional. De momento, los resultados de esta adaptación al nuevo mercado político son altamente satisfactorios y tras recuperar el Gobierno, el socialismo español afronta el futuro con expectativas de crecimiento electoral por primera vez en mucho tiempo.

Por esta misma senda camina el PP, inmerso en el trauma de la pérdida del poder y en un proceso de primarias que ha revuelto los cimientos de un partido en el que la tranquilidad y el orden eran marca de la casa. Pablo Casado, el candidato estrella a la presidencia del partido, se ha convertido en un calco físico de Albert Rivera y, además de copiarle el estilo personal, ha incorporado a su discurso buena parte de los argumentos sobre los que Ciudadanos ha cimentado su crecimiento político. A la espera de conocer los resultados del proceso electoral interno del PP, una cosa sí está clara: el Partido Popular que saldrá del próximo congreso se parecerá más a Ciudadanos que a la formación que dirigía Mariano Rajoy.

En el fondo, la política es una lucha a muerte por el espacio vital, en la que los partidos se pelean con uñas y dientes para defender sus territorios. En estos momentos, en España, se disputa una apasionante batalla a derecha e izquierda, en la que cuatro formaciones distintas se disputan los mismos terrenos. Ciudadanos y Podemos han tenido la virtud de reanimar un panorama esclerotizado y de introducir un nuevo lenguaje en el debate político. Lo complicado es hacer profecías sobre si estos dos partidos (con poca experiencia en estas guerras) podrán resistir la OPA ideológica lanzada por las poderosas maquinarias políticas del PP y del PSOE. Sólo el tiempo nos dirá si Albert Rivera y Pablo Iglesias podrán seguir siendo actores principales de esta función o si se verán desplazados a un papel secundario en un gran guion escrito por socialistas y populares, recién recuperados de sus correspondientes sustos.

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