11 de junio de 2018
11.06.2018

Las desmemorias de Antonio González Beltrán

Nazario González Monteagudo hizo bien en exiliarse y además hizo el esfuerzo añadido de llevarse a los suyos con él, lo que no fue lo más frecuente

11.06.2018 | 00:04
Las desmemorias de Antonio González Beltrán

Agradezco al escritor Jesús Zomeño –al que felicito por sus notables éxitos literarios- que me facilitara unas memorias cuya existencia desconocía por completo. Se trata de unos 15 folios, casi un proyecto inacabado de memorias, del hombre más importante en la historia del teatro ilicitano: el fundador y director del grupo La Carátula, Antonio González Beltrán (1940-2013).

Sus hermanas Helia y Alicia publicaron en 2006 Desde la otra orilla. Memorias del exilio, un magnífico relato de una familia completa – Nazario González Monteagudo (1911-2001), Isabel Beltrán Alcaraz (1915-1991) y las dos niñas- zarparon desde el puerto de Alicante en el Stanbrook con unos 2.600 pasajeros. Un relato especialmente valioso porque el exilio deja mucho dolor, pero al mismo tiempo muy pocas huellas.

Nazario González Monteagudo hizo bien en exiliarse y además hizo el esfuerzo añadido de llevarse a los suyos con él, lo que no fue lo más frecuente. No se equivocaron quienes se fueron sino muchos de los que se quedaron. Algunos se creyeron aquellas palabras del dictador respecto a que nada debían temer los que no tuvieran las manos manchadas de sangre. A Nazario sólo se le hubiera podido acusar de ser un sincero republicano, demócrata, culto y profundamente humano, pero si no se hubiera ido le hubiera juzgado un tribunal militar en un juicio sumarísimo sin las más mínimas garantías, por su militancia en Unión Republicana. Por haber sido masón además se le habría aplicado la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo y la Ley de Responsabilidades Políticas. Como mínimo, doce años y un día de cárcel, más la inhabilitación y las multas correspondientes, como todos aquellos que, con antecedentes similares, optaron por quedarse.

Si el relato de Helia y Alicia cubre buena parte del exilio en la ciudad argelina de Sidi-Bel-Abbés, la autobiografía de Antonio, nacido en Argelia en 1940, comienza con la vuelta a España de la familia en 1949 en un avión-taxi. Aquel niño de nueve años recordaba cómo su padre en pleno vuelo pidió a la familia que cantara La Marsellesa, como último homenaje a la República.

En Elche les esperaba el tío Andrés, hermano de Nazario, al que también habían encarcelado en 1942 –junto a otras 66 personas más- por el simple hecho de haber recibido una carta desde el exilio con un discurso de Indalecio Prieto. Antonio González cuenta cómo fue la vuelta de la familia y le pone además bastante sentido del humor.

Una de las peripecias de la familia fue cuando se trasladó a Murcia para poner en marcha una zapatería: «¡Cosas de mi padre! Sólo a él se podía ocurrir ponerle semejante nombre –Calzados Nagonmont- a una zapatería. Y, además, en Murcia. Pídanle a un murciano de pura cepa que pronuncie semejante palabro y comprobarán la barbaridad de una propuesta fonética imposible. Y todo por aquello de que apareciera nombre y apellidos del dueño: NAzario GONzález MONTeagudo. Facilito, ¿no?». Aquel negocio resultó un fracaso y parece que solo compró un cliente porque se le habían empapado de agua los zapatos que llevaba puestos.

Lo más interesante del relato biográfico de Antonio es lo que tiene que ver con sus primeras experiencias académicas: «A una de esas Academias me llevó mi padre, porque el director era amigo suyo: bueno, era hermano de un amigo suyo, de sus tiempos de cineasta. Mi padre siempre creyó en las amistades. En las alianzas políticas también: ¡La conjunción republicano socialista! Seguía soñando con ella, a pesar de saber que a los republicanos de Elche los dejaron sin alcalde los socialistas, porque ellos, los honrados republicanos, no quisieron aliarse con la derecha. ¡La palabra dada! Cosas de la honestidad. Así que, inocente de él, confiado con las alianzas, es decir, en este caso con la amistad, me metió en la Academia de un pederasta, que bajo el manto de la religión se dedicaba a toquetear a todos los niños que pasaban por sus manos –nunca mejor dicho-; a mí también. Luego te explicaba, con ojos de arrobo místico: Ya sabes. Esto no se hace. Es pecado. Y se lavaba las manos con una colonia apestosa que sacaba del cajón de su escritorio. Nunca me atreví a decirlo. A contarlo. Ahora, incluso, el respeto por mi padre, que creyó en su supuesto amigo para encargarle la formación de su hijo, me impide dar nombre y apellidos. Aunque, supongo que los que sufrieron las mismas agresiones que yo, ya habrán reconocido al personaje».

Efectivamente, el personaje, al tratarse de un hombre del régimen no tuvo el más mínimo problema. No fue para tanto, dicen algunos, todavía hoy, sobre la dictadura. Sirva este texto como homenaje a una familia muy importante para la cultura ilicitana y a Antonio González Beltrán, que dedicó toda su vida al teatro y a La Carátula.

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