29 de septiembre de 2017
29.09.2017
Esperando a Godot

Gaman

29.09.2017 | 01:27

Todas las semanas intento engarzar, con mayor o menor éxito, una obra literaria que me sirva como pretexto para trasmitirles alguna reflexión sobre nuestra ciudad. Espero que la que les presento hoy no les parezca una extravagancia. Se trata de un curioso libro, editado por una fundación que se dedica a promover el Budismo, que se titula The Teaching of Buddha ( Las enseñanzas de Buda), y que fue coordinado por el reverendo Muan Kizu y otros estudiosos japoneses sobre la materia.


Desde que tengo uso de razón me he considerado un gran amante de Japón y de su cultura. La educación y el civismo del pueblo japonés siempre me han parecido encomiables. No sé exactamente los motivos por los que los japoneses atesoran ese espíritu de trabajo y de servicio a la comunidad, aunque es muy probable que esté forjado por las dos religiones mayoritarias entre los nipones: el Sintoísmo y el Budismo.


El Sintoísmo es una religión originaria del Japón, basada en el culto a los «kami», dioses que representan fenómenos naturales, como la lluvia y el viento. El Sintoísmo es una fe fundamentalmente optimista: la maldad en las personas no existe, es sólo una influencia de los malos espíritus. El Budismo, por su parte, es una religión originaria de la India que se extendió por Japón importada de China y Korea. El Budismo está basado en las enseñanzas del Buda, Siddharta Gautama; más que una religión es una filosofía, o un modo de vida, que persigue la sabiduría, la conducta ética y la meditación.


No cabe duda que Japón es un país oriental pero, al tiempo, es completamente diferente de otros como la India y China. En realidad, la forma de pensar de los japoneses se puede asimilar a la de la antigua Grecia. En Grecia, la naturaleza no existía como un concepto enfrentado al ser humano, sino que había una gran afinidad entre ambos. La gran diferencia entre la cultura helenística y la japonesa es que la primera es intelectual y escultórica ( ch ? so-teki), mientras que la segunda es emocional y musical ( ongaku-teki).


Quizás por esa filosofía vital los japoneses tienen conceptos culturales, de difícil traducción, como el de gaman. Una aproximación en español del concepto de gaman vendría a ser algo así como «soportar algo aparentemente insoportable con paciencia y dignidad». Algo similar a lo que entendemos por perseverancia, pero no exactamente.


Para reivindicar este espíritu, cada primavera, las familias japonesas ondean banderas con forma de carpa, un pez que nada contra la corriente y que simboliza para ellos el espíritu de gaman: la determinación para afrontar los obstáculos en la vida, de persistir en el intento con paciencia y dignidad, aún frente a aquellos desafíos que parecen insuperables.


En cambio, España es un país, me duele decirlo, en el que los valores ciudadanos parece que comiencen a estar subvertidos. Al contrario de las palabras pronunciadas por John F. Kennedy en su celebérrimo discurso de investidura, aquí nadie se pregunta qué puede hacer por su país, sino qué puede hacer el país por nosotros.


Y no me refiero solamente a nuestros inefables representantes políticos. En nuestro país la culpa o la responsabilidad de solventar los problemas siempre es de otro, normalmente de un colectivo o una institución. Si la educación es deficiente, la culpa es de los profesores, que no realizan bien su trabajo (no de los padres que no educan a sus hijos ni respetan a los docentes). Si los servicios de urgencia de los hospitales están colapsados es porque no hay suficientes médicos (no porque muchos acudimos a ellos, sin necesidad, para que se nos atienda antes).


No quiero decir con ello que los ciudadanos no podamos, e incluso debamos, reclamar nuestros derechos ante las administraciones públicas u otras instancias, sino que urge un cambio de paradigma que nos lleve al convencimiento de que nuestra sociedad ya es mayor de edad.


La sociedad civil tiene que empezar a actuar al margen de los políticos, pues su lógica sólo entiende de los problemas del corto plazo, que son los únicos que, en su opinión, les proporcionan réditos electorales. Y, por supuesto, esa acción no puede encauzarse a través de asociaciones que vivan de la subvención pública, porque su independencia y su credibilidad queda en entredicho, si no directamente desacreditada.


En este sentido, el caso de Elche es paradigmático. Por un lado, la sociedad ilicitana es un claro ejemplo de que se pueden lograr grandes éxitos colectivos pese a las adversidades, incluyendo en este epígrafe a algunos de nuestros políticos. Pero, por otra parte, también han proliferado muchas entidades a la sombra de las administraciones y de los partidos.


Nuestra ciudad se encuentra ahora mismo en una encrucijada. Hay muchos asuntos pendientes de los que depende el futuro de Elche. Espero que los responsables de tomar las decisiones escuchen a la sociedad civil, y no sólo a los que viven, o aspiran a hacerlo, del favor del político de turno.

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