17 de febrero de 2018
17.02.2018
Eurogaceta

La Europa menos «glocal»

17.02.2018 | 00:19

La glocalización, la glocalidad, lo glocal son términos ya muy estudiados, desde que Ulrich Bech comenzara a teorizar sobre ellos allá por los años 80 del siglo pasado. En política y sobre todo en economía, lo nacional convive, coexiste con lo transnacional, con lo global y con lo local. Toda esta línea de pensamiento económico y político se resume en la frase «thinking globally, acting locally». Un ente supranacional como la Unión Europea se construyó, de algún modo, a partir de esta filosofía. Las políticas de cohesión social que permitieron a las regiones españolas desarrollarse eran eso exactamente: «Pensando globalmente, actuando localmente». Y no nos fue mal.

Dentro de un año, aproximadamente, tendremos elecciones autonómicas, locales y europeas, y respecto a estas últimas escucharemos decir mucho aquello de que será una campaña «en clave local». Se les restará importancia respecto a las otras mencionadas, no digamos nada respecto a unas generales, tendrán poca y difusa presencia en los medios de comunicación. Y el porcentaje de abstencionistas será el mayor con mucha diferencia, pese a la importancia que tienen las políticas comunitarias en nuestra vida «local». Hay una desafección, pero una desafección bien calculada y trabajada durante años.

La glocalidad dejaba en tierra de nadie o con la necesidad de reinventarse a los estados-nación-alistas. Esos mismos que liderados por grandes estadistas construyeron la Europa más próspera, esos mismos son los que han propiciado una involución sin precedentes. Los estados-nación-alistas han recuperado su estatus de predominio y hoy alzan con orgullo sus banderas y cantan sus himnos con orgullo patrio. Europa es menos Europa, a la par que sus miembros (la mayoría de ellos) son más nacionalistas. Es la paradoja de ver en las instituciones europeas a nacionalistas acérrimos de los estados que conforman la UE, y que trabajan en pos de destruir un proyecto común, del que por otra parte cobran sus nóminas.

Un buen amigo se sorprendía de que durante la noche electoral que seguimos ambos en el cuartel de los Demócratas de NC, y que llevó a Trump a la Casa Blanca, no me sorprendiera, ni entrara en shock ante los resultados demoniacos que iban apareciendo en las pantallas gigantes del centro de convenciones. Yo le explicaba que en Europa, desde hace unos cuantos años, hemos ido teniendo nuestros Trump particulares y que ya estamos curados de espanto. ¿Qué era Berlusconi en Italia? ¿Qué es Lech Kaczynski en Polonia o Viktor Orban en Hungría? ¿Qué es Marie Le Pen en Francia? ¿Qué son Nigel Farage y/o Theresa May en el Reino Unido? Son nuestros Trump de la vieja Europa. Son el paradigma de políticos nacionalistas que han frenado en seco la construcción europea. ¿Y en España? Pues aquí huelga decir que tenemos a nuestro nacionalismo español más vivo que nunca, y que coincide en el tiempo con la mayor desafección hacia Europa; entre otras cosas porque antes éramos receptores de ese fondo de cohesión y de los fondos estructurales, y hoy debemos aportar a quiénes están peor que nosotros, que haberlos haylos.

Elche será más y mejor ciudad, si trabaja de manera coordinada con la ciudad de Alicante (y viceversa). Elche y Alicante serán un área de enorme potencial si trabajan de manera coordinada con València. La Comunidad Valenciana será más competitiva a nivel internacional si coordina alianzas estratégicas con Cataluña (Corredor Mediterráneo). España será más país si el Gobierno nacional entiende que el desarrollo del Levante español nos hace mucho más fuertes en Europa. Eso es glocalidad. La globalización per se no es nada; pero los localismos, o la autarquía son menos que nada. ¿Problema? Que las urnas hoy respaldan populismos nacionalistas, de carácter xenófobo, homófobo y todos los «fobos» que usted quiera, liderados por auténticos botarates incapaces de pensar en la prosperidad de generaciones venideras. Han triunfado, pero pueden morir de éxito por sus excesos e ineptitud. Y, en este escenario poco gratificante, vuelve a cobrar fuerza la idea de que la receta para volver a ser lo que fuimos es una Europa más «glocal», cohesionada, eficiente, justa y solidaria. En este sentido, sería muy recomendable la lectura del libro Ruptura: la crisis de la democracia liberal, de Manuel Castells, publicado por Alianza Ensayo.

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