18 de diciembre de 2017
18.12.2017
Momentos de Alicante

Los últimos negreros y esclavos

18.12.2017 | 01:09

Aquella fría tarde de enero de 1873, cuatro comerciantes y políticos alicantinos se hallaban sentados en el salón de la residencia de uno de ellos, fumaban habanos y charlaban con vehemencia.


El anfitrión era Gabriel Amérigo. Junto a él estaban Leopoldo Laussat, Manuel Escalambre y Antonio Campos Doménech. Un poco alejado de ellos, de pie, había un joven de 24 años, Mauricio, que en ese momento hacía las funciones de mayordomo.


La tertulia se hallaba crispada por culpa de una exposición que había sido rechazada esa misma mañana en el pleno municipal, en la que se pedía a las Cortes que desechara el proyecto del Gobierno sobre abolición inmediata de la esclavitud.


En 1837 se había abolido legalmente la esclavitud en la España peninsular, pero no en Cuba y Puerto Rico.


Julio Vizcarrondo (puertorriqueño que había venido a la metrópoli, tras vender su hacienda en la isla y liberar a sus esclavos) había impulsado en Madrid, en abril de 1865, la creación de la «Sociedad Abolicionista Española» y había fundado en diciembre de ese año el periódico «El Abolicionista».


Para frenar la presión cada vez mayor de los abolicionistas (muchos de los cuales participaron en la Revolución de 1868), el Gobierno de Segismundo Moret promulgó el 4-7-1870 una ley que se conocería como «Libertad de Vientres», que se implantó en 1872. Esta ley otorgaba la libertad a los esclavos que fueran propiedad del Estado, a los mayores de 60 años, a los que habían luchado en contra de los cubanos sublevados en 1868 y a los hijos nacidos de esclavas.


A pesar de que la «Ley de Libertad de Vientres» no acababa con la esclavitud en las Antillas españolas, puesto que la mayoría de los esclavos continuaban estando bajo el yugo de sus dueños, mediante contratos en los que se comprometían a trabajar para ellos al menos durante ocho años, por un salario de ocho pesos mensuales, alimento (ocho onzas de carne salada y dos y media de boniatos diarias) y ropa (dos mudas, una camisa de lana y una frazada anuales), muchos hacendados de Cuba y Puerto, así como comerciantes de la metrópoli con intereses en estas islas, mostraron su descontento ante el Gobierno. Reaccionaron creando en varias ciudades españolas los «Círculos Hispano-Ultramarinos de ex residentes de las Antillas», que junto con otras organizaciones similares constituyeron la «Liga Nacional Alfonsina», a favor de la restauración borbónica y contraria a la abolición. Se trataba de un grupo de presión conservador que fue conocido despectivamente por sus detractores como Partido Negrero de España, entre cuyos miembros se hallaban los hermanos José y Antonio Cánovas del Castillo, y Francisco Romero Robledo. El primero y el tercero habían hecho grandes fortunas en Cuba, mientras que Antonio fundó el partido conservador y fue presidente del Gobierno en seis ocasiones, entre 1875 y 1897.


En enero de 1873, el Gobierno de Manuel Ruiz Zorrilla presentó la ley de abolición de la esclavitud en Puerto Rico, lo que provocó manifestaciones callejeras de protesta y campañas de prensa organizadas por la Liga Nacional, que también promovió mociones contrarias a esta ley en la mayoría de los municipios españoles. Temían que después de la liberación de los 31.000 esclavos puertorriqueños llegase la de los 400.000 esclavos cubanos.


En la ciudad de Alicante, los antiabolicionistas realizaron numerosas gestiones para conseguir que la exposición fuese aprobada por la mayoría de los regidores. A algunos no hizo falta convencerlos, puesto que eran acérrimos defensores de la esclavitud por interés particular o por odio a todo principio liberal, a otros se les compró con dinero o se les extorsionó. Aun así, la moción no fue aprobada en el pleno municipal, al contar con 10 votos a favor y 11 en contra.


La ley que abolió la esclavitud en Puerto Rico fue aprobada el 25-3-1873, mes y medio después de la proclamación de la República.


El indiano


José Gabriel Amérigo Morales nació en Alicante el 18-3-1807. Emigró muy joven a América. Se casó en Cuba con Josefa Magdalena Rouviere Giraud, nacida el 12-5-1811 en Savannah, Georgia, hija de un matrimonio francés que se instaló en Matanzas en 1818, donde fundaron el cafetal La Dionisia. En esta ciudad nacieron sus hijos Josefa (1839) y Federico (1841).


