06 de julio de 2018
06.07.2018

Los viajes de Gulliver

06.07.2018 | 01:53

Los viajes de Gulliver, escrita por el clérigo anglicano irlandés Jonathan Swift (1667-1745), significó una auténtica piedra de toque en su época. La intención de Swift con su obra no era seducir o entretener al lector, sino formular una acusación. Lo curioso fue que, paradójicamente, la novela resultó ser muy popular entre los propios acusados: los políticos, los científicos, los filósofos y los ingleses en general. En una suerte de bacanal caníbal, los propios comensales estaban ansiosos por devorarse a sí mismos.

El mismo Swift admitía que su intención no era otra que vejar al mundo entero con su sátira. Ciertamente, su tono refleja con meridiana claridad sus intenciones. Aparte del lenguaje grueso y las escenas sórdidas que emplea, el autor siempre incluye una dosis de ridículo en sus personajes, burdos reflejos de sus coetáneos, objeto de los afilados dardos de su hiriente pluma. Nada que ver pues, como pueden comprobar, la obra original con el relato para niños que en muchas ocasiones hemos leído en adaptaciones infantiles, o visto en películas y dibujos animados.

En cualquier caso, estoy seguro de que, aunque no hayan reparado nunca en la crítica social y política que encierra Los viajes de Gulliver, sí conocerán, al menos, los episodios más famosos de la novela. Recordarán, sin duda, el capítulo en el que el protagonista, Lemuel Gulliver, naufraga en el país de Lilliput, habitado por seres de un tamaño doce veces inferior al nuestro. Allí, una vez que Gulliver se gana la confianza de los liliputienses, sus dirigentes empiezan a explicarle los fundamentos de la organización de su estado. Le muestran, por ejemplo, el modo en que se elige a un alto cargo cuando un puesto queda vacante: el proceso de selección consiste en saltar sobre una cuerda floja. Aquél que salte más alto sin perder el equilibrio, obtendrá la magistratura vacante. Ni que decir tiene que este método dejaba por el camino innumerables muertos, heridos y tullidos.

Con todo, el episodio de los cargos electos por el método de la cuerda floja ?algo similar a lo que está ocurriendo con RTVE- no es el más sorprendente que se describe. En Lilliput existen dos partidos políticos antagónicos que responden a los nombres de Tramecksan y Slamecksan. La diferencia ideológica entre ambos es que los primeros calzan zapatos de tacón alto, mientras que los segundos llevan tacones bajos. En política internacional ocurre algo similar: Lilliput está en guerra con Blefuscu para dirimir el conflicto sobre por qué parte, la estrecha o la ancha, deben ser abiertos los huevos pasados por agua, tras la prohibición por parte de las autoridades liliputienses de hacerlo por la ancha, tras cortarse un dedo el abuelo del rey, siendo niño, al hacerlo de ese modo.

Resulta evidente que lo que Swift está intentando transmitirnos es que, en muchas ocasiones, las ideologías que impulsan determinadas políticas resultan tan absurdas como las que describe en sus imaginarios viajes. Desde luego, los «tacones bajos» y los «tacones altos», o los «parte estrecha» o «parte ancha» del huevo representaban posiciones políticas de su época en Inglaterra. La enorme desproporción, en términos de muertes, rebelión y exilio, entre unos postulados políticos tan simples y sus nefastas consecuencias, reflejados en la amarga sátira presente en la obra de Swift, denotaban de manera fehaciente el enorme desdén que el genial escritor manifestaba por los políticos de su época.

En el Partido Popular, a nivel nacional, también se está dirimiendo ahora mismo si el huevo se ha de abrir por la parte ancha o la estrecha. De hecho, cuando se publique este artículo puede que ya sepamos el resultado de las votaciones internas para elegir su presidente. Se trata de una discusión que, de haberse producido hace años, habría sido apasionante, pero que, en el momento actual, no ha despertado el interés ni de los propios militantes. Sin embargo, esta diatriba podría tener repercusiones interesantes en la política provincial y local. Parece ser que la cúpula provincial del PP se ha alineado de forma abierta con Soraya Sáenz de Santamaría, mientras que en Elche, Pablo Ruz apoya de hoz y coz a su tocayo, Pablo Casado, pero Mercedes Alonso muestra sin ambages su predilección por María Dolores de Cospedal, del mismo modo que el Presidente de la Diputación, César Sánchez.

No se pregunten cuál es el trasunto ideológico o programático que hay detrás de esos apoyos. Es parecido al de los liliputienses a la hora de apoyar a los «tacones altos» o a los «tacones bajos». En este caso son meros intereses personales y luchas internas por el poder. El aparato de Alicante apoya a Sáenz de Santamaría por simple táctica. El desmarque de Ruz y Alonso se debe únicamente a motivos personales; ambos creen que su posición en el partido saldría reforzada con la victoria de sus respectivos patrocinados. En el caso de Alonso, además, es su última oportunidad de mantener sus cuotas de poder.

Es algo similar a lo que ocurrió en su día con el PSOE. El aparato valenciano e ilicitano se puso al lado del aparato de Madrid, representado por Susana Díaz, mientras que Alejandro Soler, a la desesperada, se situó junto a Pedro Sánchez. La jugada le salió bien y ahora ha vuelto, cual martillo de herejes, para cobrarse su victoria y retomar el poder en el socialismo local.

La Ley de Murphy se enuncia diciendo que «Si algo malo puede pasar pasará». No quiero asustar a los ilicitanos, pero siguiendo la máxima del ingeniero estadounidense mucho puede ocurrir aún de aquí a mayo de 2019. En fin, no es por dar ideas, pero quizás lo mejor sería hacer como en Lilliput y que los candidatos a la Alcaldía se decidieran saltando sobre una cuerda floja instalada en la Plaça de Baix a varios metros sobre el suelo.

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