09 de julio de 2018
09.07.2018

Vuvucelas de gloria

09.07.2018 | 00:22

Solía ser una constante entre los comentaristas deportivos lo del estilo de nuestra selección. El equipo nacional no tenía una personalidad definida, patrón de juego o señas de identidad. No se sabía a qué jugaba y por eso de los certámenes mundialistas volvíamos siempre con la decepción en la maleta.

Esa era la causa de nuestros problemas. Lo de la furia se presentaba como una antigualla que no respondía a la realidad. Se convenía más bien en que nos faltaba constitución física y formación atlética o que dejábamos mucho que desear en preparación técnica, en la dirección de los entrenadores y, una coletilla final, nos sobraba individualismo y estábamos ayunos de solidaridad. El propio Luis Aragonés en sus primeros meses con la roja andaba en estas dudas y sugería hacer una gran sentada para dar con el buen camino y encontrar remedio a la situación. La letanía de Luis era el pasillo de seguridad: portero, defensa central, medio centro y punta. Y sobre todo el stopper.

Pero se lesionó David Albelda, que cumplía con esas funciones obstruccionistas, y al fin el buen «zapatones» no tuvo más remedio que optar por los pequeños y por el tiki-taka. Es decir, seguir el ejemplo del Barça de Xavi e Iniesta, primero con Rijkaard y después con Guardiola, y la mayoritaria presencia de sus jugadores en la selección. Con aquel plan el equipo perdió complejos, ganó presencia y empaque, respeto internacional y se hizo con los títulos que le faltaban. Luis implantó el modelo y con él y Del Bosque vendrían dos Eurocopas y un Mundial. Así, de carrerilla.

Volviendo la vista atrás, la nómina de nuestros seleccionadoresentrenadores es curiosa y extensísima y en ella los encontramos de todo pelaje: periodistas, árbitros, directivos y hasta un sacamuelas. Trabajaban por libre, en duetos o en triunviratos, con muy pobres resultados, con el cuarto puesto del Mundial de Brasil como mejor logro durante casi ochenta años.

Recordemos catorce participaciones y seis ausencias por unas u otras circunstancias y un hecho todavía inexplicable, es decir, que el equipo que juntó la mejor delantera de nuestra historia ( Miguel, Kubala, Di Stefano, Suárez y Gento) no pudo pasar de un empate a cero ante Turquía en el Santiago Bernabéu y perdió su clasificación para el Mundial de Suiza; o como en Chile, en el 62, con Santamaría, Di Stefano (lesionado), Puskas, Gento, Suárez, del Sol o Peiró naufragamos en la primera fase. Calamidades atrás e iniciando ya el buen rumbo hay que situar entre nuestros entrenadores más laureados a José Villalonga, al que algunos calificaban un tanto despectivamente como «obsesivo profesor de gimnasia». Él nos llevó al primer título continental, frente a la URSS en el verano del 64, aunque luego en la inmediata cita mundial del 66, en Inglaterra, la cosa no funcionó.

Para quienes no conozcan su figura –oficial del ejército de tierra– habrá que recordarles que en su hoja de servicios obran también dos Ligas, dos Champions con el Madrid de Bernabéu, más dos campeonatos de España con los del Metropolitano. Fue el pionero y el que comenzó a quitarnos el pelo de la dehesa. En esa senda le sigue Luis Aragonés -ya va dicho- el decano en vida y en la eternidad de todos los entrenadores españoles. Su orquestado tiki-taka ejecutado por los Xavi, Mata, Iniesta, Busquets o Villa dio una magnifica cosecha en la Eurocopa de 2008 en Alemania y nos colocó ya en la rampa de salida, entre los grandes y favoritos para el Mundial de 2010, extremo que había de corroborarse con el primer título que subía a nuestras vitrinas. Ya no estaba Aragonés que había cedido la manija a Vicente del Bosque y este salmantino prudente se quedó con el molde, y nos subió a la gloria en aquella cumbre sudafricana, que por primera vez viajaba al continente negro y que rompía el cuidado equilibrio América–Europa de las organizaciones. Vicente del Bosque, un hombre a un bigote pegado, maestro de la cordura, con buena mano para la muchachada, se quedó con la herencia de su antecesor y sólo introdujo un cambio apreciable, el doble pivote -Xabi-Busquets- al que encargaba de la contención, el fuelle y la intendencia.

Para redondear la faena Iker Casillas se hizo figura de ángel salvador, Sergio Ramos y Pujol sentaron el principio de autoridad, Xavi cogió el gobernalle y cuando estábamos en el último aprieto, pues Iniesta se transmutó en delantero centro, hizo olvidar a Zarra y universal al pueblo albaceteño de Fuentealbilla. Así, en ese plan, nos hicimos con un hueco en el rinconcito de la historia. (Ahora, tras el Mundial, prematura y voluntariamente retirado, el albaceteño se nos va a Japón, como un Francisco Javier, a extender la buena nueva del balompié). Los once de la fama de Johannesburgo merecen aquí su cumplida reseña: Iker Casillas, Sergio Ramos, Pique, Pujol, Capdevilla, Xabi Alonso, Sergio Busquets, Xavi Hernández, Pedro Rodríguez, Andrés Iniesta, David Villa, más los que entraron a echar un pie en la segunda parte: Jesús Navas, Cesc Fábregas y Fernando Torres. En Sudáfrica las vuvuzelas sonaron a violines para la selección española, tuvimos de nuestra parte al pulpo Paul que acertaba todos los pronósticos y en aquel día, en aquella final, ganamos al menos dos títulos, el del fútbol y el de marqués para don Vicente del Bosque. Él, modesto, se ha guardado la encomienda y al único que le permite el tratamiento, sólo en casa, según confesión, es a su hijo Álvaro. Queda demostrado, una vez más, que siempre jugamos mejor en campo contrario: en Flandes, en Lepanto, en la ruta de los descubrimientos y los océanos. También desde aquel día, 11 de julio de 2010, muchos compatriotas perdieron el complejo de mostrarse como tales y comenzaron a florecer las banderas en los balcones de España.

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