Amérigo regresó con su familia a Alicante en 1847, instalándose en Mayor 3, donde nacieron sus hijos Alfredo (1851) y Victorina (1853). El indiano se convirtió muy pronto en un empresario de éxito, con relaciones comerciales en América, especialmente en Cuba. Antes de 1850 era ya uno de los principales propietarios urbanos, y al año siguiente compró el céntrico solar que había estado ocupado por el convento de los dominicos, en la calle Mayor, donde construyó un edificio con pasaje propio, en el que fijó su residencia. Aprovechó la desamortización de Madoz y el derribo de las murallas, para comprar más terrenos urbanos y rústicos. En el pasaje de su nombre abrió en 1958 una sucursal del Banco de España, fue propietario de dos sociedades de suministro de agua, caballero de la orden de Isabel la Católica, miembro del Consejo de Administración de la Caja Especial de Ahorros y cónsul de Venezuela.


De ideología conservadora, fue elegido concejal en 1849, 1851 y 1863, y alcalde en 1856 y 1875. En febrero de 1873 cofundó el «Centro Hispano-Ultramarino» de Alicante y en 1884, pocos meses antes de morir a los 77 años, fue nombrado presidente del Comité Canovista. Trabó amistad con Antonio Cánovas del Castillo a través de la familia oriolana de éste (su padre, maestro, había nacido en Orihuela).


El bastardo


Mauricio García Expósito nació en Matanzas. Era hijo natural del hermano mayor de Josefa Rouviere. El padre no le dio su apellido, pero cuidó económicamente de él y de su madre, hasta que ella falleció. Entonces, con 14 años, lo envió a Alicante, tras convencer a su hermana para que se hiciera cargo de él.


Josefa nunca reconoció a Mauricio como su sobrino. Le trató siempre como a un sirviente. Le llamaba por esnobismo con su nombre francés, Maurice. Su marido, Gabriel Amérigo, le llamaba con el diminutivo Mauri. Aunque ambos se referían a él, a sus espaldas, como «el Bastardo».


Mauricio tenía la piel blanca, pero su fisonomía (pelo negro y muy rizado, nariz ancha, labios gruesos) delataba el mestizaje de sus antepasados maternos. Sirvió con tanta fidelidad y discreción a sus amos, que muy pronto se ganó su confianza, especialmente la de Amérigo, quien le utilizaba indistintamente como lacayo, cochero, secretario o muñidor. Mauricio era el que se encargaba de acordar los encuentros de su señor con sus amantes, quienes solían hospedarse en alguna de sus muchas casas o en una de las fondas de la ciudad: Bossio, Vapor o Cruz de Malta. También se encargaba de enviar y recibir mensajes confidenciales o realizar recados secretos, como aquellos que llevó a cabo en enero de 1873, para concertar la presentación en el Ayuntamiento de una exposición contraria a la abolición de la esclavitud en Puerto Rico. Por orden de su amo, se reunió con un concejal en el café El Suizo y con el criado de otro en el café La Nueva Iberia, para entregarles sendas bolsas con dinero; y a un tercero se la llevó a su propia casa, bien entrada la noche.


Mauricio nunca se quedó a dormir en la residencia de los Amérigo, hasta después de la muerte de su dueña, el 22-2-1878. Se alojaba en una vivienda de dos habitaciones que había en la calle San José, de la que era propietario su amo, naturalmente. Éste le pagó siempre el mismo salario, bastante precario, pero debía tenerse en cuenta, según le repitió muchas veces, que se ahorraba los gastos de casa, comida y ropa.


Tras enviudar, su amo le pidió que viviera en su casa, en una reducida estancia que había en la azotea del edificio. Cuando éste murió, el 30-8-1884, Mauricio desapareció. Nada más se supo de él en Alicante.


La abolición definitiva


El 13-2-1880, las Cortes aprobaron una ley sobre la abolición de la esclavitud en Cuba, pero con la instauración de un Patronato que la hacía a todas luces insuficiente, ya que los patronos conservaban el derecho de utilizar el trabajo de sus patrocinados y representarlos en todos los actos civiles y judiciales, a cambio de mantenerlos, vestirlos, asistirlos en enfermedades y retribuirles su trabajo con un estipendio mensual (1 o 2 pesos para los menores de 18 años y 3 pesos para los mayores).


La disolución del Patronato y la abolición efectiva de la esclavitud en Cuba no se produjo hasta el 7-10-1886.


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