09 de febrero de 2018
09.02.2018
Esperando a Godot

El orden alfabético

09.02.2018 | 00:39

Semana tras semana escribo esta sección, gracias a la generosidad de una periodista que pensó que sería capaz de hacerlo. Ignoro si mi aportación es la esperada, pero lo que sí puedo afirmar de manera fehaciente es que disfruto mucho haciéndolo. Sea cual sea el tema que escoja cada semana procuro, con éxito dispar, hacerlo dándole al menos una pátina literaria, en cuanto a lo que se refiere al aspecto formal de los textos; otra cosa son los temas elegidos, que pueden gustar más o menos, incluso a veces molestar. Lamento realmente si así ha sido en alguna ocasión pero, coincidirán conmigo en que es imposible reflejar el devenir diario de una ciudad sin criticar a sus protagonistas.
Ese gusto por la palabra escrita, y también por la adecuada expresión oral, es para mí, más que una afición, una obsesión. Por eso admiro tanto a la gente que de verdad escribe y habla bien. Reconozco a quien lo hace y lo hago independientemente de su ideología o de las opiniones que, en un momento dado, pueda expresar, aunque difieran radicalmente de las mías.

Advierto, por ejemplo, la gran maestría de escritores españoles contemporáneos como Juan José Millás. De hecho, me ha venido a la cabeza este escritor valenciano, aunque madrileño de adopción, por una novela suya que leí hace años y que es un epítome de un trabajo literario impecable: El orden alfabético.

El protagonista de El orden alfabético es Julio, un chico solitario de trece años, acostumbrado a escapar de la realidad atravesando puertas imaginarias en busca de mundos alternativos, de horizontes más amplios respecto a los que delimitan su cotidianidad, confinada entre el ámbito familiar y el escolar. La novela ha llegado a compararse con Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, pues en ella lo real se confunde con lo imaginario en un territorio híbrido, entramado de realidad ficcional y ficción de la realidad, de temas heterogéneos, a veces antitéticos, y de metáforas. Aún así, siendo el argumento de esta novela apasionante, lo que me encanta es lo endiabladamente bien que está escrita.
El problema sobreviene cuando, tras leer a Millás, a Vargas Llosa, a Roberto Bolaño, a Carmen Martín Gaite o a Isabel Allende, por poner sólo unos cuantos ejemplos e intentar ser cuidadoso con la «paridad», uno enciende la televisión, la radio o coge un periódico y se da cuenta de que en España cada vez hablamos y escribimos peor.

Muchos achacan esta pobreza del lenguaje al sistema educativo y a los medios de comunicación, pero lo cierto es que, si fuera cierta esa premisa, los verdaderos culpables, en el fondo y como casi siempre, serían los políticos: en primer lugar por su utilización torticera de la educación para fines espurios; en segundo, por el mal ejemplo que ellos mismos dan en sus intervenciones públicas.

No quiero decir con ello que todos hayan de pronunciar unos discursos dignos de Cánovas o de Castelar, pero de ahí a lo que presenciamos diariamente va un trecho. Les pondré algunos ejemplos, que pueden ustedes tomar por ficticios o ponerles nombre y apellidos; yo no lo haré, pues, como les decía, hay quien se molesta.

Por guardar un orden, como Julio en El orden alfabético, podemos ir de derecha a izquierda o de izquierda a derecha, pues en el asunto de tornar el idioma en balbuceo no existen distingos ideológicos, haciendo una serie de recomendaciones que espero, con toda la modestia del mundo, sean tenidas en cuenta por los que se den por aludidos.

La primera es recordar que el participio pasado es la forma del verbo que, en español, tiene las terminaciones «ado» o «ido». Por lo tanto, no se puede decir «he mandao»; de forma análoga, los sustantivos con la misma terminación deben conservar su «d» intervocálica, de modo que, por favor, la polémica por antonomasia en Elche es en torno al Mercado Central, no al «mercao», por mucho que lo diga una «abogao».

Conviene también recalcar que la riqueza que nos da tener dos lenguas no debe ser confundida con una patente de corso para mezclar ambas. En consecuencia, cuando alguien, hablando en castellano, quiera referirse a los errores, descuidos, pasos o dichos desacertados del adversario político, puede usar una palabra bien bonita: «pifia».

Si a todo esto añadimos la absurda moda del lenguaje políticamente correcto, nos encontramos con discursos tan enrevesados y tan incorrectos léxica y gramaticalmente que «los y las políticas y políticos que se dirigen a nosotros y nosotras, los y las vecinos y vecinas de Elche/Elx» consiguen exactamente lo que persiguen: hablar mucho y no decir nada.

«El lenguaje de la verdad debe ser simple y sin artificios», decía Séneca. Yo lo suscribo dos mil años después.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